Paseos con Robert Walser y Juan Emar

Al igual que Walser, el chileno Juan Emar también forma parte de este presente literario que construimos rescatando del archivo del olvido aquellas palabras en las que nuestra imaginación encuentra eco y morada. La vida del escritor suizo Robert Walser (1878-1956) es la historia esquiva de una desaparición. Entre los años 1904 y 1925, antes de sucumbir a una enfermedad mental hereditaria, Walser se dedicó a escribir profusamente. Publicó quince libros, entre los que se cuentan Los hermanos Tanner, Jakob von Gunten La rosa.

(Universidad Diego Portales)

Comenzaré esta marcha tras los pasos de Juan Emar y Robert Walser visitando una pasaje de El anillo de Clarisse, en el que Claudio Magris plantea:

la historia literaria de estos años se halla marcada ante todo por los libros que han sido redescubiertos y recuperados a modo de voces que responden a nuestras preguntas: los narradores de nuestro tiempo son Robert Walser o Musil, publicados de nuevo medio siglo más tarde y no los autores que se asoman a las crónicas de la temporada. El destino de los dos últimos decenios lo encontramos escrito en muchas obras de fines de siglo o de los años treinta. (1993: 430)

Al igual que Walser, el chileno Juan Emar también forma parte de este presente literario que construimos rescatando del archivo del olvido aquellas palabras en las que nuestra imaginación encuentra eco y morada. La vida del escritor suizo Robert Walser (1878-1956) es la historia esquiva de una desaparición. Entre los años 1904 y 1925, antes de sucumbir a una enfermedad mental hereditaria, Walser se dedicó a escribir profusamente. Publicó quince libros, entre los que se cuentan Los hermanos Tanner, Jakob von Gunten y La rosa. El 25 de diciembre de 1956, después de comer con los otros pacientes del sanatorio mental en el que pasó los últimos años de su vida, Robert Walser salió a dar un paseo. Enrique Vila-Matas, en un episodio de El mal de Montano, describe esta caminata de Walser por la nieve:

Desde la cumbre se disfrutaba una gran vista sobre las montañas de Alpstein. La hora era tranquilizadora, era el mediodía, y fuera había nieve, nieve pura hasta donde alcanzaba la vista. El caminante solitario se puso en marcha, comenzó a aspirar a pleno pulmón el claro aire invernal. Dejó atrás el sanatorio de Herisau. (…) Dos niños le encontraron tumbado y muerto en la nieve, extasiado eternamente ante el invierno suizo. (2002: 285)

Vila-Matas termina de trazar ésta, su propia huella sobre la senda invernal del escritor suizo con las siguientes palabras: “Walser o el arte de desaparecer en Navidad, de saber abandonar en fecha tan sentimental el cuarto de los escritos, de los espíritus” (286). Alude, así al párrafo inaugural de El paseo (publicado originalmente en 1917), uno de sus libros más conocidos: “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle” (1997: 9). Creo que incluso en un fragmento tan breve como éste es posible percibir su peculiar manera de contar las cosas, estilo que el propio narrador del texto comenta: “no podrá extrañar que diga que escribo todas estas, espero, elegantes y pulidas líneas con pluma de Tribunal Supremo. De ahí la brevedad, precisión y agudeza lingüísticas que pueden percibirse en algunos pasajes” (29-30). Ahora bien, esta clase de reflexiones sobre la naturaleza de la escritura interrumpe en reiteradas ocasiones el curso de la historia. Hacia el final del libro, por ejemplo, el narrador cuenta que un campesino ha derribado un nogal, acción que a su juicio merece un castigo ejemplar: nada más y nada menos que mil latigazos y la expulsión de la comunidad. Inmediatamente después, cuestiona su propio discurso, manifestando una especial preocupación por la pertinencia del léxico empleado:

Quizá he ido demasiado lejos en lo que respecta al árbol, la codicia, el campesino, el transporte a Siberia y los azotes que al parecer el campesino merece por derribar el árbol, y he de confesar que me he dejado arrastrar por la ira. (…) Yo mismo repruebo la expresión ‘cretino’. Desapruebo tan fea palabra y ruego al lector que me perdone. (62-3)

