Algunos cuentos

EL MONEDERO

Era un sucio, enfangado, roto monedero. Quizás estaba al lado de aquella colchoneta vieja que estaba tirada en un solar yermo; pero…,  quizás, ahora,  he inventado a ese monedero

Cualquiera que me haya leído, tiene que saber sobre esa colchoneta vieja, tirada en un solar yermo. Diríamos que miles de veces he hablado sobre eso.

O sea, yo convertí en un ícono a una colchoneta vieja.

Pero al  monedero, no. Hasta creo, repito, que al monedero acabo de inventarlo; y hasta creo que, después que escriba esto que estoy escribiendo, no volveré a hablar de él.

Por supuesto que por dentro no tenía nada. Por supuesto que ese monedero estaba vacío.

Vacío. Lo habían tirado al lado de un charco. El charco del solar yermo, donde estaba la colchoneta de la que tanto he hablado.

Diariamente fue  aquella visión, de la que he hablado tanto. Repito:  si es que existió el monedero vacío, yo nunca lo miré, así como, siempre, tuve a la colchoneta vieja como centro de mi atención.

Por supuesto que, en ningún momento, real o irreal, aquel monedero fue nada del otro mundo.

Yo ahora, en este día lluvioso de hoy, por un momento me he creído que una vez, al visitar el solar yermo donde estaba la colchoneta vieja, alguien pudo, en una tarde de 1936, llevar en su bolsillo al monedero.

Pero no. Pero inmediatamente rechazo, por absurdo, ese falso recuerdo del monedero, en una tarde de 1936.

Lo que sí puedo saber es que ese monedero, si es que existió, nunca le pudo interesar a nadie.

Ese monedero –ahora finjo que sueño- en tardes carmelitosas y plúmbeas, conteniendo una tarjeta sin importancia. / Las tardes, carmelitosas y plúmbeas, en que el monedero contuvo una tarjeta sin importancia, estaban llenas de unos ruidos secos. / Y los ruidos secos procedían de una sastrería absolutamente fuera del tiempo, que yo conocí en Jagüey Grande. / Pero ¿cómo se me puede ocurrir esta insensatez que estoy diciendo?

Repito, ese monedero, al lado de la colchoneta vieja, si es que existió, nunca me interesó.

No sé –insisto e insisto sobre lo mismo- por qué hoy se me ocurre hablar sobre ese monedero.

Hubo un tren, y un humo de una tarde, un humo que se confundió con el tren. Pero no creo que, dado el caso de que el monedero haya existido, el monedero pudiera estar relacionado con ese tren, y con ese humo que se confundió con ese tren (¿cómo se me ha ocurrido eso?).
Pero lo que sí puedo decir es que este monedero, que quizás no existió, me hace decir cosas que no tienen ningún sentido.

LA CONGREGACION

Pero lo extraño, lo inenarrable de aquella Congregación era, entre otras cosas, lo que tenía que  faltar, pero cuya ausencia se notaba:
-la mitad del cráneo de un espectro;
-los labios de la dama que se había dejado de reír;
-un pergamino azul, continuamente presente en lo totalmente ausente;

  • el despliegue sexual, pero invisible, de un verdadero champion de la sexualidad;
  • el retrato del que no tenía cara;
  • la sonrisa pontifical, “bautista”, de una santa sin más presencia que una pura diagonal;
  • los mugidos, “oscuros”, del que no era oscuro, sino blanco;
  • Y etc., etc., etc.

Ocupando todo esto una sala “gótica”, pero invertebrada. Una sala donde, si es que alguna vez hubo números (números, digo, o sea: 1, 2, 3, 4, 5…, entienden?), es como si nunca los hubiese habido.
En fin, lo inenarrable. Pero ¿para qué tomarnos el trabajo de hablar sobre lo inenarrable?

