Ciudad Control -desde Paul Virilio-

Fábula sin moraleja del trayectista y el antipoeta

1945: Vicente Huidobro, antipoeta y mago, entra a Berlín con las primeras tropas aliadas que alcanzan el búnker de Hitler. Recorre pasillos y cámaras mientras en su cabeza cada cabello piensa otra cosa. Al salir, lleva consigo el teléfono que usaba el dictador. “Después de mi muerte un día / El mundo será pequeño a las gentes…”, canta Altazor en un trayecto profético de su vuelo en el paracaídas tornasolado: ve islas en el cielo, un puente de metal en torno de la tierra como los anillos de Saturno, máquinas matando al último animal, ciudades grandes como un país en donde el hombre hormiga será una cifra. ¿Por qué escogió Huidobro el teléfono? Quizá, por nostalgia vanguardista. El teléfono había poblado los manifiestos, proclamas, poemas y cuadros de la vanguardia al despuntar el siglo XX. Era, junto con los automóviles, los aviones, la radio, el ascensor eléctrico y los rascacielos, un símbolo de la aceleración que atravesaba las metrópolis. Una aceleración quebrada ya por los artefactos puestos en marcha para hacer la Segunda Guerra Mundial. Nostalgia por una velocidad perdida y “angustia angustia de lo absoluto y de la perfección” que veía llegar.

Paul Virilio, trayectista y dramaturgo, acostumbraba caminar por la playa desierta de La Baule, bajo el frío luminoso, deteniéndose en los búnkers construidos por los alemanes, o alargando la vista para fijar la silueta de un submarino detenido mar adentro. ¿Cuál era el secreto de esas formas pulidas, redondeadas, transidas por una especie de invisibilidad plástica? Su relación con diversas velocidades que las excedían por los costados provocaba una irradiación sin fuente, indescifrable. Pertenecían a un tiempo diferente, a un mundo nuevo, al tiempo de la contracción de los espacios. No había tiempo para la nostalgia; era necesario registrar las dimensiones que estaban abriéndose paso: preguntar no sólo por la esencia de la técnica, sino por su lugar; desmontar el mixto de asociación motor-ojo-arma; seguir a los cuerpos y sus trayectos en la ciudad atravesada por la aceleración. Virilio no se llevó nada de los búnkers que recorrió con la angustiosa curiosidad del claustrofóbico. De un submarino varado en la playa, en cambio, tomó un periscopio. Desde entonces, lo utiliza para interrogar nuestro presente.

Trayectos, distancias, trayectivo

Así como Foucault no es el pensador del encierro, Virilio no es el teórico de la velocidad. Si lo fuese hubiera parado al dar con la velocidad absoluta: sus trabajos se habrían comprimido hasta alcanzar el punto-límite cero, el punto de no retorno. No puede emprenderse una economía política de la velocidad sin aclarar la naturaleza de la proximidad entre los cuerpos, los objetos y su medio. Para Virilio, los trayectos se inscriben entre los cuerpos y los objetos, y la ciudad es el medio de la trayectividad. La relación de la velocidad con los cuerpos y la ciudad como “caja de cambios”, como ámbito de entrecruzamientos de trayectorias. Hay diferentes tipos de proximidad: la metabólica del trayecto hecho a pie o a ritmo animal, la inmediata del encuentro en el ágora, en el tianguis, en el atrio, la mecánica del ferrocarril -que tanto odiaba Flaubert porque permitía a la gente hacerse la ilusión de que existía el progreso- y de los vehículos que conformaron la revolución de los transportes, la electromagnética de la planetarización de la técnica y de la colonización del tiempo real.

La ciudad multiplica las velocidades de los trayectos, pero la velocidad es un medio provocado por los trayectos de los cuerpos y los vehículos. Virilio es un fenomenólogo desencantado y le cuesta hacer malabares para elevar la velocidad al estatuto de fenómeno. Se atiene, con todos los riesgos teóricos que ello implica, a la definición trayectiva de la velocidad: no un fenómeno, sino la relación entre los fenómenos.

