LA MUERTE DEL CRÍTICO

« La naissance du lecteur doit se payer de la mort de l’Auteur »

(R. Barthes)

21 ha aparecido a bordo del Tren del Crimen que cada año conduce a los principales escritores de novela negra hacia la ciudad de Gijón y que en esta ocasión, a causa del homenaje que se le ha rendido al ladrón de guante blanco Arsène Lupin, ha salido de París. Sin embargo a medio trayecto un novelista ha aparecido muerto, otro se ha suicidado y una tercera plumífera acaba de ser descubierta acuchillada en la cafetería. Mientras los escritores de novela negra acuden en masa hacia la dicha cafetería, el Crítico ha bloqueado con su masivo cuerpo el camino a 21.

— ¡¡¡Te voy a matar!!! 

El enorme Crítico avanzaba hacia él, ocupando casi todo el pasillo del vagón, blandiendo en alto su bastón-daga y desarreglando su traje oscuro con el esfuerzo. Descolocado, un peluquín gris coronaba los rasgos elefantiásicos que nacían en una gran papada.

Detrás, una rubia platino, larguirucha y ya entrada en añitos acariciaba lánguidamente su bufanda de visón mientras miraba a través de las ventanillas del Tren del Crimen.

La noche oscura del campo francés rodeaba al tren, detenido desde hacía tres horas.

— ¡Lorna, lo voy a degollar! -gritó rabiosamente el Crítico.

— Sí, cariño –respondió la mujer sin girar la cabeza y abriendo la ventanilla.

21 seguía sin entender nada.

Saltó por encima del cadáver que yacía a sus pies, entorpeciéndole el paso, y siguió retrocediendo hasta el extremo del vagón, donde intentó abrir una puerta lateral cuyas escalerillas daban al exterior…

Estaba cerrada.

Al principio de la noche, cuando se descubrió el cadáver del melenudo, Taibo, el organizador del Tren del Crimen, había aislado el vagón.

21 se giró para golpear el cristal de la puerta corredera interior con el codo, pero sólo consiguió hacerse daño. Buscó la señal de alarma, observó el extintor, atrapado detrás de un vidrio y ojeó la noche por la ventana de la portezuela lateral.

El Crítico pisoteaba el cadáver ensabanado.

— ¡Toma, manifiesto! ¡Toma Desastre de la Cultura! ¡Toma literatura, plumífero del tres al cuarto!

Con sus tremendos zapatazos se corrió la sábana y apareció la cara desfigurada y ya con rigor mortis del greñudo novelista “Paquito”. La estilográfica seguía clavada en el ojo izquierdo.

21 empezó a gritar pidiendo auxilio.

Pensaba en los escritores que habían corrido hacia la cafetería cuando el Crítico apareció anunciando el asesinato de Jacinta: el corro en torno al compartimento donde se ahorcó el insoportable Manías se había disgregado en cuestión de segundos. Un inesperado bastonazo en el antebrazo, que seguía doliéndole, había impedido la huída de nuestro héroe. Luego el Crítico había desenfundado la daga que escondía su bastón de nogal.

21 agarró nerviosamente el pequeño martillo encima del extintor y golpeó el vidrio hasta hacerlo añicos.

Una vez más le habían salido mal las cosas. Había despertado a la bestia que dormía en el amargado Crítico. Ya antes había observado este proceso con el otrora respetable doctor Martínez, ahora uno de los asesinos más buscados de la Comunidad de Madrid. Pero en este caso no había sido el responsable…

Y una vez más su sueño recurrente de volar hasta Brasil y edificar allí un imperio del Crimen en condiciones se desvanecía, como castillo de arena disuelto en meado de garoto carioca…

Tenía que ganar tiempo como fuera.

— Vamos a ver, señor Santos, ¿usted por qué me quiere matar?… No tiene ningún sentido…

— ¡Odio a todos los escritores! -gruñó el Crítico, apoyándose un momento sobre el lateral antes de acometer la última embestida.

La alargada daga que remataba el bastón estaba negra de sangre seca. Posiblemente la de Jacinta.

