SOLARIS, de Tarkovski

No menos de una hora. No menos de una hora se pasea el psicólogo Kris cada día. Todo paseo es saludable, que se lo digan a Robert Walser. Puede caminarse por la nieve,  como lo hizo Walser antes de acabar tumbado en ella. O en el agua, a través del agua, debajo de ella, caminar aunque el agua caiga sobre uno, o sobre Kris, que es el que viaja a Solaris. Toda la obra de Tarkovski es una lluvia continua, nada puede purificar y hacernos más minúsculos que el agua. Por ello que el Océano Solaris fue un elemento nacido para Tarkovski. Su medio. La Zona por excelencia.

Berton, acerca de Solaris: Cuando descendí por primera vez a trescientos metros, me fue difícil mantener la altura, porque comenzó a soplar el viento. Concentré toda mi atención en el pilotaje. Durante cierto tiempo no miré afuera. Por eso, penetré en la niebla. Coloide y viscosa. Cubrió los cristales. Era tal la resistencia que perdí altura, la niebla se iluminó de rojo donde estaba el sol. Salí a un espacio abierto, redondo, con cientos de metros de diámetro. Y noté enseguida un cambio en el Océano. Las olas desparecían y su superficie se hizo transparente, casi del todo. Debajo de ella se concentraba un limo amarillo, cuando emergía brillaba como el cristal. Luego bullía. Parecía un almíbar quemado. El limo se unía en grandes conglomerados y formaba diferentes figuras. El helicóptero era atraído hacia la niebla. Y vi algo parecido a un jardín. Los árboles parecían de yeso, de tamaño natural. Después se fragmentaron, rompiéndose. La ebullición se hizo más intensa y todo se cubrió de espuma.

Nadie tiene una capacidad de comprensión absoluta.  Solaris es un enorme cerebro capaz de pensar. Y de repente, aparece un niño en medio de ese océano. Berton lo vio y así lo relata: cuatro metros de altura, ojos azules y el pelo negro. Recién desnudo, como un recién nacido. Mojado. Grasiento. Manteniéndose siempre encima de la ola. Y los inquisidores suelen reparar que ese comportamiento, el decir de Berton, es una alucinación. De repente, los ojos de uno no sirven para nada. Mejor arrancárselos. O mejor aún, someterse a la extracción de la piedra de la locura (ver Aclaraciones al texto, al final). Sería lo más apropiado si queremos evitar el dedo que señala.  Porque, ¿dónde se sitúa la cara oculta del conocimiento? En ese ir y venir del Océano Solaris, que recuerda a los conjuntos fractales de B. Mandelbrot, al ir más allá de los conceptos geométricos clásicos, a la teoría del caos. Es un viaje peligroso. Quizás de ida. Tan sólo. Nuestro Kris, no obstante, opina que la solarísitica, tras las declaraciones fantasiosas de Berton, está en un camino sin salida, alucinatorio. Y claro, a él le interesa la “verdad”. Porque quizás la verdad que ha escuchado de Berton no sea la “verdad”. Porque para él, la “verdad” no puede darse de manera fractal. Para comprender la realidad lo habitual es calcular las palabras en línea recta. Kris hace una hoguera antes de partir. Quema ciertos recuerdos. La foto de su esposa fallecida está ahí, tras las cenizas. Y el silencio. Luego, parte hacia Solaris. Hay dos tripulantes, de los tres iniciales. El Dr. Guibarián se ha suicidado.

 

Cena de Solaris

 

Guibarián, mensaje para Kris: Todavía tengo un poco de tiempo. Debo contarte algo y prevenirte. Ahora ya sabes qué me ocurrió. O si no, ya te lo contará Snawt o Sartorius. Lo que me ocurrió a mí carece de importancia. No es posible contarlo. Temo que lo me ocurrió sea sólo el comienzo. Puede ocurrir contigo. Con cualquiera. Si eso te ocurre, quiero que sepas que no es locura. Es lo principal. Soy partidario de someter al Océano a radiaciones de alto poder penetrante. No hay otra salida. Es la única posibilidad de contacto con ese monstruo.

Y el ojo que mira por la escotilla de la nave espacial, afuera, al cosmos, no es el ojo propio. Es la mirada negra e insondable del abismo. Y el ojo que mira al papel no mira en blanco, mira también con esa negrura. Aunque quizás seamos demasiado impresionables. Si una vez más miramos afuera (o a la hoja en blanco), no hay cosmos, sino un inmenso océano en movimiento: la paradoja del gato de Schrödinger. Pero, ¿cómo comunicarnos con una inteligencia superior? En la nave, la esposa de Kris aparece ante él como si las leyes de la naturaleza que conocemos no fuesen más que mantequilla que se derrite en una sartén. Y claro, ella mira cómo él despierta y  ella se acerca, y le besa, y como si nada se extiende en la cama, porque es evidente que ese acto no ha de entenderse como extraordinario. La ciencia que estudia las excepciones es la verdadera ciencia. ¿Cómo supiste dónde estaba yo?, pregunta Kris. ¿Cómo haces esa pregunta?, le responde ella. Sin embargo, Kris no comprende. Y quiere librarse de ella, la que desea verle siempre, la que es hija de una inteligencia superior, y por lo tanto, niebla y pura extrañeza. En suma, solarística (ver Aclaraciones al texto).

