ZONA CERO

¿Existe la literatura? Ilusoriedad de la mesa redonda. Provincianismo de la mesa redonda. Inanidad de lo institucional. “Es por el cuerpo que aprendemos”. De modo que la mesa redonda es como un espejo que nos permite ver la deformación. Aceptémosla. Por ella (en ella) vemos el movimiento ocioso en torno a un objeto inexistente: la literatura.

Miro a mi alrededor (en la calle, en la televisión, en la revistas, en los periódicos), y sólo veo comercio y escándalo. La literatura desaparece en tanto valor de la cultura viva. Es la pertinencia misma de la literatura lo que brilla por su ausencia en el movimiento inane (pero sumamente productivo) de lo institucional. Lo institucional representa, pero no representa a la literatura. La literatura es esta misma pregunta y puesta en juego de la representación. Lo institucional es la prolongación del juego infantil, la incapacidad de renunciar a la matria, a la fantasmalidad neurótica. En ausencia de Dios, querer creer. Convencerse de querer creer. Afirmación del vacío en nombre del pragma: la ilusión del hacer. Uno se reúne y habla. Refiere, comenta, discute, dilucida (cree que dilucida, que hace, que es). Se es parte siempre de una acción paralela que ha prescindido sin más del sentido. El sentido es precisamente lo que falta, allí donde todo parece estar vuelto hacia él. Representar es más importante que representar algo. Es el mal infinito de la representación.

Repito: ¿existe la literatura? Más aún: ¿ha existido alguna vez? Vivimos entre ficciones. Lo cual, en el fondo, deslegitima la ficción. Pero no elimina la escritura. Ella se vuelve, si cabe, más profunda. O mejor dicho: deja de tener superficie. Ella es todo lo que no se ve.

¿Existe la literatura cubana? ¿Existe ‘Cuba’? ‘Cuba’ sólo puede ser un proyecto, soñado desde el caos. Este no-lugar de la isla hundida en el caos es el letargo del odio y el mal infinito de la literatura. La gigantesca onda expansiva de las palabras vacías. ¿Cómo pertenecer a esa nada? Antes de ésa, hay otra, más esencial. Hay siempre dos círculos.

Cuba: agujero negro lleno de seres vivientes. Nada. Sueño.

Olvidar Orígenes, pero también: Olvidar Diáspora(s). (Después)

Diáspora(s): lo más importante en la literatura cubana desde Orígenes. Así de sencillo. Dicho como outsider, científicamente (para librarse tanto del egotismo simplista como del trascendentalismo vulgar). Pero, ¿por qué? Porque ha hecho pasar a la literatura cubana a otra dimensión, a partir de la pregunta por el espacio literario (pregunta altamente ética). Pregunta inocente y peligrosa. Pregunta por el ser y por el hombre. Pregunta por mi hermano, a la vez entrañable y asesino. Pregunta sin respuesta. ¿Por qué me preguntas a mí? ¿Acaso soy el guardián de mi hermano? Allende la pulverización de la moral, una pregunta sencilla, caída del borde del ojo agrandado a la vez por el horror y por la luz. ¿Qué es el ser? ¿Qué es escribir? Pero sobre todo: ¿quién escribe?