En relación con los tipos de proximidad trayectiva hay, según Virilio, tres revoluciones de la velocidad que dividen tres siglos desde el XIX hasta el XXI. La primera es la de los transportes: comenzó en el siglo XIX y se prolongó hasta el XX. La segunda revolución es la de las transmisiones y la tercera la de los trasplantes o, como también la llama Virilio, la fagocitosis de las prótesis. Cada una de estas revoluciones generó modificaciones en los circuitos de la circulación de personas, de productos y bienes. La de los transportes, por ejemplo, aceleró la urbanización general y la emigración masiva. El factor de mudanza entre una y otra revolución está contenido en la aceleración de la velocidad y en las diversas configuraciones de los ámbitos de entrecruzamiento de los trayectos: velocidad metabólica del caballo y trayectos establecidos desde la capacidad de aceleración y resistencia animal. Velocidad mecánica del ferrocarril y trayectos establecidos para la conquista territorial del espacio real de la geofísica. Hay muchos trazos episódicos que esquematizan la historia de las tecnologías o de las mentalidades. La originalidad de la partición que hace Virilio es la inscripción de lo trayectivo; un estrato de incorporación conceptual donde las continuidades históricas están siempre atravesadas por efectos de mutación. El trayecto es el gradiente de aceleración de la velocidad.

“La nobleza”, escribe Virilio en El cibermundo, la política de lo peor (1997), “era una clase de velocidad”. La velocidad muda con los cuerpos y los trayectos. Pero con la revolución de las transmisiones electromagnéticas se alcanzó la velocidad absoluta, se superaron las barreras del sonido y del calor y se alcanzó la de la luz, el límite de aceleración cosmológica. La aceleración alcanzó los 300,000 kilómetros por segundo, el umbral infranqueable según la ley de la relatividad, esa cifra que tensiona la escritura de Virilio con una franja de luz venida del más tajante afuera. La velocidad absoluta de la transmisión de los mensajes permitió conquistar la instantaneidad del tiempo real, la ausencia de extensión de la instantaneidad. La velocidad, entonces, siguió un curso exterior a los trayectos de los cuerpos. Se dislocó el eje que los mantenía unidos. El tiempo real de las transmisiones instantáneas devora el espacio real y la geosfera. Ahora, los cuerpos desaparecen en la unidireccionalidad de la velocidad, los trayectos se disipan, las ciudades colapsan, la extensión territorial se disuelve, las distancias mueren, el mundo se reduce -pero le brotan ramificaciones virtuales. La velocidad se convierte en el poder mismo.

De la velocidad absoluta a la inercia polar

Virilio construye sus conceptos a partir de una matriz de dimensiones y de imágenes: las dimensiones potencian las intervenciones trayectivas, las imágenes –una cita recogida en los periódicos, una proyección arquitectónica, una fotografía en la que nadie reparó- son el suelo para esas intervenciones. De ahí que sus conceptos tengan diversas facetas y se desplacen por fases. Así, toma un verso de René Char, Suprimir la distancia mata,  y lo hace vibrar en la dimensión del mundo forcluido para que aparezca entonces una faceta más del concepto: la “ecología gris”, la ecología de las distancias, la polución de la escala natural que está haciendo que la Tierra se vuelva inhabitable.

Al describir los componentes de la movilización total, Jünger mostró que al aumentar la velocidad se acrecienta el control. La Blitzkrieg, la“guerra relámpago” impulsada por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial para alargar su “espacio vital”, es una muestra de ello. Pero la velocidad liberada de los trayectos, la velocidad de las teletecnologías interactivas, contrae las distancias, relativiza los territorios y comprime el tiempo. Contracción o polución de las distancias y compresión del tiempo son dos de los conceptos para atajar la inconmensurabilidad de la velocidad absoluta que no sólo ha disuelto el territorio-base del estado de derecho, sino que ha contraído los trayectos al alcanzar el punto cero de energía, del que hablaba Husserl, en el que todas las distancias se anulan y “los intervalos de espacio y de tiempo han desaparecido, en la miniaturización del mundo provocada por la aceleración de las transmisiones…”,  escribe Virilio en Ciudad pánico –el afuera comienza aquí– ( 2004).

La aceleración de las transmisiones, al alcanzar el absoluto de la velocidad, ha alcanzado a la vez el límite cosmológico, polucionando las distancias del mundo, y cerrándolo sobre sí. Ensayando una periodización al estilo Virilio, podría decirse que asistimos a la tercera desterritorialización de la tierra: primero se le circunnavegó, luego, con la creación del litoral vertical, vino su desmantelamiento cósmico, ahora contemplamos su forclusión, su cerramiento extremo.

La interactividad deslocalizada, vendida como promesa de comunicación y democratización universales, “es el resultado de la presión del tiempo real de la instantaneidad sobre el espacio real de la sucesión…”, señala Virilio en Amanecer crepuscular (2002).  La promesa del mundo sin fronteras, de la realidad virtual abierta en la instantaneidad de los intercambios, crea efectos de encarcelamiento, de encierro. El Gran encierro, que Foucault situó en las sociedades disciplinarias de los siglos XVII y XVIII, será más ominoso en el mundo interconectado.

