Gabinete de curiosidades, animales y plantas transgénicos

1.- Un parpadeo, un instante perdido o un hueco en el continuum mediático pueden dislocar la producción de realidad. Cuando en febrero de 2009 apareció la noticia del nacimiento del primer perro clonado con fines comerciales, una zona de ausencia se abrió paso entre la realidad climatizada de los noticieros televisivos. Un perro clonado, duplicado genético exacto, dislocó las conexiones entre la producción de verdad, nuestras certezas éticas y nuestros ensambles de afectos. Una pareja de viejos de Florida pagó 150 mil dólares por una réplica de su labrador, llamado Lancelot. El perro no había sido clonado en un laboratorio de alguna universidad de prestigio, ni por alguna corporación biotecnológica planetarizada, sino por un laboratorio marginal en Corea del Sur. De inmediato se sucedieron las reacciones de científicos, comités de bioética, colegios de teólogos y grupos religiosos, sociedades protectoras de animales, comisiones de derechos humanos, consejos de empresas biotecnológicas, farmacéuticas, etc. Se excitaron los temores ante el rumbo que estaba tomando la genética molecular y las investigaciones con embriones y con organismos modificados genéticamente; se enumeraron los peligros de las poblaciones en riesgo. Se habló incluso de cómo algunos desarrollos de las ciencias biológicas ponían en riesgo la naturaleza humana y a la humanidad misma. Hubo cientos de encuestas. Que se clonará una oveja, bueno, podía pasar, pero un perro, una mascota… ¿Cómo dirigir nuestros afectos a un clon? ¿Nuestros planos de efectuación éticos servirán para el mundo clónico? Los diseños de realidad y los discursos de verdad que nos sostienen, ¿podrán dar cuenta de un espacio paralelo de dobles exactos?

2.- Las instituciones de salud de Corea cerraron el laboratorio en cuestión. Los genetistas que ahí trabajan se dispersaron. Hoy sabemos que uno de ellos emigró a Vietnam y emplazó un laboratorio de ingeniería genética bajo la fachada de una granja con animales. Desde ahí creó varios clones de perros para millonarios occidentales y con el dinero de sus encargos comenzó a dar forma a su sueño más caro: un gabinete de curiosidades, animales y plantas transgénicos.

3.- Los gabinetes de curiosidades de los siglos XVI y XVII encendían su imaginación. Admiraba los esfuerzos de esos hombres que iban de un lado a otro buscando especímenes raros, estableciendo colecciones variopintas de plantas, minerales, fósiles, meteoritos, animales. Pero sobre todo se sentía atraído por las colecciones de monstruos y seres anormales: cabras con dos cabezas, gallinas con cuatro patas, puercos mellizos, embriones de caballos con un cuerno, fetos humanos con cola o pezuñas, gallos con triple cresta.

4.- Así que decidió crear su propio gabinete de curiosidades. De la época en que trabajó en el laboratorio de la USDA en Beltsville, Maryland, creando biorreactores, es decir, animales a los que se les introduce DNA de ciertos genes humanos capacitándolos para producir ciertas proteínas humanas, había conservado dos cerdos manipulados con genes de la hormona del crecimiento humano que habían desarrollado artritis, deformidades de la columna y quedaron uno bizco y otro ciego. También conservó una tilapia modificada para producir insulina humana y un salmón que tolera las heladas de Siberia.

5.- Pero los biorreactores le aburrían; los consideraba poco artísticos. En cambio, siguió con pasión las micromanipulaciones transgenéticas que se realizaban en laboratorios establecidos con todas las de la ley: un ratón con un gen procedente de una medusa el cual produce una proteína verde fluorescente; un pollo sin plumas desarrollado para la Kentucky Fried Chicken; el pez TK-2, desarrollado por Taikong Lab (Taiwan), manipulado con un gen púrpura fluorescente hallado en los corales; una rana translúcida con la que los científicos de la Universidad de Biología anfibia de Hiroshima esperaban observar el desarrollo de tratamientos médicos en los órganos internos sin tener que diseccionar.

6.- Siguió también con atención doble las modificaciones genéticas botánicas: semillas resistentes a las sequías, plantas capaces de segregar toxinas que las protegen de sus predadores y plagas, jitomates transgénicos azules que incluyen una vacuna contra la peste bubónica y neumónica, cereales con genes de rata que segregan metales duros, tabaco con genes brillantes.

7.- Se hizo de un ejemplar de todos esos organismos modificados genéticamente. El pez TK-2 le costó 17 dólares; la rana translúcida cerca de 70 mil. Impulsado por esos ejemplos, se dio a crear sus propias obras. Obtuvo una muestra del agua de la laguna de Manialtepec, en Oaxaca, rica en minerales, y del plancton que al combinarse con los minerales producía bioluminiscencia. Proyectó entonces una obra que enlazara tres reinos. Creó una libélula con un transgén del plancton, otro de rana, y genes de la hormona del crecimiento de los insectos. El gen del plancton para darle bioluminiscencia, el de la rana para que produjera globina y fuese capaz de vivir en un estanque o charca con poco oxígeno, y el gen de crecimiento de los insectos para que alcanzara 15 cms. de largo. Por último, creó un estanque con una densidad mineral muy alta que, al menor roce del ala de la libélula modificada, se iluminaba en toda su superficie.

8.- Creó también una golondrina nocturna con filamentos fosforescentes en las alas, y en honor a Huidobro, la llamó “goloncima”. Un calamar que despedía tinta de color naranja, una polilla que comía libros haciendo surcos en bustrofedon, un escarabajo blanco con un solo cuerno, y un camaleón que mudaba el tono de su piel según el orden de los colores del arco-iris.

9.- Acosado por Greenpeace, diversas sociedades protectoras de animales, comités de bioética y los gobiernos de Corea y de varios países occidentales, tuvo que desmontar su granja-laboratorio en Vietnam. Dispersó su colección por medio de donaciones a museos de historia natural y de arte contemporáneo. Un curador de arte escribió un pormenorizado ensayo sobre Libélula de los tres órdenes, en el que mostraba que su estética rebasaba los tímidos intentos de Damien Hirst al encapsular tiburones. Nada más se sabe del manipulador transgénico. Una nota anónima de Liberatión lo sitúo en Brasil, trabajando para una empresa farmacéutica multinacional. Libélula de los tres órdenes fue subastada por 63 millones de dólares.

Sobre Salvador Gallardo Cabrera

Nació en Aguascalientes, en 1963. Estudió filosofía en la UNAM. En 1983 obtuvo el premio nacional de poesía joven. Ha publicado: Sublunar (poesía, JGH editores, 1997); Las máximas políticas del mar (ensayo, Vértice, 1998). Colabora permanentemente en la Revista de la Universidad de México, así como en suplementos literarios de México y el extranjero. Es editor de la colección de ensayo Trayectos y devenires. Libros del Umbral publicará en breve Sobre la tierra no hay medida –una morfología de los espacios.