— ¿Terminas cariño? -preguntó Lorna con voz monocorde, todavía asomada a la ventanilla, unos pasos atrás.

— ¡Los odio a todos! ¡Después de tantos años machacándolos espiritualmente desde mis columnas, por fin tengo la sensación física de destrozarlos con mis manos!

El Maestro seguía resoplando.

— ¡Me gusta! ¡Voy a matar a todo el tren!- siguió respirando trabajosamente y aprovechando para levantar de nuevo el arma.

— Vale, vale, todo eso está muy bien pero… ¿qué tiene que ver conmigo? ¡Yo no soy ningún escritor!

— Tú lo empezaste todo, chico listo… Viniste a tentarme, me enseñaste el camino con tu diabólico plan… Implicar al tonto de Manías fue sencillamente genial, ¿verdad Lorna? -el Crítico volvió la monstruosa mollera.

— Lo fue, cariño –repuso Lorna, impávida, en la misma posición -. Date prisa o llegarán.

— Estoy cansado, Lorna….Hemos corrido mucho después de matar a esa zorra de Jacinta.

— Lo sé, cariño.

— El Manías podía haberse aguantado un poco más… Voy, le abro la puerta para que se escape y el muy calzonazos se nos cuelga. ¡Voy a destriparlo después de éste!

— Era… era el crimen perfecto -dijo 21 cubriendo con su espalda el extintor.

El Crítico se rió. Respiraba agitadamente.

— Tú y yo sabemos que existe, pequeño Alex… ¡Les hemos dado por culo a todos esos novelistas negros de mierda! ¡Lameculos, venid a lamérmelo ahora como habéis hecho siempre! Toda una vida soportando vuestras masturbaciones intelectuales, vuestros narcisismos, vuestras agotadoras rencillas, vuestros interminables, “sí, Maestro”, “ven, Maestro”, “lee esto, Maestro”, “¿por qué me ha hecho esto, Maestro?”… Morid todos, igual que va a espichar el Maestro.

21 intentó argumentar, pero el bastón-daga cortó el aire a pocos centímetros de su rostro.

— ¡Calla, no te vas a librar hablando!.. ¡Me da igual lo que me pase, me estoy muriendo! ¡Pero antes de que me cojan me llevaré a unos cuantos conmigo!… ¡Después de tí va el Taibo ¡Cabrón mejicano, que ahora que va de internacional cree que mis críticas no le afectan!… ¡Igual mis críticas no, pero mis cuchilladas…!

— Cariño…

— ¡Calla tú también! ¡Quiero hablar, ¿me habéis oído?! ¡Va a hablar el Maestro!

21 asintió, un tanto tembloroso.

 
El Maestro resopló. Luego continuó, algo más tranquilo pero sin bajar el bastón:

— He hundido la cultura en este país yo solo… Cuando veía que alguien tenía un talento especial, no paraba de darle palos hasta que bajaba la cabeza… Siempre pasaba igual. Venían de fuera como si hubieran visto a la virgen… Y dale con sus teorías… Pero los he jodido bien… A muchos, ¿eh? Podían llenarse cuarenta trenes como éste con mis cadáveres literarios.

21 flipaba. El Crítico estaba delirando. Pero mientras que hablara…

— Y el Paquito me quería joder, ¿eh, barbudo?

Se giró hacia el cadáver.

— ¿A tí qué te podía importar que ganara un poco de dinero? … A los políticos les viene bien que publiquemos mucho, aunque nadie lea, para blanquear dinero. Como los mecenas del renacimiento, qué releches. ¿Cómo te atreviste a publicar ese manifiesto? ¡Qué noventayochismo ni qué niño muerto!… ¡Ellos están muertos y muy bien muertos! ¡Igual que tú! …¡España no necesita a nadie!

— Cariño, creo que van a llegar…

— ¡Me da igual! ¡Que vengan! ¡Los voy a matar a todos! ¿No querían Tren del Crimen! ¡Pues ahí está! ¡Y van tres!… ¡Y ahora cuatro!

