Mario Montalbetti

 

“Nadie sabe nada del desierto”
Eduardo Milán

“Al modo de la semilla se esconde la palabra”, escribió María Zambrano. Uno de los escritores que han decidido buscar esta semilla en los espacios más agrestes es Mario Montalbetti (Lima, 1953), quien en diciembre de 1995 publicó Fin desierto. Este volumen, preparado en conjunto con los diseñadores Armando Andrade y Verónica Majluf, de Studio A Editores, sorprende a sus lectores apenas lo abren, pues se trata de un solo pliego de papel de 12 metros, doblado en casi 90 páginas, en las que aparecen versos diseminados en tintas negra y roja con diversos cuerpos, tipografías y disposiciones espaciales. Al igual que otros casos célebres en cuanto al aprovechamiento gráfico de un poema (desde el Coup de dés de Mallarmé, incluyendo otros que también fueron editados en un solo pliego, como 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat y Blanco de Octavio Paz), este libro reclama una especial atención a sus componentes. Se establece así una retórica más abierta gracias a los espacios en blanco, los signos de puntuación sueltos, la ampliación o disminución de los tamaños para marcar distintos énfasis, o las palabras estiradas hasta que sus letras se separan. Y más allá de una musicalidad propiamente sonora, la reiteración de la palabra “nada” en rojo a través de las páginas, la recurrencia de una determinada tipografía al inicio de una serie de versos, o los ecos entre frases distantes marcadas con negrita o alineadas en un determinado margen, obligan a distinguir lo que podríamos calificar como rimas visuales.

No se trata, entonces, de un desierto plano, sino de uno que esconde numerosos oleajes. No en vano este texto se inaugura declarando: “Hay un desierto a la deriva”, y más adelante persiste la comparación, como si el desierto fuera aquello que queda una vez que el mar se ha retirado: “a falta de caracolas marinas me acerco piedras al oído”. Son los restos, pasados y futuros, de esa extensión que también es una memoria reclamando sus arqueólogos: “Entierro mis ojos, / estudio mis manos, mis uñas / son rabia fosilizada”. Otros hilos van entrelazándose para aumentar la densidad semántica de Fin Desierto, que no se limita a un relato abstracto u onírico, pues el sujeto habla desde su precariedad, desde su cotidianeidad más prosaica y rabiosa (“Varado en el oasis sin papel higiénico”). Por momentos el desierto también puede convertirse en una mesa preparada para la ofrenda, así como para el erotismo y el sacrificio, pero sus valores son invertidos: “Este es el verso en el que la sangre se vuelve vino”. En efecto, a diferencia de la tradición bíblica, éste es un espacio en que la espera no obtiene recompensa: “Ya no viene el que viene; ya no es el que es; //demasiado hedor y demasiado tarde / para jugar al sacramento”. Se escribe desde la conciencia que la religión ya no puede ligar nada, y que no existe guía posible en el destierro; el último verso (“el desierto es mi pastor, todo me falta”) concluye que no se puede persistir en la búsqueda de ninguna tierra prometida, pues este desierto no es un paso o una prueba, sino una estación terminal, el resumidero de la imposibilidad, la carencia, el desvarío y la destrucción. Evidentemente, el lenguaje de estetriste huayno se ve afectado en sus capacidades para reconstruir lo real (“Escribimos para tapar los hoyos / y reparar las faltas”) y se ve envuelto en el mismo vértigo de la altura altiplánica. Como señala William Rowe, en su artículo dedicado a este libro, las palabras finalmente terminan por asimilarse a la ausencia que producen, es decir, al referente que no convocan sino mediante su propia forma: “las palabras que son como pozos que contienen su propia ausencia / ¿dónde están?”, vuelve a preguntarse Montalbetti. Estas palabras transformadas en tumbas de sí mismas, tumbas abiertas cuyos restos se han perdido, confirman que la opción visual de este libro no es un mero capricho, sino una manera de representar la dispersión.

Se entiende, en consecuencia, que además de circunscribir tal o cual desierto geográfico, también se pretende dar cuenta de su modulación en un similar estado interior. “Llevo dentro el desierto” no sólo significa cargar con un recuerdo, sino asumir la soledad en la que desemboca todo proceso de escritura. Maurice Blanchot, refiriéndose precisamente a Mallarmé, lo explicaba así: “Quien profundiza el verso, escapa del ser como certeza, encuentra la ausencia de los dioses, vive en la intimidad de esa ausencia, se hace responsable asumiendo el riesgo, soportando el favor. Quien profundiza el verso debe renunciar a todo ídolo, debe romper con todo, no tener la verdad por horizonte ni el futuro por morada, porque de ningún modo tiene derecho a la esperanza: al contrario, debe desesperar”. En empresas como éstas no caben iluminaciones divinas, poses de malditismo, ni menos retrocesos hacia sitios más seguros; como también indica Eduardo Milán, se debe asumir y enfrentar la crisis de la expresión que sólo se evidencia bajo estas condiciones: “el desierto es el teritorio de la neutralidad donde todo, absolutamente todo, puede ocurrir dentro de los límites del ser, todo poeta que se precie en algo, que se estime como creador, no sólo debe padecer ese momento de la nada: deberá buscarlo, llegar al límite de decisión de su decir”. Creo que éste es el espacio que Montalbetti ha querido desplegar, un desierto en el que los espejismos se fragmentan y aumentan el desamparo no sólo de su autor, sino también del lector, que seguirá caminando en en pos de la misma búsqueda, de la misma pérdida.

Esta voluntad no queda clausurada con Fin desierto. Al igual que Llantos elíseos (2002), Cinco segundos de horizonte (2005) demuestra la persistencia de este proyecto, citando, mezclando y contradiciendo algunas de sus sentencias. En uno de sus versos, se indica: “Espero el fin del desierto”. Pero unas páginas después decide: “El fin es seguir”.

 

Texto seleccionado

Hay una palabra a la deriva

enterrada entre tormentas.
Hay un ave intoxicada

durmiendo sobre el abismo
y hay un abismo tras otro

inmensamente invisibles.

Hay una cierta ciencia
que los viejos despliegan

mientras buscan la clave de sus visiones.

Hay cosas que se abren
para adentro
(hay arlequines muertos)

hay cosas que se abren
para afuera

con solamente tres golpes de piano,
tres sorbos de té, tres nueces.

“¿Qué hay de nuevo?”
Afortunadamente nada.

La palabra ha sido quebrada
y la suma de todos sus fragmentos

es ahora destrucción.

 

Mario Montalbetti. Fin desierto. Lima: Studio A Editores, 1995.