Es probable que a los lectores de Juan Emar les resulte familiar este tipo de composición en que un narrador en primera persona da cuenta del acontecer de manera escueta y objetiva, no se inmuta ante la naturaleza absurda o asombrosa de lo narrado pero sí se preocupa por la forma, el modo en que los hechos han sido relatados. Así, por ejemplo, en el capítulo de Un año dedicado a las peripecias del 1º de abril, el narrador-personaje comenta la inconveniencia de una palabra. En el cuerpo del texto describe el aspecto de los cosacos que ve pasar por la calle y señala que cada uno de ellos tiene “una sonrisa de alambre” (1996a: 30). En una nota a pie de página da cuenta de la génesis de esta expresión: “En mi original había escrito ‘una sonrisa estereotipada’. Lo leyó Vicente Huidobro. Me dijo: -No pongas tal cosa. Es la frase fatal de cuantos se sienten literatos… Pon…, pon…, espera…, pon ‘una sonrisa de alambre’. ¡Eso es!” (30). En el episodio del 1º de enero también aparece una reflexión de este tipo. El protagonista cuenta en su diario que ese día cuando empezaba a subir hacia la cumbre de una torre a la altura del vigésimonono peldaño, dio un trastabillón “(¡qué linda palabra!)” (18), comenta. Estas cavilaciones dibujan la figura de un narrador que, como Pedro Lastra señala respecto de Eduardo Anguita (cuando lo compara con Emar), “no sólo observa su proceso de escribir y reflexiona al pasar sobre una determinada palabra, sino que levanta de pronto la vista de la página, por así decirlo, para enfrentar y contradecir al lector convertido súbitamente en un interlocutor directo” (1994: 20). Mediante estas reflexiones sobre la textura de lo escrito, todos los elementos del andamiaje oculto de la narración emergen a la superficie. Es así como el narrador no sólo toma conciencia de sí, de su papel en el proceso de la escritura, sino que además ilumina la presencia del lector. Cierto es que cada texto inventa su lector, pero en el caso de autores como Walser y Emar esta figura emerge de manera explícita. El narrador-personaje de El paseo de Robert Walser concluye el análisis de su propio relato de la caída del árbol señalando que:

Como ya he tenido que disculparme varias veces, he alcanzado cierta práctica en la cortés petición-de-disculpas. (…) ¿No es encantador cómo corrijo los errores y allano las faltas? Al hacer concesiones, demuestro ser pacífico. (…) Quizá nunca un autor haya pensado en el lector, de manera constante, tan tierna y gentilmente como yo. (64)

Con un sesgo de ironía, medita aquí sobre su actitud deferente hacia el lector, preocupación que a mi juicio encubre su real intención:desnudar el artificio de la narración meditando en voz alta sobre la naturaleza de la creación literaria. Juan Emar también suele plasmar en su escritura esta preocupación constante por lo que el lector pueda opinar o entender. Aún más, en no pocas ocasiones Emar intenta acotar, precisar la imagen del narratario. El caso más claro es Umbral, que puede ser considerada como una gran epístola dirigida a Guni Pirque, uno de sus personajes.

Por otra parte, tanto en El paseo como en Un año, la figura del narrador tiende a confundirse con la del autor, ya que en ambos textos el protagonista es un escritor que relata su historia en primera persona. En el caso del libro de Walser, en el ya citado primer párrafo (“Declaro que una hermosa mañana…”), el protagonista al salir a pasear abandona un lugar particular de su casa: “el cuarto de los escritos o de los espíritus”, interesante imagen que Walser utiliza para referirse al escritorio del protagonista, al lugar en el que emanan las historias. En Un año de Juan Emar la identificación es más sutil ya que se marca principalmente a través de los pasajes metaliterarios, es decir, en las notas a pie de página y en el último episodio del libro, que dan cuenta del control textual que este narrador-escritor siente la necesidad de ejercer.

Regreso al texto del escritor suizo para revisar un pasaje que aborda otro aspecto de este asunto: el éxito o fracaso de una carrera literaria. “He escrito libros”, nos cuenta el narrador, “que por desgracia no han gustado al público y las consecuencias de ello son angustiosas. (…) El vivo interés por las bellas letras se da de manera en extremo escasa, y la crítica implacable que todo el mundo cree poder ejercer y cultivar sobre nuestra obra constituye otra fuerte causa de daño y frena (…) la realización de cualquier bienestar” (51). Esta situación ciertamente se aproxima bastante a la recepción real de la obra de Walser por parte de sus contemporáneos. En cuanto a Emar, quizás a estas alturas resulta incluso un tanto majadero insistir en que su obra fue víctima de la incomprensión del público y de la crítica de su época. En una carta que le escribió a su hija Carmen el 28 de junio de 1957, Emar señala: “Yo sigo escribiendo mucho: voy en mi libro ‘Umbral’ en la pag. 2.407 y tengo todavía para otras tantas páginas. No pienso publicar mientras yo viva. Después lo verán mis ‘herederos’. No quiero ni me interesa la opinión de críticos ni de público” (1998: 35). Estas palabras permiten imaginar la sensación de fracaso que debe haber experimentado tras la publicación de sus novelas y cuentos en los años 30.

