Caleidoscopio del narco terror en México

Uno

Avanzamos sobre la carretera en medio del desierto. Hacia el frente solamente se advierte el asfalto gris-negruzco y las líneas blancas que forman los carriles de ida y vuelta. A ambos lados, tierra caliza, formaciones rocosas inestables, cactáceas, palmas retorcidas y requemadas, una tolvanera caprichosa. Observo desde el retrovisor dos camionetas blancas acelerar a toda velocidad. El chofer orilla el auto hacia su derecha para dar paso al convoy veloz. El furgón que va al frente se nos empareja permitiendo que dos hombres, uno en la ventanilla del frente y otro en la trasera, saquen sus cuerpos hasta la cintura. Ambos visten de negro y cubren sus rostros con pasamontañas. Intempestivamente, nos apuntan con un rifle automático de asalto. El taxista empuja el pedal del freno hasta el fondo y levanta la manivela que controla el freno de emergencia. Apenas logra controlar el volante del automóvil compacto en que viajamos. A lo lejos escucho disparos al aire y gritos y carcajadas. De milagro nos hemos salvado.

Superado el susto continuamos nuestro camino. Al final llegamos a la región de La Laguna, reconocida por su bonanza agroindustrial y empuje empresarial. La ciudad de Torreón, en el estado mexicano de Coahuila, se constituye como el centro difusor. Al entrar a la ciudad un retén militar nos detiene. Un hombre vestido en color kaki se nos acerca y pregunta de dónde venimos y hacia dónde vamos sin quitarnos la mirada de encima. Otro, vestido en verde, se acerca al vehículo asomándose por las ventanillas y apuntado el número de la placa, el modelo y color. Me aventuro a comentarle nuestra experiencia en la carretera. Ni siquiera se inmuta. Nos invita a salir  despacio y con las manos en un lugar en donde sean visibles. Abandonamos nuestros asientos. Tan pronto encontramos piso, nos separan para dar inicio a un breve pero lastimoso interrogatorio. Otro grupo se concentra en el automóvil, abriendo los compartimentos existentes, desarmando los revestimientos de las puertas, lanzando a un par de perros adiestrados en la detección de drogas y explosivos. Por unos minutos, desconfío profundamente del chofer. ¿Será posible que sea un vendedor de drogas al menudeo? Quizá las consuma. O simplemente, ha operado como “burrito” entre los cárteles que se disputan la plaza. Le observo detenidamente para intentar encontrar en su mirada alguna señal que delate culpa. Si es el caso, mi suerte está echada. Sin embargo, el tipo está al borde del llanto, preocupado por las mismas razones. Al fin de cuentas, ¿qué sabe él de mí? Nos hemos desplazado de la credibilidad y la confianza de la carretera, a la duda y el temor hacia el otro en el retén en cuestión de unos minutos. En buena medida, de eso se trata el terror.

 

Dos

Superamos la tensión del retén y nos dirigimos hacia mi punto de destino. La ciudad se ha reconfigurado de tal suerte que me recuerda algunas imágenes televisadas desde Bagdad. El mobiliario urbano se encuentra estandarizado, así como las lógicas arquitectónicas y de construcción. Se han erigido edificios con ventanas capaces de resistir impactos de bala. El acceso a edificios públicos y privados es controlado por cuerpos de seguridad entrenados y armados. Pululan los sistemas de acceso electrónico biométrico –vía retina, dactilar, térmico-. Los arcos-detectores de metales son una referencia permanente y cotidiana, al igual que las miles de cámaras visibles e invisibles que son utilizadas para el reconocimiento de rostros, que a su vez, son referidos a bases de datos de “sujetos peligrosos” para el rastreo de drogas, armas o sustancias químicas. En resumen, las fuerzas de vigilancia y represión en el exterior de todos los edificios, cuando en teoría las calles y banquetas siguen siendo un espacio público sin restricción de paso.