Ella, a Kris: ¿Por qué me miras así? Y él recuerda que la noche pasada atrancó la puerta de la habitación donde ahora están con varias maletas pesadas. Y las maletas continúan ahí, sin moverse un centímetro, evitando la entrada de cualquier elemento físico en ese recinto.

Que un elemento extraño, por ejemplo ella, aparezca, y que el psicólogo Kris no la crea como la que fue y acabe con la visitante y la envíe al espacio para librarse de una carga tan pesada, supone, primero, determinación, y segundo, estupidez. El doctor Snawt se lo dice claramente: ¡No me digas que no probaste con una cuerda o un martillo! ¿O tirarías un tintero, como hizo Lutero? O sea, montaste al visitante y presionaste el botón. El doctor explica que todo comenzó con un experimento de rayos X, con un fuerte haz de rayos Roentgen. El Océano sondea el cerebro y extrae recuerdos. Es cierto que el pasado puede ser peligroso, pero no lo suficiente si podemos compararlo con el enorme monstruo que podría generarse si se aunara lo incomprensible y la génesis del miedo. En el Solaris de Tarkovski se prima el ente por encima de sus explicaciones científicas. Lem ya utiliza bastantes hojas en el libro para hablar de ello. Y guarda una cierta similitud aquello que actúa de motor en La Zona representada en Stalker y el Océano Solaris. De la misma forma que existe la misma relación entre un ente superior y el océano que agita la hoja en blanco. Un elemento constante en la filmografía de Tarkovski es la voluntad del hombre y lo ininteligible, la decisión y el recuerdo, lo onírico, el camino. El límite de nuestro más acá.

Ella, a Kris. Por segunda vez, la segunda noche, en la segunda aparición: Está todo tan oscuro…

(palabras que deben abocar al lector a visionar el film, si no lo ha hecho. En caso contrario será bastante improbable que adivine el final. A no ser que haya leído la novela. O bien decida que la mejor senda para adentrarse en lo nebuloso sea emborronar una hoja en blanco. Aún así).

Aclaraciones al texto:

Extracción de la piedra de la locura: upongamos que la extracción de la piedra de la locura se lleva a cabo sin instrumental apropiado. Hecho que podría ser significativo. Más aún si el que tiene la tarea encomendada es el mismo que se plantea dicho reto. Frente a un espejo y con tan sólo un peine. La incisión debe ser profunda, pero no demasiado. Las púas no deberían raspar la masa pues no es interesante escuchar a Schoenberg si no se desea, o más aún, si no se está preparado para recibir con su amplificación todas las notas que son posibles. Podrían estallar el oído y luego vendría lo de la imposibilidad de no poder separar el peine sin llevarnos un trozo de Schoenberg en forma de sesito. Así que la pericia de cirujano debe acompañar al golpe seco y el raspado posterior en el cráneo. Saber que la piedra tiene forma de caramelo de menta debe ser algo que de antemano debe estar previsto, y estudiado. Por ahí él podría extraer cualquier otra piedra y dejar el cerebro tan inservible como lo estaba en un principio. Una vez se tiene la píldora en la mano debe desenvolverse del papel de celofán que la recubre y depositarla encima de la lengua. Saborear la locura del hombre, una última vez, no es tarea para necios, pues la miel está hecha para la boca de los más osados.

Solarística: El sueño de Fausto. Los fractales y J. S. Bach. Poincaré y los rayos Roentgen. Transmitir las ideas diurnas a la masa, para que nos libre de esos visitantes. Confiarlo todo al Océano. O al papel. La fuente de la vida. Verdad. Es como si se rasgara el velo de Maya. Una sola fuerza, que es la voluntad. Y los sueños como el mismo espacio que conocemos al despertar. Kafka a los pies de la cama. Sólo quedarnos ahí, continuar la mirada. Loop infinito. Confiarlo todo al Océano. ¿Exactamente qué nos hace singulares?

Sobre Iván Humanes Bespín

Nacido en Barcelona (España) en 1976. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona y realizó estudios de Filosofía. Codirector de la revista literaria DADO ROTO. Es colaborador de la revista Escribir y Publicar y del sitio electrónico Literaturas.com, para los que ha realizado entrevistas a Martin Amis, Andreu Martin, Fernando Arrabal, Guillermo Martínez, Lázsló Krazsnahorkai, Peter Stamm, Agustín Fernández Mallo o Stephan Audeguy, entre otros. En el 2005 publicó el libro La memoria del laberinto (Biblioteca CyH), que consta de diecinueve relatos cortos. En 2006 el ensayo Malditos. La biblioteca olvidada (Grafein Ed.), del que es coautor. Y en 2007 en la obra 101 coños, que aúna hiperbreves e ilustraciones (Grafein Ed.). Su sitio en la red es www.ivanhumanes.com.