La autoindulgencia en la poesía experimental

Los poetas experimentales de las últimas décadas, al igual que sus predecesores vanguardistas, han criticado y parodiado continuamente el aura romántica y suspirante que históricamente se asocia a la poesía. Rara vez, sin embargo, se han hecho cargo de la nueva aura que ellos mismos han comenzado a desarrollar a partir de una supuesta pureza en la manipulación seria y concienzuda de técnicas muy específicas y la aparente indiferencia respecto a una popularidad masiva de sus propuestas. Pareciera que el rótulo de “poesía experimental” fuera un sello de calidad incuestionable, lo que promueve la autoindulgencia e impide reflexionar sobre condiciones básicas para cualquier receptor que no sea otro poeta experimental. Así ocurre cuando se nos somete a un poema sonoro o una performance cuyo tiempo de exposición suele atentar contra muchas paciencias, en función de un determinado “estado” al que se supone que hay que llegar, pero que muchos de nosotros ni siquiera vislumbramos. También se observa una inconsistencia en la invitación, como parte de una disolución de la jerarquía del autor, a un grado mayor de participación de los receptores. En prácticas colectivas como las acciones poéticas o happenings, suele crearse una liberación apenas ilusoria por parte de un director de orquesta que no quisiera renunciar a sus atribuciones. No es muy distinto a lo que ocurre con algunas obras digitales interactivas, donde el exceso de órdenes y sobreexplicaciones apabullan al manipulador, subrayando la asimetría entre el manejo tecnológico de quien diseña la obra respecto de quien la hará funcionar.

Aunque defiendo de manera entusiasta y quizás demasiado optimista la actitud de exploración en cualquier lenguaje artístico, la verdad es que, al menos en mi experiencia de lector o auditor, me he aburrido con obras novedosas en un porcentaje similar al que me he aburrido con obras convencionales. Pienso, entonces, que también se hace necesario desmitificar las labores de los propios poetas experimentales, y borrar, de paso, esa impostada seriedad que sólo esconde la imposibilidad de la ironía y autocrítica. Advierto que jamás he pensado que las obras deban alterarse para satisfacer la pereza o simplismo de cualquier tipo de público, pero también me parece excesivo refugiarse en esta aura a la que me refiero para justificar los caprichos de algunos poetas que llegan a este tipo de prácticas pretendidamente innovadoras como una forma de trabajar menos y de disfrazar con conceptos sus carencias. Como creo que el punto de partida de cualquier escritura deben ser los materiales con que se trabajará, de momento que una pieza considera a sus receptores como un elemento central del soporte o su funcionamiento, no se puede eludir la reflexión sobre sus expectativas, grados de atención y disponibilidad. Es obvio que no es lo mismo leer de pie sobre un escenario que recitar un poema por teléfono, así como no es lo mismo esperar que un internauta perdido active una interfaz que interpelar a gritos a los parroquianos de un bar. Sin esta conciencia, los intentos de interacción o de provocación pueden terminar convirtiéndose sólo en fondos de pantalla o música ambiental.

Robo un planteamiento de Charles Bernstein: “Poetry should be at least as interesting as, and a whole more unexpected than, television”. ¿Es posible hacer un poema más impactante que la confesión inesperada de una estrella del cine? ¿O un poema más entretenido que un buen partido de fútbol? Lo veo muy difícil, pero mientras tanto propongo que al menos habría que pensar en las reales apacidades de resistencia de los auditores y considerar seriamente en recortar los tiempos de las fascinantes performances que estamos imaginando a la mitad de lo que habíamos presupuestado. Mairead Byrne, en una divertidísima comparación entre la poesía y el stand-up comedy, explicita este acuciante problema: mientras que un buen comediante siempre acierta en el momento que debería terminar su rutina, “poets don’t know how to end. They’re always saying ‘Do I have time for one more?’ Or ‘I’ll just read one, no two, well maybe three more.’ How about none more? How about DON’T?? Stand- ups don’t say Do I have time for another joke???” No.

Sobre Felipe Cussen

Es Doctor en Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra e investigador del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile. Sus investigaciones se han centrado en el ámbito de la literatura comparada, especialmente en el hermetismo poético, la literatura experimental y la mística. Junto a Marcela Labraña editó la antología Mil versos chilenos. Ha publicado los libros de poesía Mi rostro es el viento, Esto es la globalización: y Deshuesos, y la novela Título, y también ha presentado poemas visuales, poemas sonoros, videos y performances. Ha trabajado con el músico Ricardo Luna en obras que combinan música, poesía y proyecciones visuales. Es miembro del Foro de Escritores.