Días de obsolescencia : La duración perdida

Leo una nota sobre las nuevas bandas de ramoneadores urbanos: por las noches, durante el apagón social televisivo, recorren la ciudad buscando alimentos y objetos imposibles de contenedor en contenedor. Viven a bordo de una camioneta en campamento itinerante. Sus trayectos se trazan para abandonarse y sus reglas se reducen a unos cuantos principios que funcionan como  indicaciones de tránsito: no recogen desechos, únicamente productos empaquetados, de supermercado; productos que la gente tira a la basura cuando la fecha de caducidad mancha su aura.

Un frasco de frutas en conserva, un pan de caja, un bote de jugo, un trozo de queso que han caducado y con los cuales los ramoneadores condimentan el olvido de su destino. Para ellos, la fecha de caducidad y la fecha que indica “consumirse preferentemente antes del…” son trampas atrapabobos, indicadores vacíos, disparos que buscan despertar en la mente de los consumidores el olor a plástico quemado y a naranjas podridas.

Atravesando las superficies inmaculadas de los supermercados, la atmósfera en flujo de los centros comerciales, la larga noche eléctrica de los 7 eleven, miles y cientos de miles vamos revisando las fechas de caducidad de los botes de yogurt, gelatinas, jugos, frascos de mermelada y paquetes de galletas, latas de leche condensada, duraznos en almíbar o sardinas, empaques de embutidos, en las tapas de las salsas, las cajas de cereal y en los cucuruchos plásticos de aceitunas. La lógica de circulación de los supermercados fue establecida como un tránsito errático, inconexo mas continuo, sin paradas estacionales. Pero desde que los productos microbológicamente perecederos deben llevar inscrita su fecha de caducidad, es necesario hacer una serie de paradas intermitentes para descifrar esas inscripciones. Intervalos que no merman la vitalidad ciega de los consumidores ni rompen el trance mediático de sus desplazamientos. Quizá porque nunca se encontrará en los estantes un solo producto que haya caducado; no nos percatamos de los movimientos del ejército que hace posible la circulación de la obsolescencia. ¿Adónde van todos esos productos caídos, todos esos envases y empaques absorbidos por una espiral que los desfonda desde un mecanismo de activación interno?Esa espiral conduce y entrevera espacios cada vez más amplios de la planeación económica, del comportamiento de los mercados, de la disposición simbionte de los circuitos de comercialización y los medios de comunicación, de la organización del saber, de las tecnologías blandas de modulación subjetiva. La obsolescencia programada es ya el motor de los mercados: la caducidad de un aparato o de un formato está prevista e incorporada desde su concepción. Entre los gramófonos y la aparición de las consolas y las grabadoras de casetes hubo un tiempo largo. Entre las grabadoras y los modulares el tiempo se acortó. La aparición de nuevas líneas de aparatos, de procesos y de formatos, va compactando el tiempo hasta convertirlo en factor de obsolescencia: reproductores de discos compactos, micro componentes, radiocasete portátil, MP3, ipod o modelos sin número de teléfonos celulares móviles surgen como por generación espontánea; brotan nuevas líneas, se empalman, en un flujo de recomposición ilimitada. El sentido de generación tecnológica se ha difuminado lo mismo que el sentido de la sucesión por progresión lineal: hay una sustitución simultánea, lateral, de productos y procesos. Sustitución inconexa; sustitución sin sucesión. Sustitución como la electrónica, de costado, por variación y no narrativa o cronológica. Por ello, el flujo de recomposición ilimitada no puede asimilarse a la lógica del progreso tal como fue proyectada en la modernidad. En vez de la tríada infinito, limitado, discontinuo, propia de la modernidad, nos movemos en un flujo Sin Fisuras: finito-contiguo-continuo-ilimitado. La lógica del progreso se ha vuelto irrelevante, como una cámara súper 8 o un disco de vinil. El factor de obsolescencia programada toma el relevo del progreso.

