Chile, país de críticos

“El único tema de los chilenos es Chile”
Raúl Ruiz

“La literatura chilena, tan prestigiosa en Chile”
Roberto Bolaño

Este es un ensayo sobre la crítica académica de poesía en Chile. Es un tema que parece aburrido, pero que no tendría por qué ser aburrido.

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Comencemos por el lugar común: “Chile, país de poetas”. Hace varios años, me pregunté si habría otros países que reclamaban su condición de país de poetas. Luego de una rápida búsqueda, pude confirmar que el nacionalismo poético es un mal global:

Chile, país de poetas

“México, se dice, ha sido tierra de poetas. Y sí: ya desde el siglo XVII, Hernán González de Eslava decía que ‘hay más poetas que estiércol’.” (Julio Hubard)

“España es tierra de poetas y siempre los hay a cientos, algunos muy buenos.” (Rafael Gómez Pérez)

“En un país de poetas como es Colombia, cada vez es más difícil encontrar una voz que se destaque entre toda esa maraña retórica y grandilocuente que heredamos de los españoles.” (Fabio Martínez)

“Lituania podría ser llamada ‘tierra de poetas’: la creación poética casi siempre ha sido más intensa y más original allí que la expresión en prosa.” (Biruté Ciplijauskaité)

“Dicen que Nicaragua es un país de poetas, porque la poesía es el único refugio frente a una historia de maldiciones y catástrofes, frente a unas condiciones de vida difíciles.” (Javier Escudero)

“Portugal é um país de poetas, tal como nos ensina a história da Literatura.” (Paulo Bravio)

“Dizer que o Brasil é um país de poetas é mais que uma tautologia.” (Aníbal Beça)

“Es fácil atreverse y repetir la conseja popular, talante de un espíritu cercado por la primaria hipótesis del yo insustituible, ‘Guayana, tierra de poetas’.” (Abraham Salloum Bitar)

“Why go to Ireland when you can get just as wet in Wales, as drunk in Doncaster and as happy in Honolulu? Let me explain. It is first of all a country of poets.” (Alastair Sawday)

“Somalia, a country of poets and drought.” (Kenny Moore)

“Macedonia is now the country of poets. As it has always been.” (Mark O’Conor)

“L’Iran est un pays de poètes depuis toujours.” (Michele Levieux)

“Afghanistan is a country of poets.” (Peter Conners)

“China is a country of poets.” (Het Andere Oosten)

“Greece is a country of poets.” (Joseph P. Consoli)
(Cussen, Opinología 3)

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“Chile, país de poetas”, es el título del prólogo escrito por Pedro Pablo Rosso para el libro que reúne las ponencias y conversaciones del Congreso Internacional de Poesía “Chile mira a sus poetas”. En este texto, el traductor de Montale y ex-rector de la Universidad Católica, insiste en el cliché: “¿A qué se debe esta propensión poética de los chilenos? ¿a nuestra ubicación remota? ¿a la belleza de nuestros paisajes? ¿a la influencia de las fuerzas telúricas? ¿al hecho de que Chile sea largo y angosto como un poema en pentasílabos?” (17). En una columna en El Mercurio, Cristián Warnken se expresó en términos similares: “Si un extranjero me preguntara qué es lo que esencialmente define a Chile, le diría sin dudar un segundo que nuestra poesía. Claro que después le daría a probar nuestros vinos, pero primero lo embriagaría con las mejores cepas de nuestras cavas de la palabra”. A juicio de ambos la poesía chilena es básicamente un producto de nuestra geografía, de nuestra tierra. La poesía, entonces, sería un bien susceptible de ser exportado o transformarse en una fuente de turismo cultural; basta con ver las filas a la entrada de las casas de Neruda. Perfectamente podríamos colocar, en todos los libros de poesía, la etiqueta que popularizara en los ochenta el productor de cacerolas Ángel Fantuzzi: “Si es chileno es bueno”.