BORRADOR DE UN LIMERICK

Cuando me sorprendió lo semejante a la estatua de la madrugada, intenté el borrador de lo que pudiera ser un limerick. He aquí este intento:
Se dice que, el muy raro hombre, en 1936 estuvo / Verde humo aspiró, del vagón que no existió / Así como, también, se dijo que con veinte, cortinas rosadas, vivía / Pero nunca lo han visto –aunque dicen que en un Cine de barrio una vez lo vieron- a este hombre muy raro, muy raro, a quien alguien lo soñó- y esto sólo una vez-  amarrado, y sin salida,  dentro de aquella  sastrería que, si es que estuvo,  en el  año 1936 tuvo que estar.. Pero, ¿fue sólo esto lo que intenté meter en el borrador? No, también quise decir sobre tres kilitos de color lila, mimetizando las calvicies blancas de unas cabezas de cartón. Pero, llegado a este punto, me pareció demasiado. En un limerick no se pueden meter tantas cosas.

MIRANDO LA TELEVISION (COLLAGE)

Estoy desvelado, mirando la televisión. Verdes botellas abiertas.

El nombre de George Washington se desprendió del tranvía 1936. Muchos años más tarde reapareció en el sub de New York, en el  grafiti con una desdentada.

En esa vidriera (1934) donde antes se exhibía Popeye. El payamón de la vieja disfrazada de payaso, círculos coloreados.

Una rosada mano-guante frente al relojito de color violeta. La mano sostiene al collarín, también amarillo, que intenta remendar al cuello.

El hilo que pudiera continuarse, sería igual al mediodía, si es que alcanza para todos los gustos.

EL HOMBRE MUY RARO

Se dice que el hombre muy raro estuvo, en 1936. Verde humo aspiraba de un vagón que no existía.
Así como también se dice que vivía rodeado por veinte cortinas rosadas.
Pero nunca, nunca, nadie lo ha visto –si no es que, algunos, en un Cine de barrio lo vieron, allá por el tiempo de la nana-.
Pero, a pesar de todo, se sospecha que a ese hombre muy raro, alguien lo soñó: sólo una vez, en el Jagüey Grande de 1936, y metido dentro de la destartalada sastrería de Chateloín.
No hay duda de que un minicuento puede no tener ni pie ni cabeza. Pero las cosas son así.

¿HA SIDO UN SUEÑO?

Al descender, lo que encuentro es una helada vivienda. Pensándolo bien, quizás se trate del Infierno, pero…
No hay duda, se desciende. Se desciende, sí, como si se estuviera en un ascensor.

Inesperadamente, leo (¿leo?) que una familia 184 (¿una familia 184?, ¿qué significa eso?) vivía abajo, o sea, en el Infierno.

Descender, entonces, hasta el real punto donde estaría el hielo. Es eso, aunque…; no, no es eso.
No es eso, precisamente. Es un sí, y es un no. Eso es, y no es.

Pues, se desciende a un lugar helado que tendría que ser el Infierno.

Pero, para mayor confusión me digo, casi sin saber lo que me digo, que Néstor Sánchez, el argentino, bien pudo haber sido el Virgilio conductor a través de la helada vivienda.
La helada vivienda que, cuando me acerco a ella, con un silencio me despierta. Con un silencio que se parece a un ruido. Un ruido que también está helado.

Y, entonces, ya  totalmente despierto, me pregunto si el  humo (¿qué humo?) puede parecerse a un manicomio.

TARDE DE ABURRIMIENTO

Estaba tan lleno de aburrimiento, que hasta pensó entretenerse con la Teoría del Caos.

Comenzó por fingir, entonces, que se estaba leyendo la noche que tenía enfrente (no había estrellas, pero eso no importaba).

Luego fingió (aunque sin tomar en cuenta los detalles) lo que, frente a sus ojos, una vez tuvo: la posibilidad de colocar, en el centro de un collage, el menú de cuarta clase de un restaurante, de cuarta clase, de un Hotel de provincia.

Pero, fueron inútiles sus esfuerzos por salvarse del aburrimiento. Ni siquiera le valió el intento de convertir, los pesos que gravitaban sobre él, en un   sueño (sueño bastante borroso, por cierto).

