Estado del arte

No hay, por supuesto, un estado de la poesía norteamericana, sino estados, ánimos, agitaciones, disipaciones, renuncias, depresiones, aquiescencias, alborozos, enojos, éxtasis; justo no una música a nuestro verso sino vastas músicas incompatibles; no un solo sentimiento sino choques de sensibilidades: la magnífica cacofonía de diferentes cuerpos haciendo diferentes sonidos, tan diferentes como el murmullo de la calle Hester y el chisporroteo de la presa Gran Coulee, el zumbido de Central Park en las tardes de agosto y el chillido de los pájaros cubiertos de petróleo en el canal Prince William. El estado de la poesía norteamericana puede ser caracterizado por lós agudos desacuerdos ideológicos que laceran nuestro campo comunal de acción, volviéndolo volátil, dinámico, enganchador.

Lo que escucho, entonces, en la poesía de este fin de siglo norteamericano es un rechazo implícito hacia la unidad, que es resultado de nuestra prodigiosa y magnánima efusión de palabras. Al decir esto, registro mi particular pasión − reflejada por todas partes de este libro − por la poesía que insiste en seguir su propio rumbo, encontrar sus propias medidas, trazar mundos otrora escondidos o negados o, quizá, mejor que todo, que no existían antes.

La poesía es la aversión a la conformidad en la persecución de nuevas formas, o lo puede ser. Por forma quiero decir maneras de poner las cosas juntas, o de sujetarlas para mantenerlas separadas, quiero decir maneras de dar cuenta de lo que preocupa a cualquiera de nosotros, o que la poesía lanza al aire imaginário a modo de muchos cisnes volando fuera del insondable sombrero negro del mago, tan súbitamente como un cielo que se vuelve blanco o púrpura o azul brillante, y respiramos profundamente. Por forma quiero decir cómo cualquiera de nosotros interpreta lo que se arremolina y nos resulta incomprensible acerca de nosotros mismos, o el tartamudeo con el cual se tartamudea, el gorjeo que ella canta entonada o desentonadamente. Si la forma rehúye la conformidad, entonces hace vaivén del amor-odio insaciable que esta cultura tiene por la asimilación; un círculo maníaco-depresivo de seguir la corriente y huir, que es un catalizador crucial en el sofocantemente efectivo proceso de auto-regulación y auto-censura.

Cuando la poesía rehúye la conformidad entra en lo contemporáneo: habla de las presiones y los conflictos del momento con los medios que tiene a la mano. Me refiero a la poesía que trastorna “el negocio es el negocio”, incluyendo al negocio literario: me importa sobre todo la poesía como disidencia, incluyendo la disidencia formal; la poesía que hace posible escuchar sonidos que de ninguna otra forma podrían ser articulados. Resulta particularmente divertido que aquellos que más protestan contra la fraudulencia, aridez o mismidad de la poesía contemporánea que insiste en ser contemporánea, disidente, diferente, y que profesan, en contraste, la primacía de la voz individual, avivada por una gentil inspiración, producen obra mayormente indistinguible de docenas de sus pares y, sobre todo, tienden a reconocer el valor de aquella poesía que se acomoda en el estrecho horizonte de este estilo y temática particulares. Como si la poesía fuese um arte en el cual hay una manera correcta y otra manera incorrecta; en este caso, prefiero la manera incorrecta de hacer poesía; preferible a la epifanía bien forjada y a la medida predecible, pues las fisuras, fallas y rarezas, al menos, muestran señales de vida.

La ideología, como un punto de vista particular y restringido, el modo de escuchar, la tendencia a las preferencias y disgustos, informan a la poesía y le imparten, en su mayor resonancia, una densidad de ser social materializado expresado mediante la música de una obra tanto como por sus referencias multifoliadas. Pretender ser no-partisano, estar por encima de la pelea, separando lo “mejor” de lo “débil” sin “rencores ideológicos” − así lo dijo um poeta sumamente partisano, como si marcara a su propio partido en el curso de negarlo − es una forma demasiado común de mistificación y mala fe dirigida a reafirmar la autoridad de los propios pronunciamientos; tal y como el intento de George Bush de desacreditar los “intereses especiales”, esto es, a final de cuentas encontramos que el centro es un pequeño brujo con un elaborado espectáculo de luces y sonido, buenos modales y acceso mediático preferente.

Lo que me interesa es una poesía y una poética que no editen eliminando tanto como unas que editen incluyendo: una poesía y una poética que incluyan perspectivas conflictivas y tipos de lenguas y estilos en una misma obra poética o, como aquí, en una misma colección de ensayos. Una poesía, una poética, que expresen los estados del arte mientras se mueven más allá del siglo veinte, más allá de lo moderno y lo posmoderno.