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Marcelo Bielsa aceptó dirigir nuestra selección de fútbol, entre otros motivos, porque consideraba que Chile era un país moderado. Lamentablemente, no había estudiado los videos con las jugadas de los poetas chilenos. Si lo hubiera hecho, le hubieran sorprendido sus actitudes histéricas y sus declaraciones destempladas. La poesía chilena es, como cualquier campo cultural, un espacio de luchas, favores y negociaciones entre poetas, familiares de poetas, amigos de poetas, editores, libreros, periodistas, académicos, y dueños de bares. Es un campo muy pequeño, casi sin estímulos económicos, sino sólo simbólicos. Hay mucha presión, además, porque todos los participantes creen que la poesía chilena es lo más importante en el mundo. La poesía chilena, por momentos, parece una cacerola a punto de explotar, pero lo más seguro es que no pase nada.

Como señala Adriana Valdés, la historia de la poesía chilena se ha escrito no tanto a partir de la evolución de los poemas sino de la persistencia de ciertas polémicas o guerrillas literarias. Igualmente, Andrés Anwandter plantea que la discusión pública sobre poesía, además de desinformada, “está más interesada en los poetas que en los poemas”. Dentro de este verdadero reality show, la mayoría de las veces ridículo y estrambótico, han emergido numerosas figuras dispuestas a disfrazarse de padres de la patria, revolucionarios, profetas, chamanes, malditos, femmes fatales, pokemones, pingüinos, o simplemente a mostrarse como personas que sufren mucho, pero mucho, más que ninguno de nosotros. Más allá de la calidad que algunas de sus obras efectivamente tienen, estos autores se han apurado a enmarcarlas dentro de un aura que obligue al lector a tomar una actitud previa de admiración o conmiseración. “Si es sufrido, es bueno.”

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Cabría preguntarse, entonces, por el rol que podría jugar la crítica académica en este panorama tan cargado de ansiedades y apuros. Pero primero sería interesante referir cómo ésta es percibida por los poetas. Un aspecto a considerar es la utilización del adjetivo “académico” de forma peyorativa, principalmente por parte de los miembros de la “Novísima” en contra de sus precedentes de la llamada generación del ’90. Así explicitaba esta oposición Héctor Hernández Montecinos en una entrevista:

La Novísima éramos unos amigos que nos juntábamos a leer, salir, bailar y tomar. Nuestra generación fue la primera en acercarse a la sensibilidad pokemona, colegial, y poniendo el énfasis en las minorías. . . . Los poetas de los noventa escribieron con miedo a la literatura. Quisieron hacer una obra académica, con una retórica bibliográfica y preciosista, perdiendo el rumbo, que es dar cuenta de una vida personal y otra colectiva.

Dos poetas de su misma edad, Víctor López y Christian Aedo, le responden sacándole en cara que él luce en la solapa de sus libros sus títulos académicos y su candidatura a Doctor en Filosofía, y que sus poemas están llenos de citas a Foucault, Deleuze, Guattari o Kristeva.

Lo curioso es que en las entrevistas o ensayos de muchos otros poetas chilenos contemporáneos (varios de ellos alumnos o profesores universitarios) también se repiten este tipo de referencias teóricas o filosóficas. Así se observa, por ejemplo, en el libro recopilatorio del encuentro “Poesía a cielo abierto” realizado en Valparaíso el 2010. El formato es bastante atractivo, porque consiste en las presentaciones que un poeta hace de la obra de otro. Al revisar las bibliografías, sin embargo, llama la atención que el autor más citado sea, por lejos, Walter Benjamin, seguido de Foucault y Baudrillard y luego otros como Heidegger, Adorno, Marcuse, Bourdieu, Jameson etc. Evidentemente, sólo puedo alegrarme de que los poetas chilenos lean a Benjamin (a quien podríamos calificar perfectamente como el comodín de las humanidades chilenas), pero resulta extraño al contrastarlo con las escasas menciones a las reflexiones más específicamente poéticas de autores como Octavio Paz (apenas citado una vez).

En este contexto, entonces, la noción de “académico” puede leerse tanto como la acusación de conservadurismo y falta de riesgo, o bien como una tendencia aspiracional, que busca proveer de un aire de intelectualidad a los poetas. De todos modos, también hay constantes reclamos por la ausencia de los académicos en estos debates que pueblan varias páginas web y blogs. Así lo explicita Rodrigo Arroyo, en “Generación de mierda”, un texto en el que también abundan las menciones a Agamben, Barthes o Rancière y cuyo lenguaje se acerca a los de algunos de nuestros más alambicados colegas. Cuando reclama por la falta de capacidad de los poetas para descubrir una “palabra poética” (cargada de tintes heideggerianos, y resonancias filosóficas, políticas y morales), indica que se extraña la participación de los críticos y antologadores: “¿Qué podrá decir Francisca Lange, o Patricia Espinosa?, ¿o Javier Bello, Felipe Cussen, Rodrigo Rojas? ¿acaso la distancia académica impide una visión crítica de lo que aparece circulando?”. La distancia académica no me impide advertir que Rodrigo Arroyo es un poeta muy serio.

