BOOGIE BOOGIE

Con mucho gusto nos ocupamos de recibir a nuestros tres jóvenes. Queda dicho que eran unos vecos bien altos y fuertes y que eran tres. Nosotros, ya viejos y cerca más de los ochenta que de los cuarenta les dijimos: “Vengan aquí y no tengan miedo de la fría noche, que les acogemos en nuestro pequeño hogar”. Y entraron por la puerta de la cabaña al modo que entra el ganado en el establo para comer a media tarde. Los platos que les pusimos delante de las narices eran hondos pues conocíamos que hacía frío y que aquí, en la parte más alejada de la provincia, hace más frío todavía, y que tres jóvenes con el coche estropeado necesitaban de estas manos de viejitos para calentarse. Era una buena sopa con sus patatas que quemaba al pasar por los gorlos. Y, de repente, en medio de la cena, hicimos que en el estéreo sonara un poco de boogie boogie, que es la música que a veces ponemos para recrearnos.

Mientras duró todo, entre una y otra canción, el locutor en la radio comunicó que eran tres, precisamente tres, los que se habían escapado del centro y que eran peligrosos y que cuidado, que podían llevar armas. Nosotros nos reímos como se ríen los viejos ya a esta edad, pues ¿qué trasero sería pateado, el nuestro acaso? Y la simple suposición de esa posibilidad, el haber recibido a esos tres jóvenes con ansia de porrazos y con esos ojos que lo expresaban todo, nos daba algo más de divertimento que el silencio habitual, nuestro ejercicio más común entre horas.

-Eh –dije- ¿Qué tiene que ver el payaso con el ciervo del zoológico?

Nadie entendió nada. No tuvimos más remedio que sacar el álbum de fotos y decirles; “miren, miren, el del medio es nuestro pequeño retoño vestido de humorista, hace unos cuarenta años”. Y de qué forma enseñaron los dientes. ¡Y cómo retorcieron las bocas haciendo puaj al unísono! Como si pensaran más de la cuenta y no supieran qué decir y entonces mostraran esos dientes de leche, que los descubrían en un juego feo y sucio y nos ponían en inferioridad. Pero nosotros también sacamos nuestros subos en un acto de complicidad y les señalamos más fotografías antiguas. Luego vino lo de la fuerza, el demostrar, pese a que ya debo ser demasiado vieja (una bábuchca), que puedo coger un trozo de madera y aporrear contra la mesa como si fuese joven y necesitara ser una málchica. Amén.

Querían saber si nosotros aún podíamos con eso del metesaca. No, no lo dijeron directos pero nosotros sabíamos que querían preguntar, pues todo aquél que pasa por nuestra casa más tarde o más pronto, lo dice, y se queda mirando las musarañas del techo mientras espera la respuesta. Y entonces les explicamos lo de la bola y el palo, lo de la serpiente que se arrastra hacia la cueva. Y mi esposo, que es un cheloveco con la agilidad de un bisturí, se arrastró por el suelo, hizo de babosa y así ejemplificamos la cópula del rinoceronte. Fue eso lo que les revolvió la violencia y gritar, decir que aquí mandaban ellos y que nosotros éramos unos pobres individuos que debían sufrir.

-Perfectamente –dijimos. Y los tres cayeron redondos al suelo tocándose la tripa y berreando con la sopa entre los dientes.

-Descansa, descansa, bello muchacho –le susurré al más apuesto al oído, y así debió comprenderlo pues rato después dormía la sopa boba, snitó de buen grado durante horas. Nos reímos años con eso de la sopa boba, mi esposo lo refirió ya una vez hubo finalizado el retorcer de los músculos y bailamos unas cuantas canciones de boogie boogie y luego los atamos en tres sillas, una para cada uno de ellos.

A la mañana siguiente invitamos a nuestro pequeño al desayuno. Es muy reservado y no se le debe presentar a un extraño sino con el tiempo debido. Los tres bebimos lactuca y comimos algo de pienso en galleta mientras esperábamos que se despertaran. Cuando lo hicieron, animamos al pequeño a hacer algo de broma y alguno de sus números, y, si bien, no lo reconocerían, si ahora se les interroga o se le examina el mosco con exactitud de cirujano, es evidente que se carcajeaban los jóvenes para sí, pues nuestro gran hijo ha actuado en innumerables ocasiones ante otros que son imparciales.

-Vaya, vaya, con que son unos málchicos que quieren pasar por el cadáver de unos pensionistas… –les dijimos. –Y eso no es razonable. Para eso las teteras deben silbar al compás.

Videamos sus reacciones, sus pequeños saltitos encima de las sillas: las hacían desplazar tan sólo unos milímetros. Al dejarles las bocas abiertas y no taparlas con trapos chillaban que ellos no eran los que habían sido radiados en el programa, y que eran estudiantes que viajaban al norte y que nunca habían pensado en hacer daño a unos vetustos. ¿Iban hacia la montaña perdida? ¿Para qué darle al volante con la intención de ver unas piedras y el cielo que es demasiado blanco?  No daré detalles, pero las palabras se perdieron entre excusas y clamando al cielo que soltáramos sus manos y sus pies de las cuerdas.

-¡Basta, basta, paren esto! –gritó uno de ellos. Nuestro pequeño volvía a repetir uno de sus números: cuchara con huevo hervido en equilibrio.
¡Y nos emocionamos al escuchar su frase! Pues el protagonista de la única novela -y Biblia a la vez- que hemos leído en innumerables ocasiones, pronunció las mismas palabras en el momento que le videaban violencia y tenía los ojos abiertos como platos y agarrados con pinzas: “basta, basta,  paren esto”. El veco dio un respingo al vernos acercar. Le acariciamos la cabeza. Ese mediodía le servimos nuestra mejor comida y probó las acelgas con verdadera devoción, pues él había llegado, y de repente él estaba allí, sobre nuestro carrusel.

El Humilde Narrador de nuestra Biblia Naranja, mecánica por supuesto, se había presentado como quien no quiere la cosa y no perdía de vista nuestros pequeños actos, que siempre han ido dirigidos a él entre plegarias, nuestro enorme dios de arriba. ¿Qué le debió parecer la pequeña fortuna de hogar que habíamos creado con el paso de nuestro tiempo? No sólo son unas tablas colocadas en forma de granja, una singular cabaña entre árboles, sino que todo el amor hacia nuestro hijo y el haber conocido finalmente la redención y que eso de dañar a los otros estaba bien en un principio, pero que luego llegaba la moral, era el pan-de-cada-día-dánoslo-hoy.

-Este muchacho puede ser un instrumento perfecto –pensamos los dos.

En fin, los dejamos, acostamos al pequeño y nos fuimos a dar un baño caliente. Ya en nuestra habitación, y sin ninguna intención de practicar el uno-dos-uno-dos, decidimos cuál sería el siguiente paso. Probablemente se adelantó la decisión al ver a uno de ellos muy enfermo y preguntarse si no sería mejor aplicarle la cura que conocíamos que esperar a que acabara el efecto lactoso de la sopa y dejarlos libres.  Los militsos no llegarían pues jamás uno de ellos se había presentado con sospechas delante de nuestra humilde morada, así que estaba en nuestras manos el hacer de los jóvenes buenos chicos, y que no se perdieran por el camino desviado de la violencia y los nochos afilados entrando en la carne ajena.
-Aquí estamos –dijimos más tarde-. Pongan las orejas a escuchar que comenzaremos por el principio mismo. Y deben repetir la historia como nosotros lo hacemos para quedar libres ante el mundo.

-“¿Y ahora qué pasa, eh? Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo…” –les leí.

Es cierto que las primeras semanas no aplicaron la disciplina ante la Biblia Naranja y hacían muecas. No querían aprender. Ni siquiera nuestro reconocido enviado estuvo a la altura. Fue el adivinar que no había más remedio que repetir de memoria la historia que era sagrada para nosotros si querían deshacerse de esos nudos en las muñequeras que les hacían la sangre negra y gritar por la noche, que comenzaron a repetir con ansia las frases que leíamos. Nuestro joven hijo que desde pequeño ha estado escuchando las sabias palabras pero que por su mente reducida nunca ha podido reproducirlas, actuaba entre lección y lección, y daba asueto a las letras que repetíamos con un tesón de toro.

¿Y qué creían? ¿Qué nuestra única música era el boogie boogie para viejos? ¿El chumchum? Pues no. La mañana despertaba nada más amanecer con el glorioso, con la inimitable Novena sinfonía del enorme y brillante Ludwing van Beethoven. Y el estéreo sacaba todas las fuerzas para reproducir la oda a la Alegría. Y el trombón que comenzaba su paseo y luego la brasa de los violines que alzaban la paz hasta el techo y más allá de Júpiter. Alegría, Alegría, Alegría. Gloriosa alegría. Y lloramos por ellos. Lloramos como dos gorriones por esos tres málchicos que tenían mucho camino por delante y que estaban a pasos espaciales de alcanzar el gran estado único y desmesurado de la felicidad. Ahí mismo, en el tiempo que las lágrimas saltaban, él también lloró, y celebramos el gesto y la llegada de nuestro enviado, el Humilde Narrador que había dado su voz y letra a la gran historia universal del hombre. Nos centramos en la luz cálida que eran sus ojos. No se dio la misma vara de medir para los demás.

-Comprendo –dijo incluso un día. Entonces le soltamos. Tan sólo a él. Y el pobre besuñ que había aguantado los tres meses y medio no se movió de allí y dio gracias por diseñar la silla con ese agujero y no haber estado presionado por la propia podredumbre en el pantalón durante los siglos de los siglos.

No tuvimos culpa de la mayor o menor resistencia de los otros málchicos. Ni de que su abandono a las artes de la palabra sagrada hiciera mella en esos dos y perdieran toda esperanza de comer y de respirar, y que enfermaran y se convirtieran en sacos rotos que ya no servían para nada. Pero la gloria de nuestro Humilde Narrador que nos miraba y asentía y decía “ya comprendo, ya comprendo” nos sirvió para pedir con más fuerza y arrodillarnos ante la gran obra, que era nuestra misión. Ignoramos si nuestro pequeño se sintió desplazado en ese juego que es la vida, pero sin duda, ahora, una vez los otros dos han recibido sus exequias por doquier, ambos se adoran. Y pasan los ratos muertos mirando por la ventana, andando a saltitos con sus rodillas de jóvenes potrillos, viendo ahora no pero ahora sí cómo las cucarachas copulan debajo de las bolsas de basura.

Y es esperar a la media noche y que nuestro chudesño hijo salga de su cuarto y represente alguno de sus números, para que los tres, nosotros ya viejos, y el buenchico que es nuestro enviado, nos smequemos como tres becerros. “Cómo se ríen esos locos”, dirán algunos si es que llegan a vernos. Pero nosotros sabemos que en la penitencia y en la alegría desbocada está la verdadera salvación.

IVÁN HUMANES (Barcelona, 1976). Licenciado en Derecho. Coeditor de la revista digital DADO ROTO. Ha publicado La memoria del laberinto (CyH), Malditos (Grafein) y 101 coños (Grafein). Boogie Boogie formará parte de un nuevo libro de relatos que publicará en 2010 la editorial Libros del Innombrable.

Boogie Boogie
De los Caníbales (libro inédito)

Sobre Iván Humanes Bespín

Nacido en Barcelona (España) en 1976. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona y realizó estudios de Filosofía. Codirector de la revista literaria DADO ROTO. Es colaborador de la revista Escribir y Publicar y del sitio electrónico Literaturas.com, para los que ha realizado entrevistas a Martin Amis, Andreu Martin, Fernando Arrabal, Guillermo Martínez, Lázsló Krazsnahorkai, Peter Stamm, Agustín Fernández Mallo o Stephan Audeguy, entre otros. En el 2005 publicó el libro La memoria del laberinto (Biblioteca CyH), que consta de diecinueve relatos cortos. En 2006 el ensayo Malditos. La biblioteca olvidada (Grafein Ed.), del que es coautor. Y en 2007 en la obra 101 coños, que aúna hiperbreves e ilustraciones (Grafein Ed.). Su sitio en la red es www.ivanhumanes.com.