Diferencias con Orígenes: Orígenes es autorreferencial. Quiere definir lo “cubano”. Y es trascendentalista porque cree que lo “cubano” es trascendental. La trampa subyacente en Orígenes es el nacionalismo, derretidor de cerebros. (Case in point: Cintio Vitier, gran pelele lleno de agujeros como un muñeco de vudú haitiano). La rigidez de lo insular (de lo que quería escapar Virgilio como de la muerte). Lo insular (el agua por todas partes) es la muerte, la imposibilidad del cambio. Lo insular como erial que hierve: infiernillo colorado lleno sequedad volcánica, en rígido paralelismo con el agua.  Lo nacional siguió siendo inapresable, dado que desde el principio era una ficción no confesa. Ficción insostenible, lo único posible al final era el fragmento. Pero no todo lo que brilla es oro. También era inevitable la superchería. En lo que viene al caso decir que toda pertenencia es superchería, por defecto o por exceso. Estamos ahítos de representación. En consecuencia, apenas nos vemos representados en este exceso de representación, llámese nación, institución o familia. Oscilamos entre la ficción de la emoción y la ficción de la política. Dos formas de autodestrucción. Los códigos que surgen no reclaman ser comprendidos, sino actuados, como flechas de un laberinto en el que hemos entrado sin darnos cuenta. “Siga esa flecha. A la izquierda está el lavabo”. Lo que nos mueve es la propia velocidad. Ante eso, ¿sobre qué base hablar de una pertenencia, de una identidad? Ésa es la mayor de las trampas, ya que la pertenencia es como una planta carnívora, productora de alineación. Alguien te entrega casualmente una camiseta. Te la pones. Al instante siguiente descubres que estás aplaudiendo, que eres parte de eso, sea lo que fuere. Poco importa que tengas cincuenta años o siete. Tú eres eso. Te reconoces en eso. Hay un nosotros que te protege en medio de la microguerra, del gran caos lleno de millones de pequeñas guerras. Eres un subhombre listo para ejecutar un acto que crees comprender pero que no comprendes, perfecto retrato en sepia de la era del vacío (la era de la técnica). Entonces, ante eso, ¿dónde está la literatura? La literatura, comprendámoslo, es lo desechado. Se desvinculó el vínculo.

Diásporas más bien quiere des-definir, en cuanto, al tratar de definirse (de acogerse a lo literario) se encontró con un objeto sin dimensiones: la literatura como pregunta (la literatura, que sólo es pregunta). Todo el que quiere agarrarse a la literatura, resbala. Si no ve signos en dispersión, se abraza a un fantasma condensado. Inmediatamente se alza ante él el gran cuerpo vacío de la ley para darle una pertenencia. Se convierte en emisario o correveidile. Asciende al podio como una máquina entre otras máquinas de producir significado. Así el espectáculo de la literatura que dobla a la literatura, lo Desechado.

En cuanto a mí, mi nombre sigue allí, pero yo mismo ya no estoy en Diáspora(s). Desplazamiento del “ya no y todavía” de Maurice Blanchot. Para mí, es el movimiento mismo de la diáspora. Diáspora(s) sólo me interesa ya como historia. Diáspora(s), esta ficción para la ficción, es sobre todo historia. Cápsula no soluble (por resbaladiza) incrustada en la carne podrida (pero dura, vieja como los periódicos que aparecen al comienzo del relato El pozo de Juan Carlos Onetti) del totalitarismo cubano. Por absolutamente resbaladiza, insoluble.

La cápsula Diáspora(s): al buscar lo literario, su gesto hace fricción con el emparedamiento totalitario y se convierte en política. Política real que no consiste en decir, sino en preguntar por el decir. Al preguntar, inmediatamente todo se pone en juego, en primer lugar la identidad, la pertenencia. ¿Qué es la literatura? Pregunta inocente y peligrosa ¿Qué es el ser? Etc. Preguntas banales y trascendentales. Al preguntar, es el ser lo que se pone en juego. Allí donde está prohibida la pregunta, la duda entra como una pequeña luz por una rendija. Como un trozo de cuchilla rota junto a una fila de hormigas. Por eso Diáspora(s) sólo puede ser historia. Historia otra, harapienta, mínima, terrible. La fabricación insensata de unos hippies de la cultura. Es, como la propia inexistente ‘Cuba’, algo fabuloso, hecho de futuro puro. Diáspora(s) es algo que no ha tenido lugar hoy. Su lugar viene a ser un hoy inexistente. El doble casi furioso de ese inexistente hoy; perdido y sin nostalgia, como quien escruta el cráter de un sumidero donde se han incinerado toneladas de basura. Extenuación clínica del deseo.