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El primer semestre del año pasado realizamos el curso “Poéticas y prácticas contemporáneas” en el Doctorado en Estudios Americanos del Instituto de Estudios Avanzados de la USACH junto a los alumnos Sofía Améstica, Megumi Andrade, Karen Bascuñán, Jimena Castro, Julián Gutiérrez, Alejandra León, Javiera Lorenzini, Rodolfo Meriño, Dennis Páez, Jorge Sánchez, Simón Villalobos y Emma Villazón. El objetivo principal era conocer una serie de movimientos y reflexiones contemporáneas de cualquier país distinto al nuestro: el OuLiPo francés, la poesía visiva italiana, la poesía conceptual estadounidense, la poesía del conocimiento en España, la etnopoesía etc. Mi motivación nacía de un diagnóstico previo bastante negativo respecto al funcionamiento de la crítica académica en Chile. A mi parecer, se podía advertir: 1) una gran ignorancia respecto a la poesía actual de otras latitudes; 2) la utilización de esquemas generacionales muy rígidos; 3) la aplicación de marcos teóricos muy generales y poco eficientes para una lectura atenta de los aspectos formales de los poemas; 4) la elección de objetos de estudios a partir de la mirada paternalista de lo políticamente correcto. Como consecuencia, el aporte crítico frente al ambiente poético recién descrito resultaba insuficiente, pues, en vez de problematizar o desactivar las fórmulas repetidas y las imposturas, sólo parecía confirmarlas.

Estos eran mis prejuicios iniciales, pero precisamente quería que los discutiéramos para obtener conclusiones más fidedignas. Quise aprovechar el impulso provocado por las investigaciones recientes de José Santos Herceg, quien ha publicado artículos donde analiza las modalidades de investigación filosófica en Chile, ya sea mediante el estilo de escritura que se fomenta en las revistas científicas o el tipo de proyectos aprobados por Fondecyt.3 Así, para las primeras clases del curso, propuse a los alumnos que cada uno de ellos revisara los últimos diez números de revistas chilenas de literatura o humanidades indexadas en SciELO o ISI4 para identificar los textos sobre poesía, detectar si se enfocaban en producciones chilenas, latinoamericanas o de otros continentes, y determinar el tipo de perspectivas que desplegaban. Llamó la atención que un porcentaje importante (20-25%) de los artículos y reseñas estuvieran dedicados a la poesía, pero al mismo tiempo fue muy evidente que la gran mayoría de estos trabajos estudiaban principalmente el corpus de la poesía chilena del siglo XX y comienzos del XXI. Simón Villalobos destacó, como una notable excepción, el número 500 de Atenea, que recopilaba ensayos ya publicados tanto de Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Nicanor Parra y Gonzalo Rojas, como de T. S. Eliot, Paul Valéry, Dámaso Alonso y Alfonso Reyes. Recientemente, realicé el ejercicio de buscar las materias relacionadas con “poesía” en la base de datos de SciELO Chile.5 El énfasis se repetía: frente a 33 menciones sobre “poesía chilena” (sumadas a otras más específicas como “poesía chilena actual”, “poesía chilena femenina”, “poesía popular chilena” o “poesía valdiviana”) y más de una decena sobre “poesía mapuche”, “poesía huilliche”, “poesía indígena”, “poesía de mujeres mapuche” y “poesía mestiza”, apenas existían 2 sobre poesía argentina y ecuatoriana, y 1 sobre poesía brasileña, colombiana, y peruana (varios de ellos escritos por académicos de sus respectivos países). Aparte de 5 menciones a la poesía española, había 1 a la poesía canadiense, otra a la poesía victoriana, otra a los poemas bizantinos y otra a la poesía de Rilke.6 Como complemento, revisé el Repositorio Institucional de Fondecyt, donde aparece el listado de proyectos aprobados7 hasta el año 2011 y coloqué en el buscador la palabra “poesía”. 26 de estos proyectos estaban enfocados en la poesía chilena en general, 3 sobre poesía popular chilena y 4 sobre poesía mapuche, mientras que 8 consideraban la poesía latinoamericana, aunque algunos de ellos la incluían junto a la chilena. Apenas encontré 1 ejemplo sobre poesía universal, un proyecto sobre la obra lírica de Hildegard von Bingen, la gran mística alemana del siglo XII.

