PECULIARIDADES DE UN NACIONALISMO

La carta firmada contra el nacionalismo catalán (que por cierto, no es una carta personal mía, es la elaboración de un grupo de escritores, pintores e intelectuales latinoamericanos en Barcelona, entonces sería prudente por Sibila adjuntar dichos nombres: Rogelio Saunders, Anibal Cristobo, Pedro Marques de Armas, Ana Nuño, José Mata, Leonardo Valencia, Ernesto Hernández Busto) surgió en un momento particular, en este caso la expulsión de una compatriota –Cristina Peri Rossi- del programa radial donde trabajó innumerables años.

También partió, la carta, de un profundo “malestar” –muy cercano al malestar de la cultura de Freud- tanto en las propias filas de catalanes que se creen y se piensan catalanes, sea por etnia, sea por lengua, sea por filiación familiar, como en las propias filas de los ciudadanos que viven en Cataluña, hacen su vida en Cataluña, contribuyen con sus impuestos y con el cumplimiento de la ley, pero resulta ser que estos, los siempre extranjeros, los foráneos, sean llegados de España, sean llegados de América Latina o de África, no se sienten catalanes según la “tabla de valores” que la parte nacionalista quiere ofrecernos.

Lo cierto es que tales “catalanes no nacionalistas” pueden sentirse solidarios con los catalanes “nacionalistas” en ciertos aspectos reivindicativos (determinada autonomía gubernativa, vindicación de la lengua, equiparación económica, etc), pero lo cierto es que sus pulsiones políticas e ideológicas no tienen absolutamente nada que ver con la reivindicaciones radicales del sector nacionalista radical.

No creo, por otra parte, que la llamada cultura catalana, el llamado mundo catalán tenga mucho que ofrecer al resto de los no independendistas (que son clara mayoría).

Los catalanes radicales creen que la lengua, el catalán, es el único factor de cohesión. Y aquí se equivocan tajantemente. El uso que darán a dicha lengua los extranjeros (los “extraños”), será un uso meramente formal: esa lengua nunca expresará el mundo cultural y afectivo y religioso que postula esa lengua como la cáscara más visible de un proceso vital que sí, ciertamente, han vivido la mayoría de los catalanes-parlantes. La lengua no está primero. La lengua es resultado –o el proceso- de diversos ámbitos de la vida.

Hay un factor aún más peligroso para la actual sociedad catalana. Y es el de creerse todas esas nuevas artimañas mitológicas de refundación según una cultura antigua que en verdad, si posee algún valor, lo posee de manera parcial, como imaginario parcial, no como una cultura rica, poderosa, capaz de integrar, fascinar y conducir un país, sino sólo de fascinarse a sí misma en el espejo narcisista de un pasado a medias inventado y a medias deseado.

Hay países por muy pequeños e inestables que sean –pongo el ejemplo más cercano de Cuba- donde el nacionalismo no es una puja: es una realidad, incluso una realidad bastante agotadora a veces. Pero lo cierto es que Cuba no necesitó EXAMINAR al otro con ojo de foráneo. Sencillamente el cubano le dijo: Entras o no entras al baile. Y sí que entraron. Y hasta bailaron y se casaron, los “extraños”, con blancas y negras y mulatas.. Pero no a base de políticas lingüísticas, del control sobre la cultura, del dictaminar “estos sí son cubanos, aquellos no”. Sencillamente se amalgamaron –palabra mucho más exacta que “integraron” en un país al cual contribuyeron con su trabajo, su cultura del negocio y su cultura del espíritu-, y la llamada “integración” fue una “fiesta antropológica” –no exenta de momentos dramáticos y tragicómicos- donde gallegos, negros, blancos criollos, catalanes, vascos, chinos, árabes y castellanos se sumaron –o fueron tragados- al país. Y terminada la guerra con España –una de las guerras más crueles del XIX, en la cual, solamente en los “campos de concentración” abiertos por el general mallorquín Weiler murieron medio millón de cubanos- los españoles que quedaron en la Isla no fueron ni maltratados ni culpabilizados, sino, al contrario, recibidos como “cubanos”, y a los españoles en general se les guarda en mi país un gran cariño, pues el cubano supo dirimir qué era creado por una violencia política manipuladora, separando al pueblo español de esta violencia. Y si los cubanos no fuéramos “olvidadizos”, aún tendríamos que preguntarnos por el papel destacado de los catalanes en la trata de esclavos y en la construcción de su riqueza con nuestras propias riquezas.