Conforme avanzamos, interpreto la lógica de operación de la ciudad. Los barrios y colonias se encuentran distribuidas – apropiadas y territorializadas- entre las facciones que comprenden a los cárteles que operan en la zona. Todos saben que muchos de sus vecinos son narcotraficantes, lo que en no pocas ocasiones ha impulsado diásporas, no en búsqueda de oportunidades, sino en el ánimo de sobrevivir y mantenerse a salvo. ¿Cómo se establecen dichas franjas territoriales al interior de las ciudades? Símbolos y marcas establecen los principios. Desde los grafitis, transitando por mantas espectaculares a la entrada de los barrios, hasta un modelo de automóvil con el que se vincula al grupo opositor al que se ha prendido fuego. En algunos casos, una bolsa con un cuerpo torturado, rociado con cal y una nota plagada de errores ortográficos y palabras altisonantes. Otras, hombres o mujeres colgados desde los puentes para peatones. Estos y otros elementos utilizados por los grupos de narcotraficantes, reafirman los límites de la ciudad, del espacio vivible y transitable para el resto de sus habitantes, de la idea de apropiación territorial de facto. De ahí su fuerza, que si bien articula a dichos grupos, interpone fronteras sin pasaporte al interior de los centros urbanos.

La respuesta esquizofrénica del Estado en sus diferentes niveles se hace evidente en la constitución del entramado urbano. El diseño de las ciudades responde cada vez más a los fundamentos de la seguridad como máxima de vida –sean resultado de acontecimientos locales o nacionales-. Los juguetes de la guerra sin enemigo visible proliferan en la ciudad. El mobiliario urbano adopta nuevos componentes, permitiendo su camuflaje o impulsando la normalidad de su existencia a partir de una exposición descarada. Dicho fenómeno ha reconformado los límites de la ciudad y los mecanismos de acceso y tránsito. La seguridad intensiva se manifiesta mediante la utilización de puntos de control  -retenes, barricadas, zonas de acceso exclusivo- para lo cual, se tienen dispuestos dispositivos y herramientas cada vez más “integradas” a la convivencia civil.

Las cámaras dispuestas estratégicamente a lo largo y ancho del espacio urbano, buscan reconocer rostros conectados a bases de datos generando un estado de vigilancia permanente. Las banquetas son utilizadas cada vez más como zonas francas para la revisión de personas sospechosas. El gobierno invita a delatar a los sospechosos. Ciudades defensivas contra sus ciudadanos. El miedo como identidad de la ciudad.

 

Tres

Escuchamos en la radio del taxi que dos jóvenes han sido abatidos durante el encuentro entre un grupo de sicarios del narcotráfico y el ejército mexicano. Las versiones se suceden rápidamente. El gobierno federal tacha de integrantes del cártel a los dos muchachos muertos. El gobierno local no tiene información, pero se mantiene en reserva por la avalancha de yerros del gobierno nacional al momento de pronunciarse en torno a este tipo de problemas. Al final, resultó que eran dos jóvenes estudiantes de una institución de educación superior, quienes se encontraban de camino a sus casas. La comunidades estudiantil, universitaria, sale a las calles en señal de luto y agravio. Hasta la fecha no se ha podido esclarecer si murieron por balas de los narcotraficantes o por una granada lanzada por el ejército.

Lo único real es que el narcotráfico ha permeado todos los espacios y estratos sociales. En el caso específico de los jóvenes se hace más evidente, como resultado de un modelo económico depredador, incapaz de conformar oportunidades de educación y empleo para las nuevas generaciones. Un modelo económico recrudecido en el norte de México, como resultado de la instauración de una faceta atroz denominada “maquilas”, en donde las empresas multinacionales se localizaron con el objetivo de apropiarse de la mayor cantidad de renta posible. Una faceta localizada en espacios urbanos como Ciudad Juárez, en donde se invitó a mujeres jóvenes con niños pequeños a trabajar en turnos de 12 horas, en horarios nocturnos o que impedían hacerse cargo de los hijos, con una promesa de 400 dólares mensuales, mientras los niños se tenían que valer por sí mismos. En muchos casos, a diferencia del esquema nuclear familiar mexicano, en donde la abuela o alguna vecina se encargaban de cuidar a los hijos, en la instauración del sub-modelo, dicha situación no fue posible ya que tanto la abuela como la vecina también se encontraban laborando en la “maquila”. El resultado es evidente. Niños que se hicieron en la calle, resentidos por la ausencia de los padres, con una calidad de vida cuestionable, marginados de las oportunidades de educación, pero sobre todo, marginados del mundo lindo y vivible impulsado por los mass media; el american dream, tan cerca y tan lejos.