El mortífero bastón se alzó y el Crítico descargó un terrorífico golpe con todos sus ciento veinte kilos…

21, evitando la hoja, se protegió como pudo con el antebrazo derecho.

Sintió un dolor intenso y casi cayó de rodillas, junto al extintor. Seguro que le había fracturado el hueso. Lo tenía todavía frágil desde el hospital. Otra vez…

De nuevo se izó el bastón-daga. 21 sintió el cuerpo flojo. El estómago le daba vueltas mientras agarraba desesperadamente el rojo tubo metálico del extintor y se disponía a…

— ¡Vas a morir, Alex!

— Creo que no, cariño. Ya estoy cansada de esperar. 

21 todavía tenía la mano en el extintor cuando resonó el disparo. Había tardado lo suyo, la muy…

El Crítico se llevó la mano izquierda a la chaqueta. Empezaba a haber sangre.

Se giró, bajando el bastón para tratar de apoyarse sobre él.

Su mujer seguía sujetando desidiosamente la pequeña pistola plateada.

— Has tardado tu tiempo, mi pequeña furcia… pero lo has conseguido…

— Te quiero, cariño.

— Ya no moriré de cáncer, ¿verdad, Lorna?

— No, cariño.

— Pero… no… he conseguido… matarlos a todos.

Cayó pesadamente, postrándose de rodillas y soltando el bastón.

— Lorna… dime que me quieres.

— No cariño, eso no.

— Dime… que lo has hecho por mí.

La rubia dudó un momento, mordiéndose el labio:

— Creo que sí, cariño.

— Entonces… me quieres, Lorna -masculló el enorme Crítico, arrastrándose de rodillas en un último intento por acercarse a su amada.

Consiguió aferrarse a las largas piernas enfundadas en nylon negro.

Lorna le acarició el pelo.

— Sí, Monstruo.

El Crítico se apoyó contra la pared, las manazas todavía abrazadas a las piernas de ella.

— ¿Me… me voy a morir… Lorna?

— Sí, cariño.

La mole empezó a toser laboriosos grumos de sangre.

Los escritores, luciendo casi todos lustrosos bigotes, entraron en tropel en el vagón.

Los lideraba Taibo, un hombre corpulento y con el más lustroso mostacho de toda la panda, al más puro estilo zapatista.

Le seguía el joven Toni Romero, el cráneo rapado reluciente bajo las luces mortecinas del tren.

Volvían de la cafetería, donde acababan de ver el cadáver horriblemente mutilado de Jacinta, la novelista mitómana. Horrorizados, habían caído en la cuenta de que el autor de todos esos crímenes finalmente no había podido ser Manías…

— ¡Maestro! -clamó uno de los bigotudos al ver la pesada mole caída en el suelo.

— ¡Que… os den… por… culo! -respondió esforzadamente el Crítico entre bocanadas de sangre.

21 observaba la escena desde el suelo.

El extintor yacía a su lado. Todavía le dolía el brazo. Oyó las sirenas de la policía francesa acercándose en la noche.

A buenas horas, pensó ojeando su reloj. En eso los gabachos no tenían nada que envidiar a los españoles. ¡Tres horas habían tardado!

— Menudo happy end más fallido -murmuró uno de los bigotudos, mientras observaba la lenta agonía del Crítico en brazos de Lorna.

— Anticlimático- añadió otro, a modo de epitafio.

21 se incorporó, hipnotizado también por el delirante maníaco, que seguía amenazando a los escritores con un gesto vago de su ensangrentada manaza.

Pero ya su cabeza estaba en otra parte, pensando en la versión que tendría que dar a la Gendarmería.

— En cierta medida es una lástima- murmuró alguien del grupo agolpado tras la figura de Taibo.

— Supongo que tenía algo de precursor -concluyó el organizador del Tren del Crimen que empezaba a recuperar el color, dirigiéndole una última mirada al Crítico.

— Clásico -observó un tercero, al oír las voces autoritarias de los agentes de la ley irrumpiendo en el tren -. Siempre llegan tarde.

Y luego todo fueron gritos y pistolas.

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