Así que, sin dejar de despreciarse a sí mismo, terminó contándose una absurda historia.
La historia de una dama con medias negras que, al bajarse de un vagón, distendió unas diagonales. Y esto, así, para imitar una visión de cuarta clase, tomada de ese pintor pseudo-cubista que exhibió, en una horrible galería que ya se le estaba olvidando a todo mundo, pero que, ahora, con motivo de la tarde de aburrimiento, como por arte de magia se le está apareciendo, en el recuerdo, a todo mundo.
¿Se quiere cosa más idiota?

TIRITAS

Cuando en la niñez me agarró el sarampión, el Médico me dijo, al llegar por la tarde: “Hago constar que tiritas, más tiritas. Hago constar que los pedacitos de colores, derramados por el suelo”.
Aunque, ahora, me veo obligado a rectificar aquello: el Médico no pudo sólo hablar de tiritas de colores, ya que en ese momento del sarampión, siempre estuvo la Araña, intentando inventarme. Pero ¿podré entender esto?
Pero, ¡qué raro¡. Raro. Es que hay en los patios, bolsas de hierbas secas que también fueron, antes, retacitos de colores. Pero ¿cómo puede ser eso?

Acercándose, ¿quién?, al primer colegio que fui, al colegio de la Señora Anita, quien también era una araña.
Mis tías, mi tía Marardina, mis abuelas, tejieron collages de tiritas.
Pero ¿de verdad, mi madre era una Araña?

En el Central Australia, en 1934. En plena noche, el pitazo de una locomotora era el montoncito de retazos de colores. Y entonces un tío viejo, después de tomarse una taza de café, con los retacitos que tejió la Araña, encendió su tabaco.

Pero eso sí, lo que sé ahora, lo sé porque estoy viejo.
Cuando se es viejo se sabe, como lo sé ahora, que al llegar a la casa de la calle Neptuno, en una Habana de otro pedazo del 1934, la Araña retrocedió, con sus retacitos de colores, hasta llegar al mismo borde del Malecón, frente al mar.

Entonces, el pedazo de trapo morado, o el pedazo de un trapo lila, siguen siendo el disfraz de una paranoia indescifrable.

¿Pero cómo, hasta hoy, no he sabido que las cosas fueron así?

¿MINICUENTO CON SENTIDO?

Aquí, donde no hay sepulcros, es donde se desea un minicuento con sepulcros.

Podría sonar el timbre de un tranvía. Pero es un argumento, el timbre de un tranvía, que sólo corresponde al año 1936.

Esto, todo esto que está señalando el semáforo con la mancha amarilla, es lo que, sin embargo, no deja de tener un aura de tristeza. Sin duda, un aura de tristeza.

-El champú suena mejor donde no hay agua. Sería, si es que hubiese sepulcros, uno de sus preceptos- dijo el personaje más seco.

–Pero, la mitad del día suena a preciosismo, cuando llamar a un camarero pudiera tener sentido- dijo el otro personaje, a medias vestido de negro.

Pero, ahora sería el momento de preguntarse por el lago donde reposa El perro andaluz.

Entiéndase, sin embargo, que no estamos allí. / Esto sólo sería bajo la luna, en la arena que rodea a la Residencia de Estudiantes.

CAPSULA INVISIBLE DONDE MINICUENTO INVISIBLE

Si nunca se ha acabado de entrar, entonces no hay manera de despedirse. / Es la disciplina, lujo, que siempre se está olvidando. / A la manera verde, pálida, del Obispo que siempre soñó en ser un payaso.

No se ha acabado de redactar el email. Y está una espera, muy triste, donde se recuerda que el tiempo de los bobos se acabó.

La espina es lo síntético, si es que se quiere entender lo que se quiere decir con esto.

Pues el tren que ya no está, si es cierto que no va sobre raíles, no deja hacia todos los lados de correr, y esto, cruzando también como un bólido, por debajo de todos los cartelitos que dicen EXIT.

CALIZ CON ARTISTA RUBIA

Ese cáliz, con la hostia de la primera comunión, no es otra cosa –si se mira bajo una sombra parecida a un ruido- que  el cartelito, con la cara pálida, de la  artista de Hollywood que personificaba  a la esposa de un cazador. Pero ¿cómo puede ser eso? A lo más, puede ser lo semejante a un dedo rojo que apunta hacia un fotingo rojo, perteneciente al año 1930. Pero, eso no significa nada. O, a lo más, eso sólo pudiera ser lo semejante a un chorro de color.  Y, mientras estoy diciendo esto, un dirigible destartalado, cruzando el cielo de un mediodía feo, se incrusta en el cartelito del cómic de hoy, un hoy  que es Domingo.