Las conversaciones de los jóvenes de algunas localidades en torno a sus espacios de esparcimiento y diversión se han transformado sustancialmente. En una ocasión conversaban en torno a la fiesta en que entrada la media noche, con los asistentes en el clímax del baile y el alcohol, rodaron sobre la pista cuatro cabezas con los ojos desorbitados. Hacen burlas sobre las expresiones descompuestas en los rostros de los decapitados, los gritos de histeria de las mujeres, el desvanecimiento de un par de parroquianos. Imágenes de terror que requieren ser desacralizadas, fugadas mediante la broma y la burla hiriente.

Sus preocupaciones se concentran en estar atentos para reconocer y no cruzarse en el camino de algún narcotraficante o la pasarán mal; o en ser ilusos como para no identificar que la chica de la casa de enfrente es novia de uno de ellos. Para otros, sus preocupaciones son más complejas. El dilema no se encuentra en decidir si se dedican o no al narcotráfico, eso ya está decidido – tanto por ellos como por la esposa e incluso los padres-. El asunto es escoger bien el bando; no equivocarse al momento de dar el “si” a un cártel o a otro. Es una decisión vital en el sentido estricto de la palabra; ahí se juega no solamente el progreso, sino el tiempo que permanecerá con vida.

Uno de ellos narra: “nos acabamos de equivocar con un grupo. Llegaron como 25 personas en dos camionetas con placas de Michoacán. Pensamos que eran de otro cártel, por lo que llamamos a la “banda” y los secuestramos. Los torturamos hasta el cansancio esperando que confesaran que eran del “otro bando”. Al final, los tuvimos que matar a todos. Fue una equivocación. Era una familia que iba de vacaciones a Acapulco. Eso nos pasa porque el gobierno siempre anda capturando a nuestros líderes, y mientras las cosas se acomodan, las jerarquías quedan afectadas impidiendo tomar las mejores decisiones. Ni modo, que diosito los tenga en su gloria.”

Camisas de seda con estampados de amiba, pantalones de mezclilla y cinturón con hebilla prominente; botas de punta; sombrero de ala. Una camioneta negra con música de los Tucanes de Tijuana a todo volumen. Al lado, una mujer pintada de rubio, con sombrero y masticando chicle. Al otro, un AK-47 y un six-pack de cervezas. Sobre el espejo retrovisor un escapulario y una máxima que dice “vivir rápido, morir joven”. Hay que dejarle algo a los hijos, a la madre, a la esposa. Dejarles algo mientras se puede; porque de otra forma no vales nada.

 

Cuatro

Página central de un diario: “México es sexto lugar en términos del poder del crimen organizado”, de acuerdo a un informe generado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En la plaza donde se encuentra el kiosco de periódicos, un candidato lanza su discurso. Es temporada de campañas políticas y todos los aspirantes y partidos de acusan de las mismas cosas: corrupción, incapacidad de gobernar, tráfico de influencias, vínculos con el narcotráfico.

Me acerco a la multitud. Una mujer mayor comenta al aire: “ése candidato está apoyado por el narcotráfico. Todo mundo lo sabe aquí. Antes vivía en las colonias de las afueras de la ciudad. En los barrios más pobres. Su madre lavaba y planchaba ropa ajena. Ahora es candidato a diputado federal.” Al fondo, junto a la iglesia, un grupo de personas cuelga una manta que dice: “Pedimos interlocución con el gobierno para resolver problemas o prometemos detener nuestra obra social. Cuídate Juan Escandón (candidato de la oposición). Firma: el cártel local.”

El periodismo y los medios electrónicos han acusado a políticos, servidores públicos y gobernantes de mantener vínculos con el narcotráfico. Se sabe de campañas políticas financiadas con recursos provenientes de dicha fuente ilícita. Las instituciones financieras observan cada vez más problemas para explicar el blanqueo de los activos del narco, calculados en 15 mil millones de dólares – cerca del 2% del PIB -. La clase gobernante cede cada vez más espacios a los derechos de persecución transfronteriza, manteniendo a la DEA en los aeropuertos y a agentes de la CIA en ciudades críticas apoyando “secretamente” el combate al narco.