Es el amanecer de la inercia polar, del encierro en medios abiertos, la época de los sedentarios del movimiento absoluto. Sedentarios no porque necesariamente permanezcan en sus casas, frente a sus pantallas, haciendo sus compras por internet y trabajando desde sus computadoras, sino porque se sienten en su casa en cualquier parte, en los aeropuertos o en las playas, conectados a sus teléfonos móviles, enviando y recibiendo mensajes, inmersos en sus ipods y en sus computadoras portátiles. Así viajen en avión o en tren bala, ya no se mueven. El polo de inercia sustituye al desplazamiento continuo: simuladores de carreras, vehículos audiovisuales estáticos de campos de juegos, de ciudades enteras, de mundos alternos donde los avatares llevan sus propias vidas.

Pero así como la presión dromosférica comprime las distancias, la arquitectura del mundo virtual crea también una flexión en el espacio actual, en la arquitectura de las ciudades. En unas páginas muy bellas, Virilio ha descrito las transformaciones que han sufrido las ventanas, las puertas, el asiento y las habitaciones por la intrusión de la inercia domiciliaria. El rompimiento del eje llegada/salida, la simbiosis entre la estática arquitectónica del edificio, la inercia mediática de los nuevos vehículos audiovisuales y la ciudad inteligente, interactiva, cruzada por cámaras de televigilancia, por radares y sensores. Las puertas de nuestras casas ya no señalan un umbral de paso que abría el espacio interior, que programaba el plano y la distribución de los volúmenes; en cada sitio donde zumba una conexión al ciberespacio se abre un portal electrónico. El asiento, una silla o un sillón, están transformándose en vehículos audiovisuales estáticos en sincronía con la llegada generalizada de la información y los viajes en el ciberespacio.

Morfología de la vitrina electrónica

La ventana era para Rilke un rectángulo de templanza contra la desigualdad del tiempo. Hoy, dice Virilio, para saber qué tiempo hace, prendemos el televisor, no abrimos una ventana y miramos fuera. Los muros de cristal funcionan como pantallas lo mismo que las ventanillas en los aviones y en los trenes bala. La membrana, en tanto superficie de contacto, está mudando al interfaz que nos permite ver, tocar y hasta manipular objetos virtuales. La “vitrina” electrónica es el último horizonte de los trayectos, la velocidad cambia la visión del mundo. La fotografía y el cine permitían una visión objetiva. Los dispositivos electrónicos de comunicación instantánea y las computadoras generan una visión teleobjetiva. La propia pintura moderna descentró el esquema de la verticalidad y en lugar del modelo ventana apareció un plano, horizontal o inclinable, que funciona como plataforma de recepción de datos. Vivimos en el espacio del vínculo, del hipervínculo desmaterializado: el internet y los medios electrónicos hacen trizas los planos aproximados en el tiempo y en el espacio, muchas de nuestras actividades se realizan en una metaciudad virtual. Algunos la conocen como Ciudad Control.

En La inercia polar (1990), Virilio explica cómo en la medida en que crece la velocidad el control tiende a reemplazar el entorno mismo: “cuanto más aumenta la velocidad del movimiento, se hace más absoluto el control, omnipresente”. Virilio se ha mantenido siempre muy cerca de la fenomenología husserliana y, por ello, observa con temor cómo la información se impone a la realidad del acontecimiento, cómo la desrealización informática conlleva la derrota de los hechos. Si la velocidad no es un fenómeno, sino la relación entre los fenómenos, la realidad de la información está contenida en su velocidad de propagación. En consecuencia, alerta en El arte del motor –aceleración y realidad virtual– (1993), “la información nunca es otro cosa que la designación del estado asimilado por un fenómeno en un momento dado. La información sólo tiene valor por la rapidez de su difusión”. En ese sentido, la información, como decía Deleuze, es un conjunto de palabras de orden; informar es hacer propagar una palabra de orden.