¿COMO PUDIERA …?

¿Cómo habría sido la vida de los que, al llegar a la madurez, hubiesen podido rectificar? La pareja, la pareja madura, sin saber lo que pueda encontrar, entra en una exposición. Pero una mancha, una mancha cenizosa, lo cubre todo. Y no hay más nada.

MINIMALISMOS

-Posible título para un óleo: “Bailarina con torero: pareja de muertos con sombreros amarillos”.

-“Luna con utensilios de cocina”, posible tema para un minicuento.

-Tema: un ático donde puerta abierta sólo sirve para oír un ruido.

-Definición: un pájaro sin sus dos alas: aberración semejante a un mono totalmente blanco.

Minimizar un paisaje donde: papalote blanco, basurero lleno de color, y una retorta, lista para un alquimista, personaje del cómic.

Las cenizas del lobo, listas para ser enterradas en un caminito que está junto a la pista del Hipódromo.

-Y AND, el viejo del Home, bien podría llamarse Atanasio Luna.
Atanasio oye por la noche, acostado en su cama del Home, los berridos de un sin fin de bestias imaginarias. Esto da un poco de miedo.
Atanasio en vida – o sea, antes de ingresar en el Home- fue pintor de lo que él llamaba flores suburbanas, pero nunca tuvo éxito.

A LAS 3 DE LA MANANA

Un gran cuarto Art Deco, de un Hotel para millonarios. Dentro de la habitación, dos hermosos caballos blancos levantan sus patas – brillan sus cascos pintados de negro.
Uno siente que el que contemple esta escena, se puede sentir feliz.
Y se oye la voz de un predicador protestante, con Monteverdi como música de fondo.
Y, además, Dios es ese estereotipado anciano bonachón, con barba blanca y bien peinada.
¿Esto lo soñé? No, esto no lo soñé. Esto, a las 3 de la mañana, hora en que me desperté, lo imaginé mientras orinaba.

CARTA Y PATIO ARABE

El reflejo de Babinski detecta lesiones cerebrales orgánicas y es utilizado en la identificación de la diabetes.
El neurólogo Joseph Babinski fue intensamente admirado por André Breton.
Esto lo leí por la noche, antes de acostarme a dormir.

Me acosté. Me dormí. Y después estuve seguro, dentro del sueño,  de que me estaba despertando

Descendía como si fuera por un tobogán; pero no, no era por un tobogán, sino por una carta. El papel de la carta era de un lindo color cremita.

Descendía, descendía por la carta, hasta que llegué al final, allí donde estaba la firma.
Hasta la firma, repito, y entonces creí haber despertado.
Pero no fue así, ya que después de la firma entré en un patio árabe.
Aunque, eso sí, un segundo después de entrar en ese patio árabe, fue que me desperté.

IMAGINACION ACTIVA

Estuve pensando en mi amigo, el poeta  colombiano Henao, y después tuve un sueño.

El sueño de la siesta me dijo esto: 1- prepararse para ejercer una función; 2- una visión de una escena de telenovela.

Colocado objetivamente  el número 1, en función de Imaginación Activa, le pregunté por su significado y me contestó lo siguiente:
-¡La procedencia de esto! Visualmente puede proceder de un amarillo oscuro, rodeado de negro. Hay hilachas, hilachas de lo negro. Termina en charco que borbotea. ¿Qué razón tiene esto? La  pregunta es un minicuento, y el minicuento es un hueco. Hay abundancia de racimos.

Después, objetivando al número 2, le pregunté por la localización de la imagen de la telenovela. Lo que me contestó fue lo siguiente:
-¿Dónde se localiza la imagen de la tele? En palabras. Diabetes es una de las palabras en que se puede localizar. Rudimentos. Chorro de agua que se visualiza, pero, pese a ser un chorro de agua, es un chorro acartonado de viñeta viejísima.