Mientras tanto, ni los políticos ni los gobernantes pueden explicar a la ciudadanía las razones por las cuáles se observa una deserción masiva de los cuerpos de seguridad. ¿Dónde se emplean posteriormente dichos elementos? ¿En qué actividad se encuentran los incentivos económicos para arriesgar la vida? En México se calcula que existen 15 millones de armas. ¿De dónde provienen? ¿Cómo entraron a un país en donde su comercialización se encuentra prohibida? Finalmente, tampoco atinan a explicar por qué los muertos están de este lado, por qué debemos vivir en el terror, cuando el problema del combate a las drogas y sus consumidores a gran escala, se encuentran hacia el norte, en otro país.

 

Cinco

El ejército a la calle. Todos concentrados en reducir la presencia del narcotráfico y su terror. En cuatro años de la administración actual se contabilizan oficialmente 30 mil muertes, muchas de ellas consideradas como “daños colaterales” al más puro estilo yanqui.

Declararle la guerra al narcotráfico ha sido el vehículo de legitimización de la administración de Calderón. Promulgación de leyes, calibración de las existentes, endurecimiento de penas punitivas. Recursos sin límite, más policía, más ejército, más armas. El combate al narcotráfico y la seguridad son el segundo rubro en términos del tamaño de presupuesto después del pago del servicio de la deuda.

Instauración de sistema de vigilancia, control, codificación y sistematización de información personal. Toma de huellas dactilares y reformas que permiten la obtención de otros elementos biológicos –ADN, iris, entre otras-. Bases de datos resguardadas y utilizadas por servidores públicos corruptos o aterrorizados por los agentes del narcotráfico. Mientras en México entregamos nuestra información personal y confidencial sin miramientos, comunidades enteras en Alemania, lideradas por sus autoridades locales, se encuentran en proceso de demanda a las empresas especializadas en estas tareas ya que “violan las estrictas leyes de privacidad y entregan información relevante a los delincuentes”.

La sociedad a resguardarse en donde le sea posible. Los reclamos de la sociedad no surten efecto, toda vez que el terror del narcotráfico se ha alimentado por la estrategia gubernamental, impulsando acciones cada vez más violentas, en un contexto territorial más amplio y afectando directamente a poblaciones cada vez más numerosas. El narcotráfico y la seguridad pública como eje de la preocupación nacional captada a través de encuestas  señalan que la población se encuentra muy preocupada por el tráfico de drogas (37%) y por contrabando de armas (19%). Pese a los despliegues mediáticos, las resonantes capturas de cabecillas de cárteles, la percepción nacional en torno a la seguridad pública reconoce que se encuentra peor o igual respecto al año pasado en un 68%. Mientras tanto, somos incapaces de cuestionar el estado de cosas, el nivel de los salarios, el desempleo y el desmantelamiento de lo que queda del sistema de seguridad social. Encapsulados en nuestras viviendas, creemos que estamos protegidos al interior de casas fortificadas o automóviles blindados. Sobre todas las cosas, estamos dispuestos a ceder cada vez más en torno a nuestras libertades públicas con tal de contar con un mínimo de seguridad que no se ve remotamente cerca.

¿Dónde para la espiral? Cuando pensamos que hemos visto y vivido todo lo imaginable y que hemos asumido los costos de las decisiones verticales, algo sucede en un punto del país que nos traslada a otro nivel, a un punto más profundo y oscuro. Ya también se especula sobre los vínculos entre las guerrillas y el narcotráfico. Se ha lanzado al país a una guerra intestina de escala indescifrable. La guerra como argumento para allegarse el poder político. El combate al narcotráfico como base para la instauración de un estado de excepción como norma de seguridad. Vendrán más controles, más ejército y armas en las calles, más decapitados, mutilados, más bajas civiles. El terror y el miedo como fórmulas de control social en un México que no alcanza a ver la luz al final del túnel.

 

 

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Notas

[1] Marco Antonio Ledón, nació en Tepic, Nayarit, México en 1971. Es maestro en desarrollo urbano por la Universidad Erasmo de Róterdam y economista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha trabajado para organismos nacionales e internacionales en tópicos vinculados a las ciudades y su entorno económico, cultural y social. Actualmente, es coordinador de estudios económicos de Vértice, s.c.
[2] Consulta Mistofsky. Encuesta solicitada por “México contra la delincuencia, A.C.”, 2009