El límite, o humano y la política

(Sabadell, agosto de 2005)

¿Por qué hay que volver a hablar de política? Porque la política, como alguien dijo, es “el tiempo que hace”. Porque el escritor se siente libre en su arte, pero hay siempre algo con lo que topa, y este algo son los límites que, ajenos a la soberanía de la escritura, lo rodean por todas partes, poniendo en duda su libertad como escritor y como ser humano.

Los pretextos (y las protestas) pueden ser muchos. Que no cumple con sus deberes de ciudadano. Que no es un buen padre y un buen esposo. Que no ama a su patria, grande o chica. O —last but not least— que no se integra en la comunidad que lo ha acogido (llámese país, sociedad o grupo).

Pero nada de esto puede ser adscrito al presente espurio del periódico. Viene de más lejos. De esa extraña anomalía que quiere que los seres humanos deban aspirar a ser lo que ya son. No basta con haber nacido humano: hay que ser incluido en lo humano. No basta con estar vivo: hay que merecer la vida o ganarla. No basta con tener talento: hace falta que el marketing lo diga.

Así lo humano, lo incuestionable, es puesto en juego. Pero cometemos un error profundo (diría: el error por excelencia, ya que es el origen de todos) al creer que lo humano es cuestionable (ganable o medible). Que puede ser otorgado por alguien o algo (digamos, la política), cuando en realidad es lo dado de antemano, lo dado desde siempre. Cuando nacemos, ya está ahí. Y cuando morimos, sigue estando ahí. Pero no ahí como un retrato o un edificio (como una bandera o un paisaje), sino como aquello presente en cada uno de nosotros y que nos hace idénticamente irrepetibles y soberanos.

Lo que se opone a que lo reconozcamos es siempre la política (o lo ideológico). Casi diría: nuestros aciertos son humanos y nuestros errores políticos, si no fuera porque sería hacer una vez más a lo humano rehén de lo político. Ponerlos en relación, que es lo propio de la política. Lo propio de la política es territorializar. Y sobre todo: confundir lo humano con lo territorial. Político es quien explota el sentimiento de pertenencia (llámese ego, grupo o nación) en beneficio del dominio.

Pero lo humano no es un territorio, sino el ser mismo (es decir: aquello que no tiene límites). Y sin embargo, al nacer nos encontramos circunscritos por límites. Se dirá que el artista también se enfrenta a límites. A los límites del arte y, si es un escritor, a los límites del lenguaje (incluso al límite de una lengua en particular, extensa o minoritaria). Pero la verdad es que el único límite al que se enfrenta el escritor es el de su talento. Allá a donde quiera ir, no lo detendrá el lenguaje. Allá a donde no pueda ir, no lo llevará.

El gesto del escritor, el gesto por medio del cual éste “se hace”, es tan soberano y autónomo como el de la literatura. Él escoge su lengua y estilo. Su tradición literaria. Incluso su origen étnico y social. Lo inventa todo, comenzando por él mismo. Diga lo que diga, no tendrá otro remedio que inventar su destino. Más aún: la marca de un escritor es ésta: su atrevimiento para postular la ficción como una realidad perfectamente válida. Comprendamos que es así y que no puede ser de otra manera. El escritor podrá proclamar lo que quiera (desde el bárbaro antisemitismo de Céline hasta la sexualidad frenética de Miller o la valentía neurótica de Hemingway), pero finalmente no hay otra realidad en su obra que las palabras, y éstas señalan sonriendo hacia la condición ficticia de toda creencia (de toda terca, irremisible circunstancia).

El poeta, que tiene un sentido agudo de las posibilidades de lo verbal, sabe que éstas son las posibilidades del ser, y que en ellas se cumple su soberanía. Pero los poetas no son los guardianes de la lengua, como los pintores no son los guardianes del paisaje.

A medida que pasa el tiempo, nos gana la sospecha de que los antiguos sabían mucho más que nosotros. Y no sólo eso: que habían preservado cosas que nosotros, soberbios e ignorantes, hemos arrojado al olvido. Ya no nos parece necesaria la soberanía del arte, porque olvidamos (o no sabemos) que en la medida en que prescinde de toda autorización (sin ser en modo alguno misterioso, sino más bien transparente) el gesto del artista se vuelve incuestionable, porque coincide con el movimiento del ser, que está lleno de plenitud y de presencia (lleno de lo humano).

La política, en cambio, sólo habla de estrechez y de fugacidad. Nos sumerge en la espesa jalea de lo banal, prometiéndonos el refugio ilusorio de nuestra codicia y el seguro salvajismo de nuestros instintos. Bajo el pretexto de protegernos, nos lleva primero a excluir y luego a suprimir y a ejecutar. Bajo la banalidad de las palabras (las palabras del periódico, del tribuno de esquina), late la banalidad de la violencia. Detrás de las líneas pintadas con lápices de colores están las alambradas torcidas con alicates.