Lo cual no es decir, exactamente, que descartemos la distinción entre prosa y poesía. Aunque si se tiene la tentación de leer el siguiente largo ensayo-en-verso, que sigue a estas notas de apertura, como prosa, espero que haya una tentación igual de fuerte a leer la prosa sucesiva como si fuera poesía.

La poesía debería ser al menos tan interesante, y mucho más inesperada, que la televisión. Pero la realidad no cesa de crear problemas a la poesía, constantemente cambia los términos de lo que es posible versus lo que es salvajemente improbable o surreal, y la poesía que corre el riesgo de ser demasiado cauta será aventajada por los hechos (de hecho). Pienso en este momento en un anuncio de McDonald’s de Moscú trasmitido pocos meses después de la caída del muro de Berlín, durante un tiempo turbulento y que amenazaba con el caos económico en la Unión Soviética.

No se trataba de un pastiche fársico de arte conceptual haciéndose pasar por comentario social sino de lo que se nos quería hacer pasar como rusos “reales” disfrutando la comunión del empaquetado internacional, justo como Dave, Betty y los niños en el poblado de Syosset. Nuestra imagen uno del otro, y de otras culturas, parece ir de la ignorância hacia la engañosa y siniestra fabricación, casi sin ningún campo medio.

La poesía puede, aunque frecuentemente no lo hace, colocar una cuña en este proceso de desrealización social: encontrar un campo medio de cuidado de particularidades, en la verdad de los detalles y sus constelaciones, proveer de un sitio para la construcción de hechos sociales e imaginativos y de configuraciones que han sido evitadas o pasadas por alto en otros sitios. Pero para alcanzar este fin, los poetas tendrían que estar tan alertas a los presentes de sus culturas como los diseñadores de anuncios televisivos; lo cual exige uma voluntad de entrar en guerra de guerrillas con las imágenes oficiales Del mundo que son lanzadas con palas al interior de nuestras gargantas como si fueran cucharadas de Pepto Bismol, corto respiro del gas y la diarrea que son las señales más seguras de que la dura e incontenible realidad no ha desaparecido sino que tan sólo ha sido removida de la discusión pública.

Eso significa que no podemos depender de las herramientas y formas Del pasado, incluso del pasado reciente, sino que necesitamos inventar nuevas herramientas y formas que comiencen a enfrentar los desafíos del siempre cambiante presente. La innovación es la respuesta a las condiciones cambiantes. Lo cual no significa que la obra “progrese”, como en el modelo tecnológico, o se diga “hoy hacemos mejores automóviles que hace unos años”. Nunca es una cuestión de mejoría. Los detalles, las particularidades y su orden siempre cambian y la poesía es una manera de articular este cambio. Una y otra vez, en una panoplia de paneles sobre poesía, nuestra discusión uma y otra vez apela al problema de la balcanización o la fragmentación: cómo evaluar el hecho de que en los últimos veinte años una cantidad de comunidades poéticas auto-sustentadas han emergido y que tienen diferentes lectores, diferentes autores, diferentes editoriales y diferentes series de lecturas, inclusive, jerarquías separadas y nuevos cánones con sus propios premios, reconocimientos y heroínas.

Una respuesta a esta proliferación de audiencias es lamentar la falta de lectores en común. No hablo de aquellos que desean la resurrección de un solo canon de valores literários occidentales; el etnocentrismo y la ceguera ideológica de esta postura es considerada en varios de los ensayos que siguen.

Lo que tomo más seriamente son las ideas pluralistas que apoyan un multiculturalismo idealizado: la imagen de poetas de diferentes comunidades leyéndose entre sí y trabajando para mantenerse al tanto de los desarrollos de cada parte del espectro poético. La idea de diversidad, tal y como es promocionada en casi toda la publicidad del sistema escolar superior, es la indicación más superficial de esta tendencia; y más significativo es la introducción de una currícula multicultural en las escuelas secundarias y preparatorias.

No tengo problema con la introducción de alternativas radicales a los hábitos racistas y parroquiales de lectura engendrados por el sistema educativo y los medios, sino que estas alternativas frecuentemente son meliorativas em lugar de ser política o estéticamente exploratorias. Observo una continuidad demasiado grande entre la “diversidad” y la Nueva Crítica y los conceptos democráticos liberales acerca de una comunidad lectora que frecuentemente − ciertamente no siempre − tienen el efecto de transformar divisiones ideológicas no resueltas y antagonismos en tours de color local, género, raza, sexualidad, etnicidad, región, nación, clase e incluso periodo histórico: donde de cada grupo, comunidad o periodo se espera que cuente con − o se le designe − figuras representativas de las que todos podamos estar enterados.

