Nicaragua tierra de poesía y de revolución

Lo que deseo comentar aquí  -y algo que no se ha dado con tanta fuerza e influencia en otros países latinoamericanos pero sí en Nicaragua-  es la fuerte presencia de la poesía  en la sociedad nicaragüense. Esta, como en ninguna parte,  ha estado muy entretejida con su historia y  con propuestas  revolucionarias  en un país tan intervenido desde el siglo XIX por EE.UU.

La poesía en Nicaragua  jamás se ha percibido ni  lejana ni esotérica.  Por el contrario,  muchos poetas allí tuvieron  una conexión muy entrelazada con los cambios que necesitaba el país sin ser necesariamente ni panfletos ni ejemplos del “realismo socialista soviético”. La poesía se entretejió con la historia nicaragüense y se conectó con los principales objetivos de la lucha anti intervencionista de Augusto César Sandino (1895-1934): democracia,  justicia social y soberanía nacional.

El primer ejemplo es el propio Sandino al que se le ha reconocido  “el sentido poético en sus testimonios escritos desde el campo de batalla y posteriormente esos escritos llegarán a constituir el marco fundamental de la cultural política y popular protagonizada por la revolución” como ha estudiado Sergio Ramírez.  Esto es un interesante signo de cómo la poesía ha estado ligada históricamente en  Nicaragua y la repercusión en muchos líderes sandinistas  que posteriormente la integraron,  como el mismo Sandino,  en sus propias vidas, manifiestos, proclamas y luchas contra la dictadura de los Somozas.

El 21 de febrero de 1934, el presidente de Nicaragua de ese entonces Juan Bautista Sacasa, y siendo Anastasio Somoza García el jefe de la Guardia Nacional, ofrecieron ambos una cena al general  Augusto César Sandino en la loma de Tiscapa, Managua, para celebrar y reafirmar  unos acuerdos de paz.  Luego de esa cena lo capturan y lo asesinan junto a sus generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor. Hay una foto famosa de Somoza García, cual Judas,  abrazando a Sandino cuatro días antes (17 de febrero). En aquel asesinato estuvo directamente envuelto el gobierno de EE.UU. quien había ordenado directamente el asesinato de Sandino a través del embajador norteamericano en Nicaragua Arthur Bliss Lane.

Anastasio Somoza García sería pronto el  futuro dictador de Nicaragua que traspasaría luego a sus hijos y nietos  el poder y control total del país por 33 años  (1936-1979). Primero a sus hijos Luís y Anastasio Somoza Debayle y  luego lo sería su nieto  Anastasio Somoza Portocarrero, “el Chigüín”,  pero este último no continuó la dinastía dictatorial porque el 19 de julio de 1979 la cortó de raíz la revolución sandinista.  Durante esos 33 años sería la Guardia Nacional el ejército más represivo que tendría Nicaragua junto a la igualmente tenebrosas EEBI (Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería) que dirigía “el Chigüín”.

La presencia norteamericana, como escribe Sergio Ramírez,  “comenzó desde que William Walker, el filibustero sureño, se proclamó presidente del país a mediados del siglo XIX, un dominio que tras repetidas intervenciones militares duró hasta el fin del reinado de la familia Somoza”.  Luego entre 1980-1990  “la severa enemistad de Reagan, que puso la máquina del imperio a trabajar en contra de un pequeño país en rebeldía como si se tratara de una potencia mundial, hizo que el gobierno sandinista tuviera que concentrar todos sus esfuerzos en la guerra, y dejara en el camino sus mejores ambiciones de transformación de la sociedad” (S. Ramírez)

El 21 de septiembre de 1956,  en una fiesta popular en La casa del Obrero en León mientras la Orquesta de la Guardia Nacional tocaba “Caballo negro” de Pérez Prado,  sorpresivamente el poeta Rigoberto López Pérez quien tenía  entonces 37 años descargó las cinco balas de un revólver  Smith and  Wesson  sobre el dictador, el primero de la dinastía, el mismo que había asesinado a Sandino: el tirano Anastasio Somoza García. El poeta es también acribillado a balazos allí mismo por la seguridad de Somoza. De ese ajusticiamiento hecho por el poeta López Pérez  vendrá una dura represión por parte de la Guardia Nacional y donde poetas o cualquier intelectual progresista constituían blancos de represión y sospechosos todos de fraguar la muerte de Somoza García. El 18 de mayo de 1960 el hijo de Somoza García, asesina al poeta, periodista, activista Edwin Castro por considerarlo culpable en el ajusticiamiento de su padre el 21 de septiembre de 1956. Ya antes en 1956 había sido condenado el poeta Castro a 30 años de prisión por su supuesta participación en aquel ajusticiamiento. En prisión escribe uno de los poemas más hermosos que mucha gente en Nicaragua se sabe de memoria: “Mañana, hijo mío, todo será distinto /Se marchará la angustia por la puerta del fondo/Que ha de cerrar, por siempre, las manos de hombres nuevos…”