La recomposición ilimitada

Una de las tentativas decisivas del siglo XX fue la de trazar nuevos contornos sobre el estatuto de las cosas y de los objetos. Poetas, artistas y filósofos buscaron desvelar las nuevas relaciones entre materiales, palabras y cosas. Rilke, por ejemplo, ve llegar vacías cosas indiferentes; manzanas o uvas que no tenían nada en común con la fruta o el racimo en que había penetrado “la esperanza y el ensimismamiento de nuestros antepasados”. Ahora, “las cosas vividas y animadas, las cosas que comparten nuestro saber, decaen y no pueden ya ser sustituidas. Nosotros somos los últimos que hemos conocido todavía semejantes cosas”. La visión rilkeana fue trazada con una cierta tintura nostálgica, pero es tan poderosa que distingue el arribo de las “psuedocosas americanas”, al mismo tiempo que constata la desaparición de un linaje entero: cosas que caen, débiles, caducas. El poeta no contrapone artificialidad a naturaleza ni arraigo a desarraigo; las pseudocosas son manzanas y uvas sólo que vacías e indiferentes, vienen de otro lugar, de un lugar deslocalizado. Rilke lo sabía porque durante años se adiestró en la observación y en la creación de intensidades por aislamiento: lo que se había transformado era el nexo entre las cosas y los hombres. Ese nexo, ese lazo intangible, permitía que las cosas, los objetos y los humanos participasen en un plano común de inmanencia; preparaba las relaciones con el mundo, conducía los acontecimientos. Al desatarse, el plano se quebró y las relaciones quedaron anuladas, sin vínculo alguno. El linaje de cosas perdido, aun en su fragilidad, tenía una liga con la duración; con el tipo de duración que acerca y detiene. Incluso el valor de lo nuevo, uno de los componentes fundamentales de la Edad Moderna, presuponía una pausa entre cada aparición novedosa para que se pudiese apreciar en qué consistía la novedad. Lo nuevo llegaba como algo que trastornaba simbiosis establecidas y requería de tiempo y de espacio para enlazarse en nuevos esquemas; la caducidad era un paréntesis entre una línea de apariciones. El progreso tenía sentido cuando era mensurable, cuando podía ser contrastado y valorado. La recomposición ilimitada anuló la noción de duración adherida a la estimación de los objetos y el progreso fue rebasado por un flujo donde la distinción entre representación y realidad resulta irrelevante. Ese es el momento de mayor potencia y de desaparición de las vanguardias artísticas. Representación rota, aceleración pura, sin fin. Ahora, cada mes, como cuenta Salman Rushdie, es la Edad de Piedra del siguiente. La obsolescencia programada se aviene mejor que el progreso a esa realidad sin vínculos ni contornos precisos, a esa realidad desintegrada.

El paso adelante y la idea del progreso

“El progreso golpea hacia delante”, escribió Victor Hugo. El poeta de La leyenda de los siglos, no podía hacer caso omiso del ritmo aturdidor de una de las ideas más profundamente arraigadas en el imaginario occidental. Una idea-bastidor que ha atravesado los siglos con una fuerza de incorporación conceptual avasallante. Aun la idea de una gubernamentalidad indefinida será corregida por la idea de progreso, un progreso en la dicha de los hombres. Los referentes asociados al progreso tienen en común un elemento teleológico: el crecimiento y la aceleración, el aumento en la cantidad de productos materiales, la calidad superior de esos productos y los medios nuevos o mejorados de producción se consideran en tanto líneas conducentes a la felicidad humana; como referencias concomitantes y beneficiosas. Para los evolucionistas de la época industrial, más acá de ese paso adelante subyacía la cuestión de qué era el progreso considerado en sí mismo. Herbert Spencer (1820-1903) explicaba que el progreso consistía en el cambio de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo simple a lo complejo, por medio de incesantes diferenciaciones. Por tanto, el progreso no era un accidente ni un proceso que estuviese bajo el poder del hombre, sino una “beneficiosa necesidad”, un curso externo a la voluntad, una ley, un glifo en movimiento. Ese glifo se movía en la exterioridad de las relaciones humanas, pero las vehiculaba, aparecía en cada tramo de su desenvolvimiento aunque su principio y su decodificación quedaban siempre sustraídos a la operación misma. A Spencer le gustaba ilustrar su idea con ejemplos geológicos y cosmológicos grandilocuentes que desembocaban, a pesar suyo, en el ferrocarril y las plantas textiles de Manchester. Así, el cambio hacia una mayor heterogeneidad traslucía un paso adelante; uno de los referentes comunes del progreso.

El progreso entendido como acumulación de habilidades, conocimientos y máquinas presupone que la historia es la historia de la salvación. Pero el progreso, la redención y la marcha inmanente de la historia se anulan mutuamente; no se acumulan ni se combinan en la posibilidad de alejarse de la catástrofe total. Es decir, en la posibilidad real de progreso. Walter Benjamin buscó anudar, contra toda esperanza, los componentes de una idea del progreso trascendente. Ni el ángel de la historia pudo servirle de guía. Con el ángel de espaldas, Adorno mostró el sentido paradójico del progreso: existe progreso y, sin embargo, no existe. El progreso acontece allí donde termina, por ello aún no ha comenzado y se aleja indefinidamente de aquello hacia lo cual debería progresar.

