El Fastidio de la Perfección

Si la palabra poética es aceite y no arena en el engranaje lingüístico, observamos la repetición de una triste coiné, que exalta la obra de poetas de las ideas comunes y del lirismo ingenuo. El poeta debería ser áspero, algo desagradable, sordo a las imágenes y sonidos habituales. Sacrificar la potencia del nombre por lo opuesto del nombre, la forma del discurso por el silencio subterráneo que lo desintegra.