Este proceso presupone un estándar compartido de juicio estético o metas implícitas de erigir un estándar común. En este contexto, la diversidad puede ser una manera de restaurar una concepción altamente idealizada de la cultura americana unificada que efectivamente silencia al disenso; ya que lãs ideas gemelas de diversidad y el lector común evaden el reto postulado por el arte heterodoxo, las poesías de las periferias y la idea misma de un estándar común de juicio estético o el valor de los lectores compartidos. Tenemos que superar, al modo como se supera una enfermedad, la Idea de que “todos” podemos hablar unos a los otros en la voz universal de la poesía. La historia aún desfigura nuestras palabras y seremos transparentes unos a otros sólo cuando la historia desaparezca. Mientras las relaciones sociales sean oblicuas, hablar en la poesía nunca será neutro.

El espacio cultural de la diversidad es burlado por el destierro de los médios masificados de aquellos grupos estigmatizados como demasiado inconsecuentes o desentonados como para representar incluso a la “diversidad”: ES hecho trizas cuando la muerte trágica por Sida de un adolescente blanco heterosexual recibe la atención pública equivalente a las muertes trágicas de millares de varones gays.

Algunas veces me pregunto si los varones pueden entender la voz de lãs mujeres que viven al lado o de cuyo cuerpo provenimos, ya que todos los dias escucho la versión masculina de la voz universal de la racionalidad tratando de controlar, como por ventriloquismo, a los cuerpos femeninos. Como varones tenemos que dejar claro que estos varones no hablan por nosotros, no nos representan, sino que parodian lo que el varón podría ser, pero raramente es. Algunas veces me pregunto qué sentido tiene hablar de la posibilidad de comunicación entre los pueblos de Estados Unidos mientras existen homeless que la mayoría de nosotros ha aprendido a mantener fuera del círculo humano del cuidado y el reconocimiento, a menos que se trate de la Transmisión Universal del Tributo de las Estrellas del Rock y las Celebridades Infantiles a los Desposeídos, los Sobrevivientes de la Violencia Racial y las Víctimas de Asalto Sexual.

En una sociedad con tal inequidad espectacular en la distribución del poder, la idea misma del espacio público ha sido enturbiada, no por el graffiti del pueblo sino por la dominación de los medios de comunicación por parte de aquellos desconectados de tal pueblo. Lo que puede ser censurado como patrones parroquiales de lectura es, de hecho, una estrategia esencial de sobrevivencia, para tener una profunda inmersión en una contemporaneidad e historia que son difíciles de localizar y necesitan ser defendidas.

La dirección del interés poético puede ser mejor orientada hacia fuera, de modo centrífugo, a lo desconocido y periférico, en lugar de hacia una constante reagrupación centrípeta y un reapuntalamiento mediante la cultura Del verso oficial y sus sofisticados mecanismos de uno etiquetado enormemente elástico que se dirige, divide y descontextualiza, esencializando el modo de la diferencia e incorporando el producto (nunca el proceso) en su propio espacio cultural.

Con mucha frecuencia las obras que son elegidas para representar la diversidad cultural son aquellas que aceptan el modelo de representación asumida, de entrada, por la cultura dominante. “Veo a mi abuelo en la colina / junto a las memorias que nunca podría recuperar” es la línea base contra la cual otras versiones son interpretadas: “Veo a mi mamá yiddisha en la calle Hester / junto a las carretillas que ya no puede arrastrar” o “Veo a mi abuela en la colina / junto a todas las madres cuyas vidas podrían ser recuperadas”.

Las obras que desafían estos modelos de representación corren el riesgo de volverse aún más inaudibles dentro de la cultura mainstream. No hay razón para suponer que los poetas que trabajan en oposición a estas corrientes dominantes de la cultura norteamericana tienen algún interes intrínseco en el estrecho espectro de la cultura del verso oficial. Si su obra rechaza los valores de la mayoría de este trabajo, sin duda encuentra que estos valores son parte del tejido de una construcción social que sostiene jerarquias económicas coercitivas y políticas, y entonces la idea de que todos deben tener interés en el artesanado estético es absurda; por un lado, tal interes es condescendiente; por el otro, auto-negador. La obsesión insidiosa con la cultura de masas y la popularidad, aquí traducidas a la jerga de una cultura unificada de la diversidad, amenaza com socavar la legitimidad de trabajar en una escala, no masiva, sino pequeña y, sí, impopular.

Dentro del espacio que la cultura oficial da a la diversidad, las figuras de la diferencia frecuentemente son elegidas porque narran de una manera que puede ser rápidamente asimilada − no se diga absorbida − en las formas convencionales de la cultura dominante. La diferencia es confinada al asunto y a la temática material, esto es, color local, excluyendo las innovaciones formales que desafían estos paradigmas dominantes de representaciones. Sin duda, los significados políticos y sociales del sonido, los ritmos vernáculos y no-tradicionales − aquellos que convierten un texto en un poema − con frecuencia son descartados como prescindibles en la fetichización de la narrativa y la temática; los valores formales son dejados fuera por una vanguardia mal concebida que voluntariamente se ha desculturalizado y desarraigado, ignorado el género y, por lo tanto, se ha retirado de los contextos que le daban sentido.

