Alrededor del chileno Juan Emar

Si Juan Emar no hubiera visitado Barcelona este mes que viene, no se me habría dado la posibilidad de tener esas mínimas palabras con el autor que confirman que es preferible tener que entenderse con patos que con las olas embravecidas. Porque estamos más cerca, en tamaño, al pato que a la inmensidad del océano. Así lo dice en su diario con título Un año, que recién ha editado Ediciones Barataria. Sintomática es la noticia que publicó El mercurio en 1964, tras su muerte, y que Enrique Vila-Matas da referencia en el prólogo: “una extraña personalidad que pasó por la vida como un inadaptado y un rebelde”. De esto mismo no ha dicho nada Juan Emar en nuestro brevísimo no-paseo por el puerto de Barcelona. Tan sólo ha confirmado que es preferible tener que entenderse con los patos, y luego ha hecho el ademán de estrecharme la mano y ha imprimido un paso matemáticamente tan complejo que me ha dejado descompuesto, sin personaje, y meditando sobre las gaviotas y la alteración. Con Emar yendo y viniendo, con su imagen que ya no era y que de repente iba y venía; un adiós más allá del espejo.

El autor chileno, de nombre civil Álvaro Yáñez, maneja la excepción y la irregularidad vital como nadie, como germen y post-vanguardia de aquellos que vinieron después. De muchos de ellos. Emar contiene el Boom (como en algún momento dijo el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia el verdadero Boom arranca, inclusive, en la primera mitad del siglo XX). Un año debe situarse en el tiempo que se dio, y que lleva por numeral en vulgaris 1935. Es el 1 de cada mes el día en el que el diario se abre y cierra hasta conseguir una totalidad de 12 meses que dan como resultado un año natural y extraordinario. Aunque lo extraordinario y lo excepcional no debe contemplarse como algo fuera de un orden. Tiene su propio orden secreto. Y, por ejemplo, si en uno de los meses el narrador consigue hacer sonar un disco colocándolo sobre el índice de una mano, con la derecha raspándolo y abriendo la boca desmesuradamente hasta que atruena la voz de Caruso, no debe verse como una fantasía premeditada. Para algunos privilegiados la vida funciona así, se representa continuamente mediante excepciones y fragmentos, y no deberíamos suponer de forma simplista que utilicen juegos de magia para conseguir un resultado predefinido. Emar ve así, piensa de esa forma, respira literatura excepcional, y él mismo es un sujeto privilegiado que consigue hacer de la excepción la norma. A la manera que lo hicieron los surrealistas, o más concretamente, a la sazón de Alfred Jarry, por dar un nombre más a todo el embrollo (en 1919 Emar viaja a Europa y se instala en París).

Quién sabe los motivos que hacen circular y dar eco a algunos escritores. Juan Emar no lo tuvo, apenas su obra es conocida más allá de su país. Ediciones Barataria lo sirve en bandeja anual, bajo la colección Humo hacia el sur que dirige Claudia Apablaza. Y no habría que perderle ojo. Es más, debería vocearse aquí y allá, por eso de no hacer aún más injusta la literatura. Enrique Vila-Matas lo descubre en uno de sus viajes a Chile y le da la ventaja de “raro”. En la obra que referimos, Juan Emar describe ciertos hechos, luego medita sobre ellos. Es un meditar metafísico (¿o era mefistofélico?) y el hombre tiene en su cogote el dedo de Dios, que le apunta y le incomoda, debe indagar en el sentido recóndito de los elementos que le rodean. Con humor y gafas de visión intra-humana. Muy significativo es el simbolismo que también desprenden sus páginas. Como que Dante abra el diario, que luego el narrador descienda como una raíz hasta el subsuelo y visite los otros mundos inferiores (las diferentes capas del planeta) y que haga referencia velada a Hermes, entre otros, al dejar escrito esa máxima de que lo que está abajo es reflejo del cielo. En especial el número 14 es repetido durante el desarrollo de Un año. Leemos en enero: “Tengo cierta afinidad o cierta superstición con el número catorce. Ahí me detuve. No intenté la decimoquinta experiencia”. El número 14 es el límite, nunca llegar al 15. Y el número 14 también puede servir como lugar donde reposar. Unamos la numerología que emplea el autor con el Tarot. El 14 es La Templanza, el equilibrio y la transferencia de fluidos y el conocimiento, el número alquímico por excelencia. ¿Y el 15? Ah, estimados lectores, el número 15. ¡El número 15 es el arcano de El Diablo!