¿Qué tiene que ver todo esto con el arte y la poesía? Mucho, en la medida en que son los seres humanos quienes se equivocan. ¿Qué hacía Guillaume Apollinaire en una trinchera en la carnicería de 1914? Lo mismo que hacen hoy quienes juegan el juego de la territorialización. ¿Cómo ignorar que hubo Auschwitz y sobre todo lo que significó y significa Auschwitz? Al terminar la segunda carnicería, los hombres (que de pronto se habían dado cuenta de que lo eran) dijeron: “Nunca más”. Pero, por lo visto, la eternidad no puede durar mucho en labios humanos.

Ni siquiera Auschwitz hizo que los hombres se curaran de la enfermedad del “nosostrismo” (el ismo del “nosotros”), que es la enfermedad del límite. Ni siquiera Auschwitz hizo que comprendieran realmente dónde estaba el error, qué era lo que lo había desencadenado todo. Dijeron: “Nunca más”, pero dejaron el monolito intacto. Dejaron intacta la maquinaria de la territorialización (la alienación por excelencia). Dejaron intacto el secuestro de lo humano bajo la forma del atareamiento político. Volvieron a confundir la libertad de moverse dentro de un cilindro con la libertad a secas.

Cuando oigo a un artista defender el huerto cerrado de la patria o la familia, del gremio o del lenguaje, no puedo evitar pensar que se equivoca a la vez como artista y como ser humano. No porque estas cosas no sean defendibles u honrosas, sino porque al recluirnos en ellas dejamos de percibir toda la belleza y vastedad de lo humano. De pronto ya no podemos hacer uso de la plenitud que somos, pues hemos creado un doble o sombra que es la figura enemiga de lo Extraño (el Xenos). Al hacerlo, nos volvemos extraños para nosotros mismos y sentimos la necesidad imperiosa (y fatal) de definir lo humano. Lo humano deja de ser la ausencia de límites y se convierte en un siniestro orto que mide y separa. (Y que, previsiblemente, condena y aniquila.)

He ahí el peligro. Peligro tan grave, que apenas se puede exagerar su importancia. Porque es justamente ante la promesa de la libertad que nos hemos equivocado siempre. Ha sido justamente en el momento de definir lo que somos cuando hemos proclamado los límites más abyectos. Nuestra postulación de la libertad —entendida como la postulación de lo humano— ha sido siempre la postulación del límite como negación de lo humano. Hemos dicho: “Todos los hombres son iguales”, pero hemos considerado que muchos merecían ser esclavos. Hemos oído: “La verdad os hará libres”, pero hemos pisoteado esa enseñanza colocando una variante siniestra a la entrada de un campo de exterminio.

Es cierto que el arte no puede hacer nada. Pero también es cierto que no puede desaparecer, del mismo modo que no puede desaparecer lo humano. Los fascistas pueden convertir a un hombre en una piltrafa, pero no pueden hacer que deje de ser humano. Es más: tampoco pueden dejar de serlo ellos mismos. Y esta paradoja no es dolorosa, sino luminosa, porque dice mejor que todo la soberanía a la vez de lo humano y del arte.

Confundir lo inalienable con alguna de las numerosas servidumbres que los hombres han inventado para sí mismos (llámese aristocracia, refinamiento, civilización; llámese raza, nación, partido, clase), es lo que nos ha llevado a un callejón sin salida brillantemente iluminado. Cuantos más caminos se nos ofrecen, menos libres nos sentimos. Porque ninguno de esos emblemas son caminos. Y toda esa percepción confusa está resumida en la banalidad infinita de lo político, que en el fondo enmascara un profundo desprecio por el hombre. El artista que adscribe a un credo está preparando su aniquilación futura. Al creer efectuar un gesto soberano (al creer hacerse soberano en el mito de la soberanía), lo que hace es convalidar un límite. Fundar, con la piedra de la exclusión, la deriva del desastre.

En ese momento (que es este momento) la decadencia del arte coincide con la decadencia de lo humano, la mercantilización del arte se convierte en la mercantilización de lo humano, la renuncia a la autonomía del arte se convierte en la renuncia a la autonomía de lo humano.

Podemos amar un terruño, un paisaje o una lengua, pero no podemos salvarlos cercándolos con leyes o armas. Joyce no hubiera podido salvar a Dublín de un terremoto. Ni su obra hubiera servido, como se ha dicho, para reconstruirla. Las cúpulas de porcelana de Dresde ya no existen. Pero sí existe el Ulises, y su existencia se debe a la espléndida libertad que Joyce supo darse a sí mismo como artista.

Y esto para mí significa una sola cosa. Que la soberanía del artista no es cuestionable, porque ella es lo que da legitimidad a su obra. Que la soberanía del ser humano (que no depende de nadie ni de nada) no es cuestionable, porque ella es lo que da legitimidad a sus actos. Y que estas, finalmente, no son dos libertades separadas, sino una y la misma.

Texto leído en el evento Diálegs sense fronteres, que tuvo lugar en Barcelona en el año 2005.