El siglo XX conoció la intensificación y la caída de la idea de progreso. En varios tramos del siglo, cada uno con una significación distinta, se proclamó la inminente superación de la miseria material en todo el planeta gracias al progreso tecnocientífico. En los años cincuenta, por ejemplo, Buckminster Fuller realizó un inventario de los recursos mundiales que le sirvió para trazar un plan de erradicación total de la pobreza. Los recursos estaban ahí, la tecnología requerida también, pero a Fuller, y también a los últimos grandes optimistas occidentales, como John Cage, les pasó por alto que la maquinaria que hizo posible esos recursos se alimenta de pobreza. Esto era así en los cincuentas y lo es ahora: las cadenas comerciales y empresas trasnacionales son los principales donadores de alimentos para los pobres; ese gesto “solidario” lo establecen con productos caducos y, además, les permite deducir el costo del producto entregado hasta en un 50% de la utilidad que tendrían si lo hubiesen vendido. Una elegante salida a la obsolescencia programada. Kafka tenía razón: “creer en el progreso no significa creer que ya sucedió algún progreso. Ésa no sería fe”.

El continuum oscuro

¿Hacen más los nuevos aparatos electrónicos? ¿Son más veloces, tienen más funciones y programas, brindan más servicios? Quizá, pero ¿quién puede hacer uso de todas las funciones y quién puede manejar todos los programas? La velocidad de sustitución no da tiempo para hacer tales consideraciones: siempre hay una función, un programa, un aparato o un proceso en ruta de recambio; siempre se está fuera de plazo con respecto a la obsolescencia. Fuera de plazo pero en sincronía con la publicidad, porque la velocidad de sustitución se amplifica desde los medios de comunicación. El gran poder reductor de los medios ralentiza la velocidad de sustitución para ampliar el consumo: así, el valor de uso deviene del factor de obsolescencia y éste se sustrae a la vida útil de los aparatos, programas y formatos. Con todo, la obsolescencia programada no funciona como la moda. Cuando la moda llega a los pobres, deja de ser moda, decía más o menos Alfonso Reyes. La moda, aunque no se circunscribe a las pasarelas, tiene un ritmo de temporadas, su seducción es la vejez de lo único. Algo parecido sucede con los teléfonos móviles; en los contenedores de basura de las zonas residenciales, los ramoneadores urbanos encuentran frecuentemente modelos demodé.  Ahora, el contagio de lo único, la proliferación de las prendas y accesorios fake que se producen en líneas paralelas de las mismas fábricas chinas que elaboran los “originales”, ha provocado que las líneas de producción se hallen virtualmente superpuestas a las pasarelas: ¿es fake o auténtico el bolso que lleva la modelo? La dualidad auténtico/doble se ha diluido en la síntesis  transfronteriza doble- doble. Todo es copia. Para asegurar la autenticidad de una bolsa sería necesario coserle, en un costado, un chip cuyo tono pudiese ser reconocido por un decodificador miniatura instalado en los móviles de las ninfetas y papagayos adictos al Hola. Muy pronto veremos la aparición de comités éticos en los circuitos de la moda.

El dispositivo tecnomediático ligado al flujo de recomposición ilimitada busca modular las subjetividades, crear comportamientos, no sólo anunciar productos. La miniaturización de los transistores ha servido para crear un continuum telefónico que pone en línea, simultáneamente, un mecanismo permanente de mercadeo (mensajes grabados ofreciendo rebajas); una marca de estatus (la estandarización fluye mejor en un medio jerarquizado); un elemento de autonomía, identidad e intercomunicación estratégica (a los muchachos de la  reciente revuelta en los suburbios de Paris, los móviles les permitieron adelantarse a la policía, sentirse parte de un grupo, coordinar acciones, establecer contacto con otros barrios -igual que a los vendedores ambulantes de la ciudad de México-); una prolongación portable de la telerealidad (“-ya te grabé, ya te tengo”, se dice al puro estilo big brother o paparazzi cuando, con su teléfono,  alguien toma una fotografía o hace un video que “muestra la realidad”) y una plataforma de crédito (en algunos países se utiliza ya el teléfono en vez de la tarjeta bancaria). Este continuum seguirá desplegándose y continuará generando nuevos comportamientos entre los usuarios: interconexiones horizontales que cambian rápidamente, con poca fijación o intercambiables, como las ha descrito Peter Sloterdijk. De la hiperconexión pasaremos a la conexión envolvente y permanente: la hiperconexión implica la imposibilidad de la desconexión. Se empotrarán líneas de tecnovigilancia: documento único de identidad, pasaporte. Líneas de servicios mundializados: comunicación planetaria, consulta de bases de datos, de estados financieros, recepción de noticias. Y líneas de control blando: cada llamada y cada consulta aportarán conexiones que podrán ser rastreadas. El diseño óptimo al que aspiran los constructores de teléfonos móviles celulares es el fonóforo y se debe a Ernst Jünger quien lo anticipó, en todos sus detalles, en su bella novela Heliópolis (1949). La República de las Letras debería demandar a nokia y a motorola por espionaje industrial y con el dinero de las indemnizaciones construir jardines de lectura donde esté prohibido, terminantemente, entrar con celular.