¿Qué más puede ser esto de prepararse para una función? Terminé preguntándole al número 1:
-Esto es el diablo, unos pantalones del tiempo del colegio. Caen, se revuelven, toneladas: cartulinas, movimientos, sonidos, viejos todos. ¿Cómo se podría oír la palabra desvivirse? No hay nada temprano. Prepárese para ejercer una función=mancha, ni nada, puede ser temprano. Tú has visto un chorro de luz, una pila del alba. Corriendo, hasta disolverse, en un cementerio. La piedra de luz es una piedrecita inenarrable.

LO VERDE OSCURO

Oí esta voz en el sueño, a la hora de la siesta: “Después vino la boda, con el Príncipe Pop”.

Al intentar un ejercicio de imaginación activa con la voz, materializada frente a mí, lo que antes que nada sentí es que ésta, la voz, dudaba si convertirse, o no convertirse, en el Príncipe Pop.
(En el comedor, el ruidito del refrigerador estaba duchando a la posible sombra que, siempre, cualquier casa tiene).

Pero se decidió: la voz objetivada se convirtió en el Príncipe Pop.

¿Quién era el Príncipe Pop? Uno dudaba si era nadie. Uno dudaba si era inaudible.

Me pregunté si ese Príncipe Pop podía haber salido de aquel baúl que está en la casa de mi recuerdo, en el batey del Central Australia.

¿Quién eres?, le pregunté, entonces, al Príncipe.
Pero el Príncipe respondió como si no respondiera. Realmente, era que el Príncipe casi no existía. Razón por la cual, pocos segundos después, al irse, sólo dijo esto:
-Todo esto se reduce, al final,  a un tono verdoso encapsulado en lo que, ruido de un tenedor al caer en una gaveta, no deja de ser negro. Compréndelo bien: lo verde oscuro es lo único que hay que entender. Lo verde oscuro es el Príncipe Pop…

“Contra la vejez no hay estrategia”, creo que decía Bioy Casares.
Yo, puedo decirlo, no he renegado de mi vejez. Pero mi imaginación, quizás, ha tratado de aliviarme de ese peso, ofreciéndome proyectos y más proyectos de relatos. Relatos con “personajes viejos”, y con un Home, y hasta con un manicomio de ancianos  locos.
No hay duda, ha sido una diversión literaria. Me he entretenido, inventándole situaciones a viejos, casi siempre locos (y hasta obsesos con el color amarillo).
Tanto me ha llevado eso de fantasear con la vejez, que ahora me pregunto si esto no tuvo un antecedente en aquel extraño magma imaginativo en el que me metí hace años, consistente en una compulsión de ir, todos los días, al lugar donde había una colchoneta vieja, tirada en un solar yermo. Un ritual, sin duda. Y que ahora me está pareciendo respondía a mi enfrentamiento, entonces inconsciente, con la sombra en que la vejez estaba llegando, aunque escondida.
Entonces ¿sería que, con esta compulsión de pasear hasta el lugar donde estaba una colchoneta vieja, yo estaba como mirando hacia otro lado, o sea, evitando el enfrentamiento (el enfrentamiento que después fue amarillo) con los años que se me venían encima?
No sé.
Mi sueño, hasta ahora, no parece haberse enterado de esto (tampoco he soñado con lo amarillo).
Pero anoche, me encontré con un hacinamiento. Un hacinamiento: viejos y más viejos, en un Hospital.
¿Cuántos viejos había en mi habitación?
Yo, en medio de todo este hacinamiento, tuve que colocar mi pomo de píldoras, junto a mis papeles, y colocarlo sobre la cama donde estaba un viejo enfermo.
¡Qué cosa más estrecha!
Yo quería bañarme -¡bañarme dentro del sueño!-, pero no sabía dónde guardar mis papeles.
¿Fue un sueño de angustia? No lo parecía. Pero lo que sí sucedió es que los viejos, los viejos que, hasta ahora, mi imaginación había jugado con ellos, se han metido en el sueño de verdad, en el sueño nocturno.
¡Viejo!, me dije al despertar. Viejo, pero sin nunca acabar de ser. ¡Incompleto y extraño!

UN PROLOGO ADMIRABLE

Gestiones y más gestiones. Llevadas a cabo, todas, dentro del ascensor que abre sus puertas para permitirle salí y –de inmediato- entrar, al arquitecto Martínez.

Sin ninguna duda, ella está usando una peluca; el cirujano la está asesorando, como quien trabaja con un serrucho.

¿A qué se deben las gestiones, en el ascensor, del arquitecto Martínez? La película que tiene como tema a la peluca, es la consecuencia, desastrosa –la desastrosa consecuencia-, de esa operación a la que fue sometida la futura viuda del arquitecto Martínez.

¿Ella es boliviana, millonaria, y anciana? Algo de eso se dice sobre la futura viuda del arquitecto.

Pero, por lo menos, ahora, lo que está sucediendo es lo inconsolable. Lo inconsolable de la señora.
El cirujano, inconsolable también, intensamente la asiste, y esto con el sólo propósito de hacerla olvidar esa fílmica operación -¿en el cine, cuántas lunetas estaban ocupadas?-, producto de un guión que, entre otras cosas, se propuso darle vida a una peluca amarilla.
¡Se quiere Prólogo más tremendo!

EL RIZOMA DEL POZO

La vida imaginando, o mirando, o soñando, o lo que sea, un pozo.

El agua del pozo me ha llegado, cenestésicamente, de mil maneras distintas.

He sabido –o he creído saber- que el agua del pozo es amarilla, y que suena con la música de Scriabin, y que contiene el fragmento del discurso de un médium, y que sabe al melón que me comí en mi infancia.

He dicho, infinidad de veces, que el pozo está unido con un avión, un viejo avión, que pasaba a las doce del día.

¿Ese pozo tenía un brocal tejido por un sueño?

Si estiro más la locura, encuentro que al lado de ese pozo estaba el Juzgado Municipal, abierto a las 12 del día

En el agua del pozo estaba mi vida entera.

Sentí lo relacionado con una película. Supe, con toda seguridad, que esa película un día la iba a ver.

El Juez, el Juez del Juzgado Municipal, se parecía hasta el absurdo a un personaje que se encontraba en el pozo, y que también se encontraría en la película.

Pero, sobre todo, ¡qué agua la del pozo! Tenía el color de la sombra.

Y ahora ( pues esto, es un recuerdo inventado ahora, y no en el tiempo atrás en  que conocí al pozo), el Padre se transparenta, se vuelve más claro, al probar esa agua del pozo que tiene, junto al sabor de una locomotora que conocí en mi infancia, la cita indescifrable de un texto alquímico.

UNA NIÑA

Había una lámpara con los ojos de una niña.

Mientras tanto el santo, sano ruido del refrigerador volvía.
Como si soñaran por aquí: por el lugar donde, sin estar, estoy.
Sin estar ¿por dónde?
Por 3 manchones:
Crema
Carmelita oscuro
Negro en un barquillo.
Ojos fijos en el idilio que no tuvo por qué existir.

El blanco crema –empieza el sueño- es el deslizamiento en los labios de la niña.
Pero ¡pum! (y este pum ha irrumpido sin que nadie lo invente) no es la exacta palabra.
No, pum no ha tenido por qué aparecer.

Y, al final, todo listo para el deslizamiento – lo crema se ha abroquelado.
Ahora, yo, que tengo como un capricho (¿algo así, tengo, como la misión  de derretir lo inmóvil?).
Y me pregunto, absurdamente, por ese lugar por donde pudieron estar los ojos de la niña. ¿La niña se llamó Carmencita?

Lo otro son lagartijas, tiburones; así como lo digo. ¿Por qué? Buena cantidad de palabras tiznadas (tiznadas, sí) , y esto como si simularan el silbido de un incendio.

Esa niña, extraída de Corot, mira fijamente, desde ese color abstracto que más pudiera alucinar.
Yo nunca he estado (pero, repito la pregunta: ¿la niña se llamaba Carmencita?) dentro de un incendio, pero sí he estado dentro del Infierno.

Saiba quem é Lorenzo García Vega