Una de las conclusiones de José Santos respecto al patrón de investigación filosófica promovido por Fondecyt es que se trata de investigaciones de carácter marcadamente eurocéntrico, particularmente enfocadas en autores alemanes y griegos (“Treinta años de filosofía-FONDECYT” 115). Este desbalance es uno de los motivos de su reivindicación del pensamiento latinoamericano y de otros continentes. El panorama en los estudios sobre poesía, como podemos ver, es prácticamente opuesto: tal como expresó la estudiante boliviana Emma Villazón, pareciera ser que la crítica chilena funciona únicamente como una máquina reproductora de su identidad.

Las causas de esta excesiva autorreferencia provienen de distintos factores: basta ver, por ejemplo, las listas de lectura de los cursos de poesía chilena e hispanoamericana en los programas de pregrado, donde los poetas nacionales muchas veces ocupan más de la mitad de las clases, mientras tradiciones tan ricas como la peruana, argentina, cubana, nicaragüense o mexicana quedan muy apretujadas (y para qué decir la brasileña, que casi nunca se incluye). Además, se privilegia un ordenamiento cronológico, y cada autor es encasillado en la generación que le corresponde, minimizando los vínculos que podría tener con autores de distintas edades. Por otra parte, en los cursos de literatura española o universal, el espacio dedicado a la poesía contemporánea suele ser muy pequeño. A ello se suma también la casi nula disponibilidad de libros de poesía traducidos en librerías y bibliotecas, mucho menor a la presencia de novelas extranjeras, por ejemplo (y aún más lejos del aluvión de música y películas internacionales a las que hoy se puede acceder desde internet o gracias a la piratería). El problema es que, en la medida en que se continúe sobreenfatizando la importancia de la poesía chilena, sólo se acentuará su provincianismo y endogamia. Por eso me parece fundamental desarrollar líneas de investigación más abiertas, que permitan comparar las prácticas de distintos contextos culturales, y que permitan temperar un poco los efusivos intentos de aquellos vates que quieren erigirse como grandes vanguardistas en base a su ignorancia de lo que se ha practicado más allá de la cordillera. Al mismo tiempo, considero que sería un gesto de liberación intelectual que los investigadores chilenos de poesía nos atrevamos más a interpretar y analizar las poéticas extranjeras, intentando involucrarnos activamente en sus discusiones e incorporarlas a las nuestras. Los poetas concretos brasileños (inspirados por la antropofagía de Oswald de Andrade) han sido un gran ejemplo, pues mediante la crítica y la traducción de autores de culturas muy diversas consiguieron ampliar notablemente el canon de lecturas en su país. Ojalá tuviéramos una pizca de su patudez.

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Dentro del análisis que realizamos en nuestro curso, también nos llamó la atención la fuerte presencia de enfoques provenientes de la teoría crítica, la teoría literaria, la filosofía, la historia, la sociología, la psicología, los estudios de género y los estudios culturales. Por el contrario, eran muy escasos los estudios que pretendían vincular la producción poética a otras disciplinas artísticas (artes visuales o música) y aún menos los artículos que enfatizaban las cualidades retóricas o materiales de los textos. Así se observa al revisar las palabras claves de SciELO, donde abundan los artículos sobre la poesía femenina o sobre la relación de la poesía con la transición política chilena pero apenas se encuentran menciones a la poesía visual u otras formas de experimentación, por ejemplo. Paralelamente, en el Repositorio de Fondecyt es posible determinar que, junto con los proyectos de carácter histórico sobre la modernidad, las vanguardias, las generaciones y las revistas, predominan los estudios culturales o identitarios; los análisis sobre la subjetividad y la perspectiva de género; la relación con el contexto político o con los espacios urbanos. Es innegable, por supuesto, el aporte de estas investigaciones, que han fomentado una mirada interdisciplinaria y más compleja de la poesía en sus dimensiones sociales y humanas. Creo, sin embargo, que esta tendencia ha florecido no sólo gracias a esas legítimas intenciones sino también a las facilidades que ofrece a sus practicantes menos ingeniosos, que se limitan a armar una plantilla teórica para que allí calce cualquier poema, quizás el primero que encuentren, sin importar sus especificidades formales. Dentro de nuestras conversaciones en clases, Sofía Améstica lo identificó con precisión mediante la siguiente fórmula, al notar que la mayoría de los títulos de los artículos consistían en la aplicación de “LO [político, mapuche, femenino, etc.] EN [tal autor u obra]”.8