La pertenencia. En cierto modo, vengo aquí a decir: No. No hay pertenencia. La pertenencia en sí misma se refiere inmediatamente a la identidad, y no hay nada tan problemático, tan ilusorio, como la identidad. Los hombres siempre nos hemos equivocado en esto. Soy ‘negro’, soy ‘blanco’, soy ‘indio’, soy ‘chino’, soy ‘ario’. Soy ‘cubano’, “pertenezco a Diáspora(s)”. O peor aún: “soy un escritor cubano, perteneciente a…”. Donde comienza la pertenencia (la ‘nosostridad’) comienza la alineación. Si hay algo que me interese en Diáspora(s), más allá de lo histórico (de lo pragmático) es este movimiento de no-retorno. El sentido más profundo de Diáspora(s) es, pues, a mi juicio, el de perderse en el movimiento continuo de lo que no vuelve (de lo que no tiene punto de referencia). El de no retornar a ningún nosotros, a ninguna literatura. No hay que volver a ningún nosotros, a ninguna ilusoria matria. No hay ya, pues, que volver. Tampoco a Diáspora(s). También hay que olvidar Diáspora(s). Esa, a mi juicio, es la lección de Diáspora(s): el olvido. El alejamiento, la dispersión infinita.

La literatura misma, ¿pertenece a la literatura? Hay emblemas de Kafka por todas partes, pero, ¿dónde está Kafka? ¿Dónde está la literatura? En todas partes, comercio y escándalo. Un caos de imágenes. Sonreímos también como puras imágenes. La literatura es siempre lo otro. Esa soledad luminosa confundida con la multitud. Luz que sólo ve el que se ilumina y que no puede hablar, medio ciego, medio loco, medio cuerdo. Locura entre la locura. El soslayo, entre dos erupciones de la microviolencia. No hay lugar para la literatura. Pero (también porque) la literatura no tiene lugar. Siendo así, ¿cómo pertenecer a ella? ¿Cómo acogerse a ella? Más bien es el movimiento del no-acogimiento, de un rechazo anterior a todo abrazo. De un no que nace del largo sí hipócrita del hombre ajeno al hombre, hundido en el horror a ser hombre que lo autoriza a ser infinitamente abyecto. A abyectarse infinitamente en el ser como en un abismo de luces, de cantos banales y de alegría feroz.

La otra afirmación de Diáspora(s), siempre en dispersión, es que la literatura sólo puede ser esta oscuridad luminosa que se autoafirma sin poder nada (autoafirmación que se niega en el acto mismo de afirmarse, sin orgullo, con una loca alegría). Ahora, sobre todo, que la literatura desaparece de la cultura viva como valor, sustituida por el comercio y el escándalo. Diáspora(s) fue la dislocada expresión siempre vigente de un disloque anterior y esencial, único capaz de renovar una y otra vez la extraña operación sin futuro que es lo literario (esa especulación acerca de un objeto sin dimensiones). Ese disloque anterior y esencial es el del ojo. El ojo que anota y exagera. Afuera, rige el caos. Adentro, el ojo mira. Ojo interior-exterior. No hay dimensión ni historia. Por eso, el olvido hacia el que está vuelta la literatura como hacia su esencia también abarca, emborrona a Diáspora(s). Que sin embargo es historia viva. Que continúa y continuará en tanto afirmación dislocante de algo que se renueva sin cesar, misteriosamente. Afirmación en un lugar vacío, siempre preservada por su propio vacío, por su necesidad que nada confirma. ¿Qué? El objeto sin dimensiones. El encarnizamiento del ojo.  Podemos llamarlo, si queremos, “literatura”. Aunque quizá sería más exacto llamarlo escrituras. Pero lo que hay sobre todo es no-pertenencia. No-lugar. Un preguntar incesante allende el caos. Allende el equívoco y la alineación.

La locura del que así pregunta es piadosa frente a la ignorancia del que mira por la ventana y no se da cuenta de que el mundo es una casa en llamas.

Finalmente: Ni siquiera estoy seguro de pertenecer a la literatura. ¿Cómo voy a creerme posible dentro de la literatura ‘cubana’ (sea lo que sea), si la literatura misma es un “no ha lugar”, si yo mismo soy ese no-lugar, en dispersión siempre, siempre en desinencia? Sólo hay pregunta y pregunta, agrandando cada vez más el borde del ojo, sacudido por el por el horror y por la luz.