Mi duda respecto al nacionalismo catalán es la duda que surge ante cualquier cosa o proceso que necesita la “obligación” para tener lugar, y cuyo peligro es terminar inevitablemente en el despotismo con el paso de los años.

Creo, por otra parte, que hay nacionalismos “fuertes” y nacionalismos “débiles”. Los segundos ofrecen pocas claves modernas en sus escasos aspectos de renovación: les es imposible crear una dinámica activa, moderna, que refleje a las nuevas generaciones y cuya “nacionalidad” se someta al proceso del cambio. Su literatura, por ejemplo, necesita de estridentes fórmulas de marketing político y de exclusión de la “otra parte catalana”, esto es, la escrita en castellano  (la Feria de Frankfurt dedicada a la cultura catalana ha sido uno de los momentos más ridículos en la historia literaria de años recientes: la delegación de 101 escritores parecía una delegación al estilo coreano) para legitimarse en el mundo social y de la cultura.

No creo que el nacionalismo catalán –entendido como restricción de algunas de sus particularidades erigidas en vectores dominantes para el resto-, actualmente, tenga tanto que brindar en términos de desarrollo cultural ni en términos de costumbres, ni en términos de carácter o psicología articulados a una socialización, como para constituirse en piedra medular única de la Cataluña Real de hoy. Las culturas que llegan a Cataluña (y las que ya la habitan desde el resto de España) y que seguirán llegando inevitablemente, a pesar de la tragedia política de esos países, tienen ideas claras acerca de su subjetividad cultural, y no creo que los anime –a no ser por consideraciones de gentileza, esto es, tácticas- adherirse a una cultura y una psicología que intenta hablarles desde un pasado étnico-histórico confuso y desde dos o tres claves que adoptadas incluso por un programa de buenas intenciones, no bastarían para “convertirlos” en catalanes según el deseo nacionalista. (Por supuesto, también corresponde al otro 50 % -aquel que no se siente catalán según las normas y espejismos nacionalistas- el respeto a un idioma y costumbres que han sido humillado durante la época de Franco, y que constituye, dicho idioma –y no sólo el idioma, sino lo que éste expresa en vida, emociones y afectos-la Otra Gran Parte sobre la que debe crecer Cataluña hoy.)

El nuevo “catalanismo” que ofrecen los partidos nacionalistas es puro galimatías. Trata de extender el espacio de inclusión, pero conserva en ese espacio toda la gravitación a que nos es ajena un 50 % o más de ciudadanos catalanes.

Actualmente, la INVOLUCIÓN (que puede trocarse en desastre económico) de Cataluña está ocurriendo entre el resentimiento, las reservas entre hombre y entre lenguas. Y no creo que su nacionalismo –débil, porque carece de profundidad, y porque es poco práctico, hoy-.pueda construir un buen país sin respetar al resto de las “catalanidades” o mejor, “extrañidades”. Veremos por un buen tiempo los mismos rostros (se ven en la calle): crispados, duros, administrando la culpa, y dejando intacta una estructura política que el peor Marx catalogaría como involutiva para un país: castas aferradas a un pasado, o más exacto, a un poder que no quieren compartir con el Otro. Sencillamente, el desastre, que, como nos dijo Blanchot, suele dejarlo todo intacto. ¿Para quién? Para los que vengan después.