Parte de la culpa se debe a que la enseñanza de análisis poéticos es muy débil en nuestra formación académica, pues la mayoría de las veces se reduce al conteo de sílabas o a la detección de matrices de significado (según el pobre esquema de Riffaterre). Uno de los críticos internacionales que se ha preocupado de este problema es el teórico marxista Terry Eagleton, quien se queja de la incapacidad de sus alumnos para analizar poemas, y plantea que no corresponde hablar de las ideas que subyacen al lenguaje de un poema: “el lenguaje [no] es como un envoltorio de celofán en el que las ideas vienen empaquetadas. Todo lo contrario: el lenguaje de un poema es constitutivo de sus ideas” (10). El crítico y poeta Charles Bernstein también señala que, aunque es posible considerar a la literatura como una fuente de información sobre determinados temas, es preciso centrarse en la experiencia estética que propone el poema y que pone en cuestión una crítica basada únicamente en los contenidos fácilmente extraíbles del texto (77-78).9

Si retomamos nuestra preocupación por los efectos de la crítica académica en el campo poético, podremos comprobar que estos usos, más que promover una complejización de los modos de escritura y sus desafíos estéticos, fomentan la aparición de sujetos que sean capaces de lucir un repertorio de características o experiencias personales que correspondan a las expectativas de los investigadores. El poeta y profesor Rafael Rubio lo explica muy adecuadamente:

Cuando los académicos . . . escriben sobre una obra poética, pareciera que lo hacen para demostrar la viabilidad y productividad de un marco teórico, más que para demostrar la productividad de la obra. Consecuentemente, toman como objeto de estudio obras que se ofrecen dócilmente a la teoría que pretenden validar. Sólo así se entiende que la crítica académica – seducida por los Estudios Culturales y de género – haya mostrado tanto interés en los escarceos menores de Héctor Hernández, Diego Ramírez, Felipe Ruiz, entre otros.10

Rubio aboga por una vuelta al estudio de la materialidad sonora de las palabras, a la que me gustaría añadir la necesidad de considerar también su materialidad visual y sus potencialidades performativas, así como la fusión con otros soportes. Ese énfasis distinto nos permitiría reconsiderar a una serie de autores que hoy caen fuera de los radares de la crítica académica. Conozco un caso dramático de la vida real, cuya identidad mantendré oculta para preservar su seguridad. Se trata de un individuo caucásico, heterosexual, casado y con hijos, que vive en el barrio alto, trabaja como abogado y que, más encima, en vez de escribir poemas convencionales, emite ruidos ininteligibles. Tal como están las cosas, es prácticamente imposible que un profesor universitario se interese por su obra. Probablemente sea el poeta más marginal de Chile.

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Para finalizar, citaré dos ejemplos literarios que caricaturizan muy bien los problemas de estas prácticas de escritura y lectura, y que quisiera que no olvidemos la próxima vez que emprendamos nuestras tareas críticas. El primero es el reciente “Cuento de cómo se escribe un poema en Chile”, en el que Marcelo Mellado presenta el proceso de un poeta que pretende “ingresar a las áreas de lo políticamente correcto, que es lo culturalmente aceptable” (86) y ponerse a tono con las convulsiones sociales actuales:

Quizás intitule el poema “Himno patagónico”, porque piensa y asume que esa es la actitud lírica que corresponde al momento cultural que se vive. Los otros versos buscan la humedad y los colores locales, con metáforas que aludan a la rudeza de la vida en esos parajes, sobre todo a los problemas de las vías de comunicación. En una de esas mencionar al cóndor y al huemul, a los volcanes, por cierto, que debe haberlos. Recuerda que tiene que consultar una guía caminera Turistel para ver unas referencias topográficas y toponímicas. (86)