Con toda seguridad, las firmas estilísticas de la diferencia cultural pueden ser admitidas en la diversidad promovida por la cultura oficial si son esencializadas, es decir, si estos estilos pueden ser utilizados para representar simbólicamente el grupo que está siendo mercantilizado o asimilado. Los artistas dentro de estos grupos que no se prestan al filtro del estilo literário mainstream para colar su propia experiencia ni a la trampa de una diferencia cultural prestablecida y fácilmente reconocible, se hallarán cayendo en lãs amplias lagunas y desgarraduras del tejido de la tolerancia norteamericana.

Tales artistas pagan el precio de estar menos interesados en representar que en interpretar un papel. Franz Kafka alguna vez escribió: “¿Qué tengo en común con los judíos? No sé lo que tengo en común conmigo mismo”. Esto puede ser entendido como una actitud judía, pero sólo si lo judío es tomado como múltiple y expresado indirectamente. Cuando Nicole Brossard realiza una letanía de lós cambiantes significados que puede tener nosotros para ella “nosotros los quebequenses / ustedes canadienses; nosotras las mujeres / ustedes varones; nosotras lesbianas / ustedes heterosexuales; nosotros poetas; ustedes prosistas”; apunta a un problema similar al de Kafka. John Berger − escribiendo acerca de la regeneración espiritual de lós nuevos nacionalismos de Europa central y la Unión Soviética − señala: “Todos los nacionalismos están profundamente interesados en los nombres… Aquellos que descartan a los nombres como un detalle nunca han sido desplazados; pero los pueblos en las periferias siempre son desplazados. Por eso insisten en que su identidad sea reconocida” (The Nation, 7 de mayo de 1990,p. 627). Pero nombrar nunca es un acto singular; lo que es nombrado puede que ya no exista cuando el nombre es repetido; no es que quiera descartar a los nombres como detalles, sino reconocer a los detalles como más importantes que los nombres, en la medida en que siempre son marginados a la vez que los nombres se convierten en el empacado mediante el cual una mercancia surge. Incluso los individuos son múltiples, tal como Emmanuel Levinas señala: “La mente es una multiplicidad de individuos”. ¿Qué representa a un judío o a un norteamericano protestante blanco o a un afroamericano, a un varón o a una mujer? En poesía, esto es menos un asunto de contenido temático que la forma y el contenido entendidos como una figura entrelazada; lo uno inaudible sin lo otro; como el alma y el cuerpo, completamente interpenetrados e interdependientes. La dinámica formal en un poema crea contenido mediante las formas, sentimientos, actitudes y estructuras que componen al poema. El contenido es más una actitud hacia la obra o hacia el lenguaje o hacia los materiales del poema que algún tipo de tema que puede ser desprendible del manejo de los materiales. El contenido emerge de la composición y no puede ser despegado de ésta; o, para decirlo de otro modo, en lo poético lo desprendible es prescindible. Lo que se extiende en explicar es más importante que lo que la poesía dice, ya que “decir no es un juego” y los nombres que decimos no son más nuestros nombres que las palabras que entran por nuestros oídos y corren por nuestras venas, de préstamo desde el pasado, y con el interés pendiente al alba de cada día, aunque no por el Recaudador que dice representarnos en el corte del discurso público sino por el Recaudador en el que nos convertimos cuando comenzamos a recaudar lo que nos pertenece por derecho de cuidado en y del mundo.

Cuando nos libremos de esta idea de que todos podemos hablar unos a otros, creo que nos será posible, como siempre ha sido posible, comenzar a escucharnos unos a otros, uno a la vez y en los varios grupos que se presentan a sí mismos o aquellos grupos que creemos necesario formar.

Traducción de Heriberto Yépez
escritor e poeta mexicano, professor da
Escuela de Artes da Universidad
Autónoma de Baja California

Sobre Charles Bernstein

Poeta e professor, nascido em 1950 em Nova Iorque, onde vive, é uma das principais forças das letras norte-americanas. Autor de vários livros de poesia e de crítica literária, é o co-fundador e co-editor de PennSound, o maior arquivo de leituras de poetas do mundo todo e do pioneiro Electronic Poetry Center. No Brasil, publicou o livro Histórias da guerra em 2008. Para ele, “a poesia é alguma coisa em longo prazo”. Nome de alcance mundial, ele afirma que o melhor suporte para sua poesia é o diálogo: “Tenho tido a sorte, desde quase o primeiro momento, de contar com bons companheiros”.