El Diablo espera, entonces, en el mes de octubre de su “antinovela” Un año para practicar el engaño: “Sin pérdida de tiempo, y ya que él apremia, he de decirle que acierta usted, en todo el sentido del verbo acertar, al haber calificado de mefistofélico o demoníaco a los seres y cosas de la séptima capa, y de puro y celestial a cuanto contemplaba su ojo cerrado y dirigido a la bóveda celeste”. ¡No pierdan línea!, continúa: “Mas he de advertirle –y le ruego ponga en esto toda su atención-, que una increíble e incalificable equivocación de los hombres, equivocación que perdura desde siglos y siglos, atribuye a lo subterráneo de la capa séptima un marcado tinte nefasto, y a lo que centellea en la luz de arriba un marcado tinte benévolo”. Más adelante: “De siglos atrás el mal tiene pétalos blancos y sedosos y el bien chifla de noche apestando el aire. Ruégole a usted creerme a pies juntillas”. El nombre del personaje con “ancho gabán, sombrero hongo y paraguas abierto” es Desiderio Longotoma. Ponga cuidado, lector intrépido, por lo tanto, en encontrarse a Desiderio un día en la mesa de un bar y escuchar sus argucias. Porque pueden ser verdad.

Juan Emar no es un lugar común. Tampoco su escritura. Huidobro le aconseja (¡!) que evite la frase fatal “una sonrisa estereotipada” en su escrito. Lo leemos en este mismo diario como guiño. Que es mucho mejor “una sonrisa de alambre”. La primera frase es una frase fatal de cuantos se sienten literatos. Y eso no. Eso no. Emar es una isla extraordinaria. No es un literatoide. Acérquense a Juan Emar, introdúzcanse como una burbuja en medio del mar o rebélense contra las sombras, pongan atención a los bichitos que carcomen los libros de sus bibliotecas no sea que estallen fruto de los Cantos de Maldoror, henchidos de crueldad. No se arrepentirán™. Y hagan caso de la recomendación: mucho mejor entenderse con patos que con olas embravecidas. Por tamaño, el hombre ocupa un punto mucho más cercano al pato que al océano. Y esperen en cualquier puerto la no-aparición del autor. Mientras tanto hagan tiempo hasta que se le haga justicia y honor en la literatura, ese océano que a veces nos hacen creer que es río.

™Y no se arrepentirán porque, como apunta el autor, un diaro en el que todos los días empiezan por: “Hoy he”… seguido de un participio, es una fórmula exitosa seguida como ley sagrada por todas las jovencitas que escriben su diario y por “todos los sabios profesores de gramática y retórica”.

Un año
Juan Emar (Santiago de Chile, 1893-1964)
Prólogo de Enrique Vila-Matas
Ediciones Barataria
Colección Humo hacia el sur

Sobre Iván Humanes Bespín

Nacido en Barcelona (España) en 1976. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona y realizó estudios de Filosofía. Codirector de la revista literaria DADO ROTO. Es colaborador de la revista Escribir y Publicar y del sitio electrónico Literaturas.com, para los que ha realizado entrevistas a Martin Amis, Andreu Martin, Fernando Arrabal, Guillermo Martínez, Lázsló Krazsnahorkai, Peter Stamm, Agustín Fernández Mallo o Stephan Audeguy, entre otros. En el 2005 publicó el libro La memoria del laberinto (Biblioteca CyH), que consta de diecinueve relatos cortos. En 2006 el ensayo Malditos. La biblioteca olvidada (Grafein Ed.), del que es coautor. Y en 2007 en la obra 101 coños, que aúna hiperbreves e ilustraciones (Grafein Ed.). Su sitio en la red es www.ivanhumanes.com.