El ruido del Tercer Milenio

El ruido del tercer milenio es el ruido de lo intercambiable. Un gran ruido blanco y descentrado que envuelve todo: ciudades estándar, ropa, muebles, accesorios, aparatos, modas, procesos de subjetivación, matrices productivas, elecciones. Subculturas enteras, cultos pop, mistificaciones urbanas surgen de repente, florecen unos pocos meses para luego desaparecer o hibridar en otra parte, en otro entorno. Cada vez más, la envoltura de lo intercambiable funciona como una membrana sin ventanas. Una envoltura evanescente que hace de la disipación dirigida su principio activo y de la previsibilidad su línea de gravedad. Escuchen el ruido del diseño intercambiable, observen los flujos en circulación, los espacios homogéneos, la aceleración de las modalidades de archivo, la fabricación de noticias que inducen comportamientos y emplazan realidades que serán olvidadas por noticias fabricadas al minuto, las mercancías deslocalizadas geográficamente: cómo adoptan una viscosidad evanescente para envolver mejor en un medio previsible-programado. Franjas mundializadas desplazan a millones de personas y reorganizan, desde los mercados, los centros y las periferias, la irrelevancia de campos enteros. Sí, un ruido puede envolver mejor que una malla y puede aislar con más saña que un muro.

Los abuelos quieren mostrar cómo eran los ruidos de su tiempo. No pueden. Los negativos se han velado, las fotografías perdieron color y se pegaron a los álbumes. Las diapositivas se ahumaron; ya no se encuentran los focos de proyección del carrusel. Decenas de fisuras atraviesan los rollos de súper 8; tampoco funciona el brazo del proyector. Los discos lp se rayaron con el polvo. Cada vez es más difícil conseguir agujas para el tocadiscos. Alguien más guarda una computadora antigua, con programas antiguos de juego, pero olvidó la contraseña de acceso. Queda la promesa de la trascripción digital, los tonos sobre las pulsaciones, los números sobre las letras. Pero los programas de trascripción no pueden emparejarse a la velocidad de lo intercambiable. No hay manera de emparejarse al presente ininterrumpido de lo intercambiable, un presente intercambiable él mismo que actualmente adopta una modalidad retro, unos modos extendidos de remake, rizos y bucles lanzados al desierto del pasado con el fin de poblar con simulacros el vacío del presente. El presente intercambiable nos lleva a creer que el mundo constituido, el “mundo verdadero”, no tiene afuera, ni vías alternas a la recomposición ilimitada ni variaciones al continuum oscuro, nada fuera de la membrana evanescente de la obsolescencia programada, ninguna nota que cortocircuite la banda sonora de congelación profunda que nos ciñe. De ahí esa mixtura de agitación y esterilidad, esa paradoja de una febrilidad estancada, retro, revival, que, según Alain Badiou, es el síntoma de que en nuestros días ya no tenemos prácticamente ningún pensamiento del tiempo.

“Diversidad infinita en infinitas combinaciones”, dice la promesa del mundo intercambiable. Pero resulta que no hay elección posible –a no ser la de decidirse entre tres detergentes apocalípticos y dos candidatos quitamanchas-; que la diversidad no es tal y que las combinaciones han sido moduladas por los poderes.

Ruido blanco, vacío reciclado, despliegue geométrico del poder: en las escalas de distancia, la obsolescencia programada brilla como una roca helada en el curso de su inmersión.

Sobre Salvador Gallardo Cabrera

Nació en Aguascalientes, en 1963. Estudió filosofía en la UNAM. En 1983 obtuvo el premio nacional de poesía joven. Ha publicado: Sublunar (poesía, JGH editores, 1997); Las máximas políticas del mar (ensayo, Vértice, 1998). Colabora permanentemente en la Revista de la Universidad de México, así como en suplementos literarios de México y el extranjero. Es editor de la colección de ensayo Trayectos y devenires. Libros del Umbral publicará en breve Sobre la tierra no hay medida –una morfología de los espacios.