El segundo es el poema “La antología”, de la argentina Susana Thénon, escrito desde la voz de una profesora norteamericana que viaja para hacer una antología de “escritoras en vías de desarrollo” en base a estos criterios:

tú sabes que en realidad
lo que a mí me interesa
es no solo que escriban
sino que sean feministas
y si es posible alcohólicas
y si es posible anoréxicas
y si es posible violadas
y si es posible lesbianas
y si es posible muy muy desdichadas
(182-83)


Bibliografía

  • ANWANDTER, Andrés. “La poesía es un tipo de comunicación defectuosa”. Entr. David Bustos. [Lanzallamas]. Escritores y poetas en español, 12 de febrero de 2007.
  • ARROYO, Rodrigo. “Generación de mierda”. Escritores y poetas en español, 27 de marzo de 2011.
  • BERNSTEIN, Charles. “The Practice of Poetics”. Attack of the Difficult Poems. Chicago: The University of Chicago Press, 2011, pp. 73-80.
  • ______. “Optimism and Critical Excess (Process)”. A Poetics. Cambridge: Harvard University Press, 1992, pp. 150-78.
  • CUSSEN, Felipe. Opinología. Santiago: Cumshot, 2012.
  • EAGLETON, Terry. Cómo leer un poema. Trad. Mario Jurado. Madrid: Ediciones Akal, 2010.
  • HERNÁNDEZ Montecinos, Héctor. “Poeta Hector Hernández lanza ‘[guión]’, primer compilatorio de su obra”. Entr. Juan Podestá. [LaNación, 28 de julio de 2008]. Escritores y poetas en español, 31 de agosto de 2008.
  • LÓPEZ, Víctor y Christian Aedo. “Respuesta a Felipe Ruiz y Héctor Hernández”. Escritores y poetas en español, 5 de agosto de 2008.
  • MELLADO, Marcelo. “Cuento de cómo se escribe un poema en Chile”. República maderera. Santiago: La Calabaza del Diablo, 2012, pp. 85-88.
  • Repositorio Institucional Conicyt.
  • ROSSO, Pedro Pablo. “Chile, país de poetas”. Chile mira a sus poetas. Eds. Paula Miranda Herrera y Carmen Luz Fuentes. Santiago: Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Letras / Editorial Pfeiffer, 2011, pp. 17-8.
  • RUBIO, Rafael. “Notas dispersas a partir del caso Ignacio Valente”. Escritores y poetas en español, 10 de diciembre de 2012.
  • SciELO Chile.
  • SANTOS HERCEG, José. “Treinta años de filosofía-FONDECYT. Construcción de una elite e instalación de un patrón investigativo”. La Cañada, nº 3, 2012, pp. 76-116.
  • ______. “Tiranía del paper. Imposición institucional de un tipo discursivo”. Revista Chilena de Literatura, noviembre 2012, nº 82, pp. 197-217.
  • THÉNON, Susana. “La antología”. La morada imposible. Tomo I. Eds. Ana M. Barrenechea y María Negroni. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2001, pp. 182-83.
  • VALDÉS, Adriana. “Poesía chilena: Miradas desde fuera”. [Mapocho, nº 70, segundo semestre 2011]. Escritores y poetas en español, 22 de agosto de 2012.
  • VALENTE, Ignacio. “Eclipe de la poesía”. Revista de Libros, ElMercurio, 25 de noviembre de 2012: E19.
  • WARNKEN, Cristián. “Me pongo de Pie”. El Mercurio, 28 de abril de 2011.

Notas

  1. Una versión preliminar de este ensayo fue leída en el Congreso “Ciencias, Tecnologías y Culturas”, en la Universidad de Santiago de Chile, el 9 de enero de 2013. Forma parte del Proyecto Inserción de Capital Humano Avanzado en la Academia: “Fortalecimiento de las Humanidades en el Instituto de Estudios Avanzados y el Doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Santiago de Chile (CSA-USACH) (79100004)”. Retomo algunas ideas que aparecen en los textos recopilados en mi libro Opinología, y que también discutí en el curso “Poéticas y prácticas contemporáneas”, dictado en el Doctorado en Estudios Americanos del Instituto de Estudios Avanzados de la USACH. Agradezco especialmente a los alumnos de dicho curso, y también a José Santos Herceg, cuyas investigaciones previas en estas problemáticas han guiado parte de mis esfuerzos.
  2. Al igual que la mayoría de los funcionarios del actual gobierno, tengo una serie de conflictos de interés respecto al campo cultural aludido en estas páginas. Por este motivo, todo lo que aquí propongo debe ser leído con sospecha.
  3. Los estudios de Santos Herceg, además de completos y rigurosos en sus análisis, abarcan diversas áreas ligadas a la producción de conocimiento académico. En este ensayo mostraré un rango mucho menor de datos provenientes sólo de revistas indexadas y proyectos Fondecyt. Si se quisiera ampliar y profundizar esta primera incursión, deberían considerarse las publicaciones de académicos en revistas no indexadas, en revistas culturales o en prensa, los proyectos de investigación internos en las universidades o proyectos colaborativos con universidades extranjeras, la organización de congresos académicos sobre poesía, los programas de los cursos de poesía en las carreras de literatura o en otras carreras etc.
  4. Las revistas escogidas fueron: Revista Chilena de Literatura, Taller de Letras, Anales de la Literatura Chilena, Atenea, ActaLiteraria, Estudios Filológicos, Literatura y Lingüística, Alpha y Aiesthesis. En ellas publican tanto investigadores chilenos como de otros países.
  5. En este buscador no se encuentran las revistas TallerdeLetras ni Anales de Literatura Chilena, indexadas en ISI, pero también surgieron artículos sobre poesía en revistas no incluidas en la tarea a mis alumnos, como Universum o Teología y Vida.
  6. La revisión de las palabras clave en esta base de datos es ciertamente insuficiente, pues habría que indagar en otros términos relacionados, pero de todos modos resulta sintomática del panorama general. Además, habría que revisar en detalle aquellos artículos en los que la palabra clave era simplemente “poesía” (que sumaban 115, pero que en su mayoría englobaban a muchos de los ya citados).
  7. Además de reiterar lo señalado en la nota anterior, sería interesante contrastar esta información con la de los proyectos no aceptados, pues permitiría determinar si no se han aprobado otro tipo de proyectos porque existía una política que privilegiaba los estudios sobre poesía chilena, o bien porque simplemente no ha habido más investigadores que los propongan.
  8. Este rígido esquema, además, se ve favorecido por el modelo de escritura del paper académico, que promueve una estructura clara, directa, sin digresiones (Santos Herceg, “Tiranía del paper…”).
  9. En su sugerente ensayo, Bernstein profundiza su propuesta de “Poetics” no sólo como un modo específico de lectura sino como una forma de respuesta ante los textos. Algunos años antes, en “Optimism and Critical Excess (Process)” había enfatizado el carácter activo de esta postura: “Poetics don’t explain; they redress and address. . . . They are not directed to the unspecified world at large but rather intervene in specific contexts and are addressed to specific audiences or communities of readers. Poetics is the continuation of poetry by other means” (160).
  10. Esta intervención de Rubio forma parte de una polémica reciente provocada por una columna de Ignacio Valente en ElMercurio, “Eclipse de la poesía”, en la que achacaba parte de la decadencia de la poesía chilena actual a “esos comentaristas académicos que no ven más allá de sus propias categorías teóricas” y comentaba que había “poca conciencia formada en el conocimiento de la poesía de otras épocas y latitudes” (E19). Varios autores replicaron, y la mayoría de las respuestas fue reunida en la página web Escritores y poetas en español. El tono apocalíptico y tremendista de toda la polémica grafica muy bien el ánimo caldeado al que me he referido.

Sobre Felipe Cussen

Es Doctor en Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra e investigador del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile. Sus investigaciones se han centrado en el ámbito de la literatura comparada, especialmente en el hermetismo poético, la literatura experimental y la mística. Junto a Marcela Labraña editó la antología Mil versos chilenos. Ha publicado los libros de poesía Mi rostro es el viento, Esto es la globalización: y Deshuesos, y la novela Título, y también ha presentado poemas visuales, poemas sonoros, videos y performances. Ha trabajado con el músico Ricardo Luna en obras que combinan música, poesía y proyecciones visuales. Es miembro del Foro de Escritores.