Control y colonización de la intraestructura

“El tiempo del mundo acabado comienza…”, escribió Paul Valéry. Si no hay palabra sin silencio tampoco hay trayecto sin distancia. Virilio continúa el poema de Valéry: “la distancia es el silencio del trayecto, de todos los trayectos”. ¿Cómo comienza el tiempo del mundo acabado? Con una imagen muy potente, Virilio traza la escenografía de ese comienzo obturado desde el comienzo: al alcanzar la magnitud de aceleración infranqueable, esos 300,000 kilómetros por segundo –de nuevo La Cifra-, la carrera va a seguir en el interior de la materia viva, reconstituyendo su dinámica vital, fagocitando lo vivo. Se trata de la creación del estrato de la intraestructura, un estrato que Jünger entrevió en Las abejas de cristal.

El desvanecimiento de la exo-centralidad territorial y la distancia infraligera entre el entorno real y el virtual son fenómenos que enuncian una nueva relación espacial. No sólo implica un ajuste entre la presencia y la telepresencia a distancia, entre la acción y la teleacción, también se desarrolla y aumenta la ego-centralidad de las personas. La interactividad promete intercambios renovados y valiosos, pero también puede encerrar a cielo abierto, en la velocidad absoluta, por medio de la programación asistida. Esta nueva relación espacial está trabada con la mudanza de las disciplinas al control, ahora el control del entorno es permanente, está relacionado con cada momento de la vida.

En La inseguridad del territorio (1976), Virilio hacía ver que la tecnocracia no pretendía guiarse por la razón y el progreso, sino por el temor. La administración del miedo, esa “magia civil” de la que hablaba Artaud, había tomado el servicio activo. El objetivo perseguido era crear un estado permanente de inseguridad en el conjunto del espacio. Virilio escribió este libro desde el mundo bipolar, ahí paz y guerra se identificaban; eran dos sistemas de ruina y los dos prospectivos: la economía de guerra deviene modelo para la economía de paz, la guerra seguida por otros medios. Los programas tecnocráticos son “marcos de integración”, estructuras a las que las implicaciones sociales, culturales, así como los estratos urbanísticos y geográficos, debían subordinarse. En síntesis, se trataba de la absorción del medio viviente en una estructura instrumental.

El control absorbe el medio viviente en una estructura instrumental –biopoder- y, a la vez, se convierte en el entorno de sustentación permanente. Incorpora la estandarización de los productos y de las costumbres propias de la época industrial a la sincronización de la opinión posindustrial. La sincronización se realiza en todo el campo, en cada una de nuestras actividades acostumbradas, pero tiene efectos notables en la configuración de las subjetividades, en el desvanecimiento de los trayectos y en la colonización de la intraestructura.

La geopolítica operaba acondicionando el espacio real para modelar el territorio: alargarlo si se buscaba extender el “espacio vital”, acortarlo si había que plegarlo como arma. El control, en cambio, aspira a convertirse en el sustituto del entorno de los hombres. No sólo moldear los espacios, sino funcionar como el entorno de sustentación que asiste las conductas, las programa y automatiza la percepción. Ya no se busca sólo disponer el entorno, hay que controlarlo por medio de las técnicas de la interactividad en tiempo real. Esta colonización de la intraestructura humana genera una transferencia de lo sucesivo -esas referencias externas, como el clima o la extensión, que Virilio ve amenazadas y a las que pasa revista en La inercia polar (1990)- a lo intensivo “donde reina en solitario la auto-referencia, la inmediatez y la ubicuidad”.

Según Richard Sennet, la semiótica de la personalidad de la burguesía moderna se componía de tres partes: la intensificación de la idea de personalidad hasta convertir al mundo en un espejo narcisista del yo, el yo convertido en fenómeno proteico, y la tercera, el modo en que ese yo se relacionaba con los demás al involucrarse en transacciones mercantiles de autorrealización.

Auto-referencia, inmediatez y ubicuidad son los nuevos componentes de las subjetividades en la era del hipervínculo desmaterializado. Ya no el narcisismo ligado y en tensión constante con la disolución de lo público; los componentes de la subjetividad interactiva apuntan a modos de vida exógenos de la sociedad y de las comunidades. Ya no Narciso, sino los emperadores de sí mismos, como los llamó Peter Handke, ensimismados en la conexión universal, reducidos a la inmediatez de la cháchara electrónica y de la televigilancia permanente, dislocados por la autodivinización desesperada de la ubicuidad.

No sólo los trayectos se han contraído, los cuerpos están en proceso de disolución. El cuerpo territorial reducido al tiempo de la velocidad de emisión de las ondas electromagnéticas. El cuerpo social en desintegración progresiva en el medio concentrador de la ciudad. El cuerpo animal en ruta de obsolescencia por la invasión de las tecnologías transgénicas y el design de la biología, la medicina genética, la biomecánica nano,  la robótica y la biocibernética, empujando una remodelación que apunta más allá del body building, de la cirugía estética, de la dietética anabólica.

Jünger observó el armazón planetario de la técnica, la corriente circumpolar de la técnica, extendiéndose a lo largo y ancho de la geografía del cuerpo territorial y del espesor geológico de El Geoide. Virilio observa cómo la miniaturización nanotecnológica y la bioingeniería genética se aprestan a colonizar la intraestructura de los cuerpos animales.

La técnica, nos ha enseñado Virilio, es inseparable del lugar de la técnica. Hoy, el lugar de las técnicas de punta es el de lo infinitamente pequeño de los genes, de las vísceras. Hay aquí una línea de mudanza muy pronunciada entre los poderes que genera distorsiones, incluso, de tipo ontológico –la biomecánica nano penetra y corroe el estatuto del cuerpo indiviso-. Si los trenes subterráneos, el drenaje y el cableado eléctrico recorren las entrañas de las ciudades, ahora se equipa “el espesor de lo viviente con micromáquinas susceptibles de estimular eficazmente nuestras facultades…”, observa Virilio en El arte del motor –aceleración y realidad virtual– (1993), con el estupor propio de quien ha asistido primero al desfile macromecánico industrial y, luego, al espectáculo invisible de la biomecánica nano y de la experimentación genética. ¿Dónde quedó el sueño de Marinetti de equiparar el cuerpo a la locomotora o a la turbina eléctrica?

La aparición de la intraestructura conduce a la abolición del par interno/externo, una distinción que sostenía la percepción humana. El temor de Virilio es que el design no se detenga en el desarrollo de los músculos o de la flexibilidad de las articulaciones mediante el uso de productos anabólicos, ni en las metamorfosis “estéticas”, sino que, al unificar los campos de la genética, la química orgánica y las neurociencias, se pase al metadesign posthumano o a la modulación de las funciones nerviosas y de los comportamientos. ¿No podrían manipularse los mecanismos cerebrales de procesamiento multisensorial para, por ejemplo, hacer que alguien sienta que su cuerpo es el de un avatar digital, el de un robot controlado por telepresencia, o el de otras máquinas? Pues bien, no sólo es posible; ya está hecho.

En sus más recientes libros, Virilio despliega el par límite/ilimitado. Como un dramaturgo que no está contra el presente sino que desea mostrar su drama, ha convertido sus libros en una extensión del periscopio que encontró en su juventud caminando por las playas añadiéndole sensores sutiles: “Mi trabajo es el de un hombre limitado que debe tratar una situación sin límite. Un hombre que ha empezado a interesarse por la velocidad en el momento en que se ponía en práctica la velocidad límite…”, cuenta con apremio en El cibermundo, la política de lo peor. De un lado del par opuesto, habría que esperar el accidente total. Para Virilio no hay ganancia sin pérdida, no hay adquisición tecnológica sin pérdida en el nivel del ser vivo, no hay invento sin accidente. Como el mundo es un espacio limitado, tarde o temprano las pérdidas serán irreparables, ya no habrá más ganancias. En el lado de la intraestructura, el metadesign de las biotecnologías podría atravesar el límite de lo humano y dar paso a la reducción de sus propiedades con el pretexto de completarlas y asistirlas. Para Burroughs el ser humano era un experimento fallido y los controladores se deleitaban congelando su evolución en el grado cero, un límite infranqueable que clausuraba el umbral posthumano. Virilio muestra que la colonización del cuerpo por las biotecnologías podría conllevar una serie de distorsiones que atraviesen el límite de lo humano, que lo sitúen en la abyección de la experimentación con vistas a un recambio extrahumano. El design posthumano o neohumano disminuye al individuo, lo reduce. Pero, ¿no podría también hacerlo crecer?

El drama de los límites está en sus primeros actos. Virilio observa la línea terminal del día que fabrica tiempo.

Sobre Salvador Gallardo Cabrera

Nació en Aguascalientes, en 1963. Estudió filosofía en la UNAM. En 1983 obtuvo el premio nacional de poesía joven. Ha publicado: Sublunar (poesía, JGH editores, 1997); Las máximas políticas del mar (ensayo, Vértice, 1998). Colabora permanentemente en la Revista de la Universidad de México, así como en suplementos literarios de México y el extranjero. Es editor de la colección de ensayo Trayectos y devenires. Libros del Umbral publicará en breve Sobre la tierra no hay medida –una morfología de los espacios.