Otro poeta, asesinado a los 21 años por la Guardia Nacional es Leonel Rugama. Desde 1967 comienza a establecer relación con el Frente Sandinista. Comienza a escribir poesía en la montaña cuando se hace guerrillero. El 15 de enero de 1970 con otros jóvenes adolescentes se enfrentan a la Guardia Nacional que tiene un batallón armado de tanques y cañones rodeando la casa donde se encontraban los muchachos. La Guardia les gritó  que se rindieran, pero Rugama desde la casa les respondió con  esta frase que luego se hizo famosa en Nicaragua: “ ¡que se rinda tu madre!” y continuaron resistiendo hasta que la Guardia los masacró a todos.

El fundador en 1961 del Frente Sandinista de Liberación Nacional, el joven estudiante universitario Carlos Fonseca Amador (1936-1976)  era poeta e  hizo varios trabajos académicos sobre el poeta nicaragüense Rubén Darío junto a su trabajo teórico para fundamentar el nuevo movimiento del Frente Sandinista en esos años. “En 1954 con otros compañeros, funda la revista Segovia y dirige sus primeros cuatro números de seis que logran salir; allí publica artículos y poemas, como los “16 versos del Molendero”. Sus lecturas incluyeron a muchos poetas latinoamericanos y nicaragüenses. Muere en combate contra la Guardia Nacional en la región de Zinica, región del atlántico norte, el 7 de noviembre de 1976.

La lista de poetas entrelazados con los fundamentos de Sandino  en Nicaragua es muy extensa  desarrollando ellos una variedad de temáticas pero siempre en un lenguaje conversacional como no hay otros en América Latina.  Debe ser esa la razón que el pueblo nicaragüense respeta la poesía y los recitales, los encuentros internacionales, porque ser poeta en Nicaragua se percibe como alguien quien contará algo en forma entendible pero a su vez con un mensaje si bien no profético pero sí diferente. Es decir,  abrir imaginativamente otra puerta a lo real.  Y ejemplos hay muchos como no se encuentran en otras partes de nuestra América como lo es Ernesto Cardenal (ministro de cultura del gobierno sandinista en los primeros años de los 80), Gioconda Belli quien fue también participante directa en el gobierno sandinista o  Daisy Zamora, viceministra de cultura también del gobierno revolucionario de entonces, o Francisco de Asís Fernández,  Gloria Gabuardi. O el gran poeta Pablo Antonio Cuadra quien fue director del diario La Prensa en los 80 pero que vivió la aplicación de la censura  a su periódico impuesto por el gobierno sandinista (caso del decreto 511 a partir de 1982).

Si Sandino preguntara ahora en 2009  ¿Hubo alguna vez una revolución en Nicaragua?  Creo que la mejor respuesta la sigue dando un escritor y este es  Sergio Ramírez quien continúa la tradición poética nicaragüense y el legado original de Sandino denunciando lo injusto. “Nunca antes la riqueza ha estado peor repartida, ni han sido tantos los pobres que arañan en los basureros de Acahualinca sobrevolados por los zopilotes, o que recorren en bandadas las vecindades de los semáforos en las calles de Managua vendiendo de todo, desde animalitos expulsados de las selvas que retroceden ante la inclemente depredación de las mafias madereras, a bisuterías y artículos de contrabando, y que cuando cae la noche regresan a las barriadas de casas improvisadas con ripios y desechos de empaque, y que se multiplican a diario, con lo que la ciudad, lejos de las luces de los mágicos centros de compra, parece un enorme campamento de damnificados.  Y la ética revolucionaria, ¿adónde fue entonces a parar? Junto con el caos en la distribución de tierras a los beneficiarios de la reforma agraria, se dio durante el período de transición un masivo reparto de bienes del estado, que favoreció a dirigentes y partidarios del Frente Sandinista en todos los niveles, la rapiña que llegó a ser conocida como “la piñata” y que venía a contradecir los principios éticos proclamados por la revolución.”

Como concluye Sergio Ramírez, la revolución sandinista lo único valioso que produjo en Nicaragua fue la democracia  que el país jamás había experimentado antes (fracasando  en la igualdad y la justicia social, y aumentando la corrupción entre los mismos dirigentes sandinistas). Pero se puede decir también que el largo proceso pre y postrevolucionario en Nicaragua dejó una valiosa producción poética que arranca desde los testimonios escritos de Sandino. Y toda esa producción poética sigue teniendo una vigencia impresionante aún bajo el neo-sandinismo de la pareja presidencial  Daniel Ortega/ Rosario Murillo  que curiosamente también fueron poetas según una antología de 1986 que me regala aquí en Nicaragua el poeta Francisco de Asís Fernández.