Además de estas sintonías, también sabemos que Juan Emar y Robert Walser frecuentemente visitan en sus escritos el tema del paseo. El escritor suizo, en su novela homónima, registra precisamente el devenir de una accidentada marcha. Ya he revisado el comienzo de este texto, por ende, sabemos que el narrador abre su relato contando que una cierta mañana experimentó la intempestiva necesidad de salir a caminar. La narración da cuenta de las peripecias ocurridas en este largo paseo que se extiende hasta la llegada de la noche. En Un año de Juan Emar, en tanto, muchos de los días que se registran en el diario están marcados por los sucesos acaecidos en los paseos que el narrador emprende por la ciudad, hacia el mar o en un barco.

Más allá de la anécdota, lo interesante es que en la obra de ambos escritores el paseo representa la posibilidad de abrir la puerta a lo inquietante, a aquello que se aparta en mayor o menor medida de la lógica cotidiana. Así, lo inesperado acecha al paseante de Walser, al transeúnte de Emar. En este sentido, el paseante pone en peligro sin proponérselo el precario mecanismo de la costumbre y se convierte, por tanto, en sospechoso. Vale la pena mencionar ahora a otro ilustre miembro de esta escuela de paseantes que vamos conformando: Franz Hessel. En su libro Paseos por Berlin (cuyo epílogo “El retorno del flâneur” pertenece a Walter Benjamin), declara:

Caminar despacio por calles llenas de gente es un placer singular. (…). Pero mis queridos paisanos berlineses me dificultan hacerlo (…). Siempre recibo miradas de desconfianza cuando intento ‘flanear’ por entre los ocupados transeúntes. Me da la impresión de que me toman por un carterista. (Hessel 1997: 33)

Y luego sostiene que en su país “se está obligado a tener obligaciones; en caso contrario, no te está permitido hacer nada. No se puede ir a cualquier lugar, sino a un determinado lugar” (34).

En su cuento “El perro amaestrado” de Juan Emar, el narrador y sus amigos adiestran a un perro en el arte de atacar transeúntes. Desiderio Longotoma, el amo del perro, justifica así estos ataques:

Todo transeúnte es un absurdo. Cada ser humano cuando está quieto o cuando se entrega a sus actividades o satisface sus necesidades vitales, puede ser razonable. Pero al convertirse en transeúnte se convierte en un absurdo. Amigos, ¡hay que vengar tal absurdo! (1997: 74)

Estamos, entonces, ante el mismo juicio negativo de los berlineses de la época de Hessel respecto al caminar sin rumbo del flâneur. Pero el narrador, secuaz de Desiderio, se convierte veintitrés años después en un transeúnte, es decir, deja de lado la razonable preocupación por el trabajo y los afanes cotidianos, entregándose a la absurda actividad de pasear. Es entonces, cuando a poco andar en esta nueva piel, experimenta lo imprevisto:

De pronto, a pocos metros ya del cerro, me ofusqué. Vacilé por un centésimo de segundo. Todas aquellas vías se me confundieron, se me enredaron en un embrollo tan súbito e inesperado que me punzó la sensación aguda de un misterio -obscuro, temible, efervescente– que surgía en todo aquel barrio. Y en aquel misterio que así bulló, Ella estaba. (…) Entonces el barrio todo, al revolverse con Ella, rebotó en mi sexo. ¡Había vuelto a sentir! Durante el espacio de un centésimo de segundo. Poco importaba. (78-9)

El protagonista de El paseo de Walser vive una experiencia muy similar:

El paseo parecía querer ser cada vez más hermoso, rico y grande”, nos cuenta. “Aquí en el paso a nivel me parecía estar el punto culminante o algo como el centro, desde el que volvería a bajar poco a poco. (…) Casas, huertos y personas se transformaban en sonidos, todos los objetos parecían haberse transformado en un solo espíritu y una sola ternura. Un dulce velo de plata y niebla espiritual nadaba en todo y se tendía alrededor de todo. (…) Anteriores paseos aparecieron ante mis ojos, paro la magnífica imagen del modesto presente se convirtió en sensación predominante. El futuro palideció, y el pasado se desvaneció. Yo mismo ardía y florecía en ese instante ardiente y floreciente. (57 – 8)

El paseo representa así un estado de disponibilidad (o “apertura”, como lo llamaría Julio Cortázar) que permite que determinados imprevistos se constituyan en epifanías. Como explica Robert Walser,

al paseante lo acompaña siempre algo curioso, reflexivo, fantástico, y sería tonto si no lo tuviera en cuenta o incluso lo apartara de sí; pero no lo hace; más bien da la bienvenida a toda clase de extrañas y peculiares manifestaciones, hace amistad y confraterniza con ellas, porque le encantan, las convierte en cuerpos con esencia y configuración, les da formación y ánima, mientras ellas por su parte lo animan y forman. (55- 6)

No se trata de un acto en el que se niega la voluntad; todo lo contrario, pues como indica Walter Benjamin: “perderse en una ciudad como se pierde uno en un bosque requiere una minuciosa preparación” (citado por Palmier en Hessel: 10). Por eso, para que esta disponibilidad logre graficarse en el relato, es preciso recurrir a una forma de narración (y esto lo saben muy bien nuestros autores) igualmente abierta a la divagación y al desvío. Lo indica Lorenzo Angol en Umbral al oponerse al paradigma del escritor que antes de escribir ya tiene todo construido en su cabeza: “¡Él será el arquitecto! (…) Y yo…, yo lanzándome a las tinieblas. Sésamo, ¡ábrete! -tal es mi frase; ella es mi brújula. Estoy siempre a la espera que, al abrirse, me presente algo insospechado” (1996b: 2349). Concordando con estos preceptos, las narraciones de Emar y de Walser se caracterizan por sus permanentes digresiones, pues muchas veces una anécdota no alcanza a terminar cuando ya es reemplazada por otra, o bien, como ya he dicho, resulta interrumpida por reflexiones metaliterarias: no hay una preocupación por mantener la ilación y la coherencia de la acción narrativa, sino más bien por mantener la apertura a lo misterioso y lo inesperado. El dibujo que crean sus paseos tiene la forma de un ovillo completamente enredado, en el que se funden tiempo y espacio, sujeto y objeto. Pues como señala Jean-Michel Palmier en su prólogo al libro de Franz Hessel,

el flâneur no se pierde como en un laberinto, sino que adquiere el sentimiento de hacerse un solo ser con la ciudad. Al igual que aquel pintor chino que según una leyenda budista, a fuerza de contemplar el paisaje que acababa de pintar, termina por perderse en él. (12)


Bibliografía citada

Emar, Juan. Un año. 1996a. Presentación de Roberto Merino. Santiago: Editorial Sudamericana.

—. Umbral. 1996b. “Nota preliminar” de Pedro     Lastra. “Biografía para una obra” por Pablo Brodsky. Santiago: Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos.

—.       Diez. 1997. 3ª edición. Santiago: Universitaria.

—.       Cartas a Carmen. Correspondencia entre Juan Emar y Carmen Yañez (1957-1963). 1998. Selección y prólogo de Pablo Brodsky. Santiago: Cuarto Propio.

Hessel, Franz. Paseos por Berlín. 1997. Prólogo de Jean Palmier: “El flâneur de Berlín”. Epílogo de Walter Benjamin. Traducción de Miguel Salmerón. Madrid: Tecnos.

Lastra, Pedro. 1994. “Eduardo Anguita en la poesía chilena” Prólogo de Poesía entera de Eduardo Anguita. Santiago: Universitaria. 13-25.

Magris, Claudio. 1993. El anillo de Clarisse. Traducción de Pilar Estelrich. Barcelona: Península.

Vila-Matas, Enrique. 2002. El mal de Montano. Barcelona: Anagrama.

Walser, Robert. El paseo. 1997. Traducción de Carlos Fortea. Madrid: Siruela.

* Este artículo está basado en la ponencia homónima presentada en septiembre de 2004 en el XIII Congreso Internacional de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios.