Cuarto Nudo

(Ficción)

19. Apu
Y comenzamos entonces a subir y a subir y a subir y a subir y a
subir, sin descanso, hacia la cumbre sagrada de Apu, por la senda del
corral quemado, por la huella de las yescas, por el caminillo de las
pirkas muescadas con yeso , por entre los yuyales, y por ahí, por esa
vieja ruta secreta , fuimos ascendiendo con el pequeño séquito de los
miradores de la sombra y los guardadores de la miel y los
escanciadores de chicha y con los que adivinan la ventura en las
caracolas rojizas y en los huairuros, y con los cargadores y los
domesticadores de estrellas en las empastadas del cielo. Y abuelo
adelante, mudo, con la copa humeante de tabaco delante de su pecho.
Abuela se quedo al rezago entre las últimas palmerías, escondiendo
su llanto entre las manos todavía teñidas de achiote y el cuerpo
torcido en una mueca que abarcaba todo el valle, abuela con su
silueta minúscula se volvió así todo el paisaje. Y la vi
empequeñecerse a cada paso que dimos, allá ella, allá lejos, abuela,
entre los palmares y los espinos, hasta volverse un punto lejano y
sollozante. Adelante los montes blancos entre las brumas y las
ventiscas con que se visten en ocasiones los dioses guardianes del
valle, y Apu, la gran montaña blanca que controla todas las cosas
de la tierra, erguido en su silenciosa majestad de piedra viva. Abuelo
nunca volvió la mirada y yo fui sobre la angarilla que los hombres
sostienen mientras cantan con la nariz el gran esfuerzo de la marcha.
Subir, subir, subir, dicen con el resuello de sus narices en una
lengua del cuerpo, que sólo otro cuerpo puede comprender. Y el
chasquido de la piedrecilla, y el crepitar de las hierbas pisadas, esa
habla que sólo los pies pueden descifrar. Y el vuelo repentino de una
perdiz silbando de entre los pajonales. Nada más, por todo el amanecer
que refulge ese fuego suyo que cada mañana cocerá el barro de esta
vasija que rueda, perdida, entre los rescoldos helados del
firmamento. Cruzamos entre farellones. Por cañadas y portezuelos,
mientras el sol también sube con nosotros entre las cumbres nevadas su
inmensa potestad y su radiante metal, un escudo alzado sobre las
cabezas de esos gigantescos guerreros de granito. Y sobre nuestras
cabezas, gachas, el sol subía entonces con nosotros su rostro
inmirable. De Dios. De fuerza impenetrable. ¿Trepará Akllasisa Flor
Elegida, mi prima mayor una pedrería igual a esta en el Apu de
Chuscha. Será para ella tan ríspido el camino como el mío?

Voy masticando las hojas que me duermen la boca, abuela, acuquillando
la gran bola de coca con el pellizco de ceniza que me diste, y tú ya
no vienes conmigo. Y estarás lejos, torcida por la pena, más allá de
las últimas palmerías, allá donde el coironal se despeina con las
carreras del viento que va gimiendo quebrada abajo. Allá donde anidan
en el barro las avispa su zumbar de metal azulado, donde seguirán las
abejas su labor yendo de los maizales a las flores del amancay, del
capulí a la flor de la papa, y de ahí al panal. Igual que el laborioso
hacer de hombres y mujeres cuando piensan, llevando de aquí para allá
su polen, su azúcar, sus deseos secretos por el aire del pensamiento.

¿A quien le contarás ahora abuela los cuentos de Topana? ¿Y la
historia de los tres lechales? ¿Qué cabellos trenzarán tus dedos
cuando el silencio de la mañana enrojece el cielo y hierven las
estrellas burbujeando, puñados de quínoa en la profundidad del
caldero de la amanecida? ¿Quién puede saberlo abuela ahora que te
empequeñece la tristeza allá abajo en los faldeos primeros, en las
primeras escarpaduras de la montaña que vamos subiendo, lentamente,
con abuelo y su séquito resollante? Sube también el humo del tabaco
que abuelo cautela en su vaso, dispersándose, arremolinándose a ratos
y sembrando el aire de su presencia acre, de su espíritu leve, nubloso
como el pecho de la alpaca. Y entonces fue que comencé a convertirme
en el tiempo mismo de la andada y en la tibieza tímida del sol, y
comencé a devenir y a devenir volviéndome la tierra y la rocada que
ascendimos y de pronto se encendieron las estrellas dentro de mi y
salió un sol mío y se puso en mí un sol también y vinieron hombres y
mujeres a poblar mi pensar como un vasto llano y como un cerro
aterrazado y como puebla y también camino con sus tambos y sus
chasquis infatigables perdiéndose a la carrera por los horizontes de
mi pensamiento y me volví la tierra, hombre y mujer, bosque y llanada
que se expande igual que el cielo o la mamacocha que una vez miré,
yendo y viniendo de sí misma. Yendo y viniendo de su propia grandeza,
una y otra vez, igual que busca algo que no sabe un inmenso ser
bramante, rugiendo. Me volví el Tiempo abuela, y sus contornos
ardientes donde todas las cosas se van haciendo ceniza. Y donde otras
cosas y otras vidas van creciendo a cada instante también para morir y
pasar calladamente hacia el olvido. Y me transformé en una vastedad
de valles y de montes nevados y de roquedales, me transformé en el
mañana de estos parajes por donde otras razas, alguna vez,
construirán sus propios días, para pasar, yendo y viniendo como el mar
desde el fondo de su propia inmensidad abuela para existir y
desaparecer y me volví el Pasado y el Futuro, palpitando como el
corazón del cuye que una vez me mostraste aún vivo en tu palma, dando
saltos igual que un sapo pequeño. Así es la semilla del Tiempo. Así
soy ahora abuela. Todo lo que existe. Y un pequeño corazón.

¿A quien cubrirás la cara de rojo para las fiestas viejas de yawar,
cuando resuena la caracola soplada, a quién, dime, ahora que yo soy
Todo y Nada para tus manos como las menudencias de un cuye? Fue
entonces que los tiemperos se voltearon a mirarme. El Sol les dio en
la cara y pude vislumbrar el asombro en esos rostros oscuros. Y supe
que me estaban partiendo y midiendo y cuarteando con los ojos
entrecerrados en el gesto de su oficio, bien marcado, igual que se
marcan los momentos del día en las piedras y en los cerros y en el Apu
que se alza arriba y adelante esperando. Se postraron los tiemperos
cuando vieron en qué me estaba transformando, suavemente, mientras
marchábamos montaña arriba. Sí, ahora soy el Tiempo y mi signo es el
relámpago, abuela. El puñado de rayos. Y me volví el discurrir de
los ríos que son el tiempo, los cursos del agua que rugen como los
jaguares y como los amaneceres y los atardeceres en el transcurrir
sin fin de los cielos, que son el tiempo. Y en la piedra que es el
tiempo y que el viento gasta hasta volverla arena. Y es cuando amañana
sobre los caudales de los ríos, sobre los torrentes o sobre el oleaje
de Mamacocha y sus playas de pedregal, que es el tiempo, igual
cuando rompe la tierra brotando la planta de la papa, el maíz o el
rábano, es que un tiempo comienza ahí para nosotros, pero uno que
viene manando de la luz de las estrellas. Porque es luz y sangre el
tiempo también adentro de nosotros, cuajado de la estrelladura de la
noche. Todo eso sé ahora. La grandeza es también a la vez muy
pequeña, abuela. Y lo largo es cortísimo, como un suspiramiento. Ahora
que soy el Tiempo sé de qué está construido el devenir y conozco su
sustancia misteriosa. Su estructura de agua.

Abuelo agita la jícara donde humea el tabaco de las invocaciones y
seguimos subiendo por la huella de las piedras pintadas, y los
yaretales, y por las colinas donde verdea la achira con sus hojas
anchas y sus semillas blancas como el huevo de la golondrina. Pero ya
no veo con los ojos abiertos. Debo cerrarlos para mirar, más allá de
todo ese panorama desconocido, que no puedo comprender, pero que se
me despliega en el pensar como si lo viera, con unos ojos nuevos que
se abren y parpadean, allá, adentro de mis vísceras. Hablo de lo que
vi, y de lo que sigo viendo, vuelto el Tiempo que sube al Apu sagrado
del Valle donde todo es ajeno y familiar a la vez, en la translejanía,
en las lontananzas donde me ha traído el amor húmedo y seco, la luna
y el sol padre, y el agua que no para de manar desde todas las
regiones que ahora soy, su frescor vivo, negro y verde. O
blanqueante, cuando cae apurada por entre las arenas que guardan la
vida por venir, como dormida, en granos que se unen y se dispersan
brillando y latiendo.

Tú ya no me conocerías. Ya no. Tú te has vuelto parte de mí. Y lo
que somos, ya tú sabes, no podemos nunca conocerlo.

El niño que va en el palanquín se recorta contra las nevadas remotas,
mientras los cargadores trepan llevándolo por la áspera pedernalia.
No nos es dado saber de él nada: antiguo ángel de tierra horneada,
susurro, irku. Ya abrió, granó y se secó la flor del olvido en las
laderas. Nos llega un aroma lejano a humo de huano, a barro cocido, a
semillas tostadas, a maní, a lana sin lavar. Es de noche. Siempre es
de noche para el que mira la silueta de ese niño que sube entre los
rastrojos de la compaca. Sus pétalos crujen bajo los pies calzados con
sandalias de llamo. Flores secas. El viento se lleva por la noche los
recuerdos como briznas.


DECIMO NUDO

31. Las orillas de la noche

Guaquero Viejo se pasa una mano por la cara. Bebe un sorbo de cerveza
y enciende otro Pacific. Afuera la noche salpicada de azufre. La
noche sulfúrica de los suburbios de Puente Alto y su ensordecedor
chirriar de televisores

.Por Maricunga hallamos una vez una momia que no parecía humana.
Farfulla para sí y, como para cambiar de tema, Guaquero Viejo. Pero yo
dejo de oírlo y sólo escucho el murmullo de la noche amarilla. El
infinito sonido de la noche. La inmensa, la interminable noche, en
cuyas orillas se forjará quizá otro día. En cuyas lejanas playas se
estará engendrando una mañana nueva, suave, teñida de colores malvas y
perfumada de cedrón. Allá lejos, mucho más allá del alumbrado de meta
sulfito. Más allá de ese Santiago que tirita como una joya perdida en
la hondura impenetrable de la oscuridad, se estará gestando una
mañana roja. Sangre encendida en el cielo. Una mañana de luz
coagulada, que parirá un día nuevo: una chuspa colmada de sonrisas,
incertidumbres y clamores. Un día que traerá en su ser la semilla de
otra noche como ésta, vasta y sin bordes. Una noche que entra en cada
ser con sus bálsamos y sus terrores. Y así para hasta la hora de la
hora. Lejos ladran perros. De La Carbonera nos llega, si aguzamos bien
el oído, el discurrir del Maipo pedroso y lastimero.

Y es entonces que presiento en la oscuridad el bullir de los gusanos y
el borbotear de las podredumbres y el chispear de los fermentos y el
multiplicarse de los hongos y la evaporación de la linfa y la
licuefacción de las cosas más minúsculas y el crujir de las
osamentas, aún vivas , y el lento burbujear de las partículas de piel
que van en vías de asfixiarse entre las malezas, el leve aroma a
almizcle de la cadaverina, el agitado rumor de las lombrices y los
ácaros intestinales, la rigidez de los tegumentos, la destrucción de
las células, el casi imperceptible curso que toman en la noche las
cosas rotando y cambiando de un estado a otro. A la distancia en una
planta eléctrica, al otro lado del río, un chispazo azul parecido a un
rayo relumbra y se apaga. Y presiento el sordo languidecer de la
tierra. El reptar de los gasterópodos hacia su final, el crujido de
élitros invisibles rompiéndose, la desaparición del escarabajo en los
intersticios de un muro, el resquebrajarse de las piedras, y otra vez
los gusanos bullendo, un caldo vivo entre la carne muerta que se ha
vuelto una sola, y ya no hay allí perros, ni gatos, ni ratas, ni
hombres, sólo la podre. Los ejércitos de lámbias y amebas. La lenta
corrupción de todo bajo el manto de la oscuridad.

Guaquero Viejo me miró desde las sombras anaranjadas que proyectan,
como luz, los faroles de sodio. Y, suspirando, volvió a darle una
pitada al cigarrillo antes de decir: Ya no le converso más de momias
amigo, si quiere le puedo hablarle de minas, de entierros, de
filones de oro o de flores de luz. Lo que quiera. Le puedo conversar
de asuntos harto misteriosos que viví en la montaña.
La noche nos estrecha en sus anillos como una constrictora. Ya nos
devorará, lo sé. Y sin decirlo Guaquero Viejo lo sabe. Pero ambos
entendemos que eso no tiene remedio. Y también que no se habla de
lo que no tiene arreglo.

32. Luciérnagas

Pasamos entre los acantilados hasta llegar, orillando el tambo
abandonado de Kiskis, hasta el valle de las ninanina, que abuelo y
Yañac las nombran vinacure. Las mismas que el guardador de la miel
llama kokuyo. Se las menta según de dónde se venga, dice abuelo.
Según la Pacarina de cada quien.
Llegamos al atardecer y ya estaban brillando entre los pajonales y por
encima de toda la hondonada, haciendo del pasto una floración de luz
verdeante, como días diminutos ante los cuales Atau el contador de
fabulas se inclinó y oró en una lengua muy, muy vieja, que nadie
parecía comprender aunque sonara como el qheswa simi de hablar cada
día:
Pinchinkurucha
raq´a tuta sonqo kausayniyta
k´ancharichipuy
Se incorporó Atau y dijo que las ninanina ponen sus huevos en las
arañas, como las avispas, y que de allí salen vueltas moscas de fuego.
Extendió la mano y dijo que todas ellas eran espíritu de la montaña y
debíamos venerarlas como una parte más de nuestro cuerpo. Dormimos
alumbrados por las vinacure un sueño verdoso, cósmico, repleto de
estrellas vivas que anidaban en nuestro pelo.

Medio en sueños oí llorar a abuelo. Y sollozar. Seguramente lloraba la
muerte del Señor Inca, hijo del Sol y padre de los ayllus. ¿Qué otro
motivo traía abuelo para llorar así dormido como ahora lloraba?

33. Calaveras

Al despunte del día vi al contador de fábulas, despierto, sentado en
una roca en posición de digerir la hucha o energía densa de su pocpo,
la burbuja que rodea nuestros cuerpos. También puede uno lavarse de
ella en los ríos, o entregarla a Pachamama para que la coma, dijo
Atau, quien parece un Quero de la montaña. Yo prefiero digerirla y
dejar entrar, por el centro de mi cabeza, Sami que es la energía
delgada. Dijo, sin mirarme.
Abuelo aún dormía con la cara contraída en una mueca extraña. Y fue en
ese instante que los vi vueltos calaveras difuntas. Antiguos muertos
despatarrados en posiciones absurdas. Cuerpos sin vida que a la luz
tímida comenzaron a desperezarse. El Hahuaricuc siguió largo rato
erguido. Todos los demás eran un pedregal de esqueletos. Atau se me
aproximó y me dio un Samay, ese fuerte soplido con que las cosas
vuelven a encontrar su lugar. Y luego el Phucuy, soplido suave que
hace recobrar la visión cuando uno se extravía en los pensares. Pero
ahí seguían como antiguos muertos abuelo y el cortejo, a la luz
delgada del mañanar. Arriba los primeros cóndores de cara blanca, que
son los que traen ventura, planeaban lentamente en el viento, como
espíritus. Abuelo se puso de pie y dio tres largas zancadas
alisándose la manta con los dedos entumecidos. Todos lo imitaron.
Abuelo es el Curaca, y todos tienen deber de seguir sus movimientos y
sus más mínimos gestos en Purucalla. Y también fuera de ella. Abuelo
es el enviado del Inca Señor de Cuzco. Abuelo, como tal, es aquí algo
parecido a un nieto del Inti que relumbra allá, acobardado todavía,
sobre los altos riscos.

34. Pucllay, teatro sagrado
Toda la vida entera del hombre es una representación. Sólo que en
ocasiones las pantomimas adquieren un significado más misterioso y
profundo. Es así que ocurrió allá arriba esa mañana en los montes el
Pucllay. Entre lo sublime y lo grotesco, Pucllay es la manifestación
teatralizada de aquello que se espera que suceda. Los hombres se
volvieron plantas y animales de crianza. Y otros hombres simularon en
ellos la polinización de mariposas y colibríes, la cruza y la parición
de borregos, el cargarse de frutos la caña cimbreante o la agazapada
preñez de la papa en la tierra. El Apu escucharía. Por cierto
escucharía ese deseo convertido en teatro y en juego para su
regocijo.
Tras de nosotros vienen marchando por el filo del cordón de Quempo,
cuatro sacerdotes principales llegados de Cuzco. Es lo que dice
Yañac que ha mirado entre sus dedos hacia el horizonte pálido dentado
de peñascos. ¿Ha visto? ¿Ha adivinado? ¿Qué importancia tiene?

35. Triquina

Me duele la barriga abuela, mucho, si no acuquillo las hojas de coca
con el pellizco de lejía que me diste. Me duele mucho, mucho, si no
mastico bien despacio las hojas verdes que pusiste en mi boca junto
con el puñadito de cenizas.
El profesor Héctor Rodríguez, de la universidad de Chile realizó no
hace mucho el diagnóstico de más antigua data de triquinosis en
América del sur. Rodríguez es investigador de la Facultad de
Medicina de la Universidad de Chile y logró diagnosticar las larvas
de Trichinella spiralis, que producen la triquinosis, en el cuerpo
del niño inca del cerro El Plomo gracias a los exámenes que le
hicieran un grupo de científicos e investigadores pertenecientes al
Hospital Clínico de la Universidad de Chile el año 2003. Llegaron a
esta importante conclusión paleoparasitológica mediante exámenes
imagenológicos por medio de resonancias magnéticas y scanner, junto a
biopsias musculares y óseas mediante un análisis morfólogo-
histológico muscular del niño utilizando microscopía óptica, confocal,
e inmunofluorescencia indirecta.

36. Lo que nos dice el profesor Rodríguez

“En el laboratorio central de nuestro programa solicité que se
procesaran estas muestras mediante las tinciones histológicas
habituales pero, además, que se hicieran otras específicas. Y al
observarlas al microscopio comprobé que los tejidos muscular y
conectivo tienen un alto nivel de conservación, debido a la
liofilización que sufrió el cuerpo: esto es, los procesos paralelos de
congelación y deshidratación por evaporación, condiciones debidas a
las características de altura que se observan en el Cerro El Plomo,
entre 5.200 y 5.400 metros por sobre el nivel del mar. De acuerdo a mi
experiencia como médico veterinario, y de haber visto estudios
parasitológicos, pude concluir que eran larvas de Trichinella,
probablemente la variedad spiralis, el nematodo que provoca la
triquinosis”,
Rodríguez agrega que lo más probable es que el niño haya comido
carne de cerdo salvaje. Porque esta enfermedad tiene varios vectores
por los cuales llega al hombre, pero los más habituales son el cerdo y
la rata, al comer su carne cruda o mal cocida. Pero Chile es un país
en el que la población de roedores es bastante restringida, y entiendo
que los que en la actualidad viven cerca del hombre no existían en esa
época en nuestro continente, llegaron con los españoles.
Al ser interrogado acerca de por qué no se descubrió antes esta
parasitosis, si este niño había sido estudiado en tres ocasiones
anteriores, el experto respondió: Creo que fue porque se hicieron
análisis de tejido cutáneo y no muscular, quizás para no dañar
demasiado el cuerpo. Revisando los informes hechos en los estudios
anteriores, se describen todas las características que pudieron
pesquisar, como por ejemplo un análisis de contenido intestinal
mediante fecas, del cual se deduce que el niño se alimentaba más que
nada de vegetales, pero también de carne, y había algo curioso: al
analizar los restos de fibras musculares de la carne ingerida y
presentes en las heces, aún se podían observar sus estriaciones
intracelulares, o sea estaban muy enteras, lo cual quiere decir que
este niño estaba con muy mala digestión o con un cuadro diarreico.
Esto se explica porque también hicieron estudios parasitológicos a
esas fecas y se encontró Trichuris trichiura, una geohelmintiasis que
produce diarrea.
Me duele mucho la panza, abuela, si no mastico las hojas de coca que
me diste en tu chuspa tejida de pájaros.

37. Kauripaxa

Ahora soy el Tiempo, el Frío, el Agua. Pero una vez fui Kauripaxa.
Antes de volverme la lluvia, las nubes, las nevadas, fui Kauripaxa, y
subí con abuelo y su séquito hasta el Apu vetado de gris, jaspeado de
metales grises, jalonado de una como plata muerta en sus paredes de la
umbría y enllaretado apenas en el solano por donde trepamos en
formación con abuelo, el Curaca, adelante. En procesión fuimos y
hasta su misma cumbre llegamos un día con los tres sacerdotes
emplumados que vinieron de Cuzco. Muchas lunas atrás, para los que se
miden la vida por ella. Ahora soy el agua torrentosa y la que se
empoza y la que se congela y la que se evapora y la que salta en
cataratas y la vive en el vientre de la madre y la que hace el cuerpo
del hombre y la que llora en sus lágrimas. El tiempo es el Frío y el
Agua. La vida es el fulgor pasajero de los seres de sangre caliente.
Por eso anaconda Yacumama, Fría, es la Gran Madre del Tiempo. De un
huevo suyo nació, en el Paititi, el Tiempo en eras sumergidas,
perdidas allá, igual que se pierde una ajorca en un pantano. El
Tiempo y el Agua vuelven. Son la misma cosa que va para venir, una y
otra vez, por extraños senderos de una montaña invisible parecida al
Andi. Acuclillado Awichu abuelo repite sus letanías de mirador de
quipus como siempre cuando baja el sol por los cerros: Quilla=0;
Ynti=1; las fuerzas opuestas y la doble torsión de la hebra=2; Amaru
destructor y la masculinidad=3; la femineidad y Pachamama=4; el dios
Pariacaca=5; el dios Yllapa=6; el Inca y su Coya=7; los antepasados
originarios en la sacralidad de Uru=8; Amaru creador=9; Pariacaca,
Pachacamac, Viracocha, Ynti y Quilla=10.

38. 33º13′ Latitud Sur – 70º13′ Longitud Oeste.

Las rocas metamórficas que forman el paisaje por donde avanza
Kauripaxa y su séquito provienen de materiales ígneos y
sedimentarios creados por antiquísimos eventos cuyas altas
temperaturas y presiones generaron en ellos un cambio en su estructura
molecular. Este proceso transformó su condición mineralógica. Las
emociones volcánicas ayudaron a la metamorfosis de esas roca,
volviéndolas pizarra y mármol gris. Las rocas metamórficas, ígneas y
sedimentarias han cambiado mientras se encuentran en estado sólido.
Entre los principales minerales que conforman estos roquedales por
donde marcha la procesión encabezada por awichu abuelo agitando su
sahumador con tabaco, abundan algunas variedades de cuarzo,
arcillas y calcita aunque también se puedan hallar allí rocas
compuestas por varios minerales, pese a que una buena parte de ellas
son de composición monomineral como yeso, anhidra, caliza, cal,
dolomía, distomita, radiologiítas y calizas compuestas por esqueletos
silicios. Todo morirá. Pero los átomos solitarios que conforman estas
rocas seguirán en su desesperado afán, en su minúscula tarea de
partículas y moléculas empecinadas en seguir siendo el Apu sagrado por
donde el niño marcha hacia su sueño de nieve. Hacia la cumbre que
empujaron las morrenas glaciares después que se retiraron las aguas
del mar que las cubrían, hace veinte millones de años. Caminando hacia
ese lugar de Pacha donde tiempo y espacio se confunden en una misma
realidad, hoy para nosotros incomprensible, va el cortejo traspasando
las edades. Avanzando entre las astromelias y la yerba loca.
Hieráticos, concientes de sus roles, hinchadas las mejillas por el
acuquillo de coca.

Chacón era un hombre de baja estatura, ya medio veterano, pero
agallado. Nos musita el Viejo tras beber otro sorbo de cerveza. Como
así no más era, bien chichoncito, agrega, haciendo con el brazo en la
oscuridad un gesto que no vemos. Luego vislumbramos su rostro
iluminado por el fósforo con que enciende su cigarrillo. Dicen que se
murió o lo mataron en el cajón del Olivares, por El Colorado arriba.
Harto le gustaba trajinar por esos lados. Y por la quebrada del
Manzano. Pasaba cabalgares a la mala el hombre. Le untaba la mano al
de la aduana. Y también llevaba cristianos para el otro lado.
Arrancados, perseguidos de la justicia ¿me entiende? Decía que mi tío
se lo había sentado con el negocio de la momia. Yo me creo que son
huevadas. Era harto vivo Chacón. Difícil que mi tío lo cagara. Chacón
había sido minero en Merceditas, cuando allá arriba mandaban los
alemanes. Andaba con el choco debajo del poncho. Una 44 recortada. Lo
estoy viendo. Chico y medio pelado, todo el tiempo masticando una
cebolla para el soroche.

Afuera la noche de papel carbónico, rasgado por las manchas de luz
azufrada del alumbrado, recortan la silueta de Guaquero Viejo. Una
aparición. Una imagen de sueño, vagarosa. Un perfil fantasmático que
desaparecerá con la primera luz del día, con el canto del zorzal, con
el primer